sábado, 22 de agosto de 2026

Teleología en la teoría del neoinstitucionalismo económico: Acemoglu y Robinson y la falsa dialéctica de instituciones inclusivas y extractivas

  

Teleología en la teoría del neoinstitucionalismo económico: Acemoglu y Robinson y la falsa dialéctica de instituciones inclusivas y extractivas

 

 

He leído: Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, Ed. Planeta, Ariel, Bogotá, 2025. En este texto, Acemoglu y Robinson exploran la historia del capitalismo desde el siglo XVI en adelante bajo una hipótesis central: la preeminencia de las instituciones políticas y económicas inclusivas sobre aquellas extractivas. En ese sentido, es un texto que se inscribe en la línea del neoinstitucionalismo económico que busca comprender el fundamento microeconómico de las instituciones. Sin embargo, en el texto de Acemoglu y Robinson no consta, en ningún capítulo, un análisis profundo de aquello que ellos conceptualizan como instituciones económicas y sociales inclusivas. Se entiende que estas instituciones están relacionadas con el mercado, los derechos de propiedad, la democracia liberal representantiva y los derechos civiles; en una palabra, el liberalismo clásico. A partir de esta premisa de base, estos autores tratan de comprender cómo se produce la dialéctica entre las instituciones inclusivas y aquellas extractivas, en otros términos, del liberalismo clásico y de sus límites. La primera inquietud que me suscitó su lectura es la falta de una conceptualización más rigurosa con respecto a varios categorías teóricas, la primera de ellas, por supuesto, es aquella de las instituciones. En efecto, ¿Qué son las instituciones para Acemoglu y Robinson? Al menos para Douglass North, las instituciones son las reglas de juego que dan forma a la interacción humana. ¿Comparten este concepto Acemoglu y Robinson? Al parecer lo comparten porque también participan del mismo umbral epistemológico que es el liberalismo. Aunque no exista una rigurosa definición de lo que son las instituciones, Acemoglu y Robinson parte inmediatamente a clasificarlas en incluyentes y extractivas ¿Qué son las instituciones incluyentes? ¿En qué se diferencian de las extractivas? ¿Por qué las sociedades que tienen instituciones excluyentes no las cambian por instituciones incluyentes? ¿Cómo se produce el cambio institucional? 

Para responder a algunas de estas cuestiones, Acemoglu y Robinson parten de una hipóstasis: la pobreza está asociada a las instituciones extractivas mientras que la prosperidad lo está con aquellas inclusivas. Por inclusivas se quiere decir, instituciones de libre mercado, vale decir, capitalismo y liberalismo. Aquello que produce prosperidad es el libre mercado con sus instituciones correlativas: libre competencia, desregulación, mercados de trabajo flexibles, mercados monetarios desregulados, derechos de propiedad clarificados y destrucción creativa. Los países que adoptan estas instituciones capitalistas son aquellos que más prosperidad han alcanzado. Como antípoda, que no contradicción, están las instituciones extractivas, aquellas que impiden, de cualquier manera, el desarrollo de las fuerzas de mercado y del liberalismo político. Son extractivas porque crean las condiciones para extraer riqueza desde la sociedad para derivarla a un pequeño grupo de personas. Las instituciones extractivas, escriben Acemoglu y Robinson, replican en términos económicos la ley de hierro de las oligarquías de Robert Michels. Según esta “ley” siempre hay, en una organización determinada, un grupo de personas que imponen su voluntad sobre el resto y que hacen todo lo posible para perpetuar una situación en que ellos siempre se favorecen de las rentas y de sus posiciones de privilegio. Todo el texto de Acemoglu y Robinson parten de una oposición entre sociedades capitalistas desarrolladas a las que denominan inclusivas con aquellas pobres y periféricas a las que denominan extractivas. Tienen la virtud de utilizar de forma heurística casos personales o de fácil identificación para que su argumento sea comprendido y validado. Así por ejemplo, al inicio toman como marco heurístico para su enfoque las ciudades de Nogales (Arizona) en EEUU y Nogales (Sonora) en México. Mientras que la primera de estas ciudades se caracteriza por el desarrollo económico la segunda, en cambio, lo es por la pobreza. ¿Por qué la una es rica y la otra pobre? Porque tienen marcos institucionales diferentes. En el un caso se trata de instituciones inclusivas mientras que, en el otro, extractivas. Con este argumento y con esta heurística empiezan un recorrido por el mundo y por la historia. Para poder tener éxito en ese recorrido deben excluir todo aquello que limite su hipótesis. A pesar de que se remontan históricamente a los orígenes del capitalismo, no se encuentra el extraordinario debate que existe, precisamente, sobre el origen y el desarrollo del capitalismo. Reducen la complejidad de la historia al tamaño de su hipótesis. Así, pueden caber en esa hipótesis la revolución rusa con Stalin y los planes quinquenales, el rey Shyaam del Congo y el desarrollismo chino. En todos los casos, a pesar de sus grandes diferencias, aquello que sirve como denominador común es la presencia de instituciones extractivas que pueden lograr crecimientos económicos impresionantes en determinado momento de la historia pero están condenados al fracaso porque no se trata de instituciones capitalistas, es decir, inclusivas. Acemoglu y Robinson ubican con precisión el momento en el cual la humanidad pasó de instituciones extractivas hacia las inclusivas: el año de 1688 en Inglaterra cuando Jacobo II intentó reestablecer el absolutismo y entró en conflicto con el Parlamento que, ante la crisis, optó por dar el trono a Guillermo de Orange en un contexto que se denomina “la revolución gloriosa”, y la Declaración de derechos de 1689 que estableció y reconoció los derechos de propiedad, el cimento de base para la civilización burguesa y la sociedad capitalista. Acemoglu y Robinson establecen una especie de convergencia y sucesión entre esta “revolución gloriosa” de fines del siglo XVII con la revolución industrial del siglo XVIII. Sin embargo, muchos de los procesos previos, como por ejemplo, las leyes de cereales, los cercados, el putting out, las leyes de pobres, entre otros, no son tomados en cuenta por Acemoglu y Robinson, porque excluyen de su hipótesis y de su marco heurístico todo aquello que esté por fuera o que no calce de forma conveniente. Es cierto que reconocen que el colonialismo británico sobre todo empobreció a regiones enteras del Africa y de Asia, pero siempre lo hacen dentro de la oposición no dialéctica entre instituciones inclusivas y extractivas. Si bien es cierto que la referencia a las instituciones como fundamentos y estructura del intercambio económico representa un avance importante con respecto a la economía estándar, también es cierto que hay nuevos desafíos que no necesariamente están inscritos en las coordenadas epistemológicas del neoinstitucionalismo económico. El caso más emblemático al respecto tiene que ver con el desarrollismo chino. Como China es un país comunista que puede centralizar su economía y planificarla y, de esta manera, redirigir el excedente económico en función de metas preestablecidas, para Acemoglu y Robinson el hecho de que el desarrollismo chino tenga impresionantes registros de crecimiento económico no significa que este crecimiento económico sea sustentable en el tiempo, porque, según ellos, se trataría de una historia que ya ha pasado y que fracasó, por ejemplo, los planes quinquenales de la Unión Soviética. En su momento, la URSS fue también un ejemplo de crecimiento económico y de esperanza para la humanidad, pero en virtud de que era un país sostenido por instituciones extractivas, para Acemoglu y Robinson, su fracaso era inminente. Lo mismo con China, como se trata de un país con instituciones extractivas su fracaso, a futuro, será inminente. Esto lo escribieron en el año 2012 cuando China recién empezaba su apuesta por el desarrollismo. Ahora, dos décadas y media después, es claro que los niveles de crecimiento económico de China y de redireccionamiento del excedente económico han dado resultados espectaculares. China es ya una potencia económica en muchos sectores y, especialmente, en aquel de la alta tecnología y la Inteligencia Artificial. Sus niveles de crecimiento económico y bienestar social superan, con mucho, a sociedades con instituciones inclusivas como, por ejemplo, algunos países europeos e, incluso, los EEUU. Acemoglu y Robinson, al caso chino, lo denominan crecimiento autoritario. Este crecimiento económico, según ellos, no se podrá mantener en el futuro, porque no hay instituciones inclusivas ni destrucción creativa, así, ellos escriben que: “la historia y nuestra teoría sugieren que el crecimiento con destrucción creativa y la innovación verdadera no llegarán y los índices de crecimiento espectaculares de China se evaporarán lentamente” (pág. 515). Obviamente, esto se puede evitar si China “hace la transición hacia instituciones políticas inclusivas”, es decir, liberal-capitalistas, pero eso es, lo reconocen, una ilusión: “hay pocas razones para esperar que una transición de China hacia instituciones políticas más inclusivas sea probable o que tenga lugar automáticamente y sin dolor” (íbidem). Como puede apreciarse, Acemoglu y Robinson, dejan la epistemología a un lado para asumir el libelo. Su sentencia es dura: si China no altera su sistema político hacia instituciones de libre mercado y liberales, entonces, su crecimiento económico desaparecerá porque así lo dice su hipótesis. Puede advertirse el tamaño de su hipóstasis, es decir, toman como un dato certero a su hipótesis por encima de la realidad y no admiten lo que Popper denominaría su falsabilidad. La hipótesis de las instituciones inclusivas versus las extractivas solamente pone en un nivel ideológico el debate sobre la necesidad histórica del capitalismo tardío. En el fondo, en esa hipótesis de las instituciones inclusivas es teleológica,  es decir, asume el capitalismo como télos, es decir, como finalidad en sí mismo, como propósito. El marco heurístico que opone instituciones inclusivas con aquellas extractivas demuestra esa deriva teleológica del capitalismo tardío. Ese mismo télos puede advertirse en Fukuyama para quien el capitalismo es la etapa final de la libertad humana. El pensamiento liberal era, en ese sentido, más prudente. Isaiah Berlin propuso el concepto de libertad negativa justamente para evitar la deriva teleológica en el liberalismo. Así, el mercado, que para Acemoglu y Robinson, asume la forma de institución inclusiva, adquiere sustrato teleológico y, de esta forma, entra en contradicción epistemológica con su propio concepto de instituciones. Si las instituciones adquieren forma teleológica entonces cualquier dialéctica es imposible. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿por qué Acemoglu y Robinson asumen esa posición teleológica? ¿Qué significa la emergencia del neoinstitucionalismo económico en contextos del capitalismo tardío? El neoinstitucionalismo emerge y se consolida en contextos de desregulación del capitalismo, sus derivas especulativas-financieras que llevaron a la crisis de 2008, la imposición del neoliberalismo como pensamiento único y la derrota estratégica a la clase obrera. Su momento más importante empieza justo después de la caída del muro de Berlín y la implosión del socialismo real. De ser una doctrina relativamente oculta en el mainstream neoliberal, cuando colapsa el socialismo el liberalismo siente la necesidad de consolidar su hegemonía con su propia teoría de la historia y es ahí cuando emerge el neoinstitucionalismo económico. Necesita esa teoría porque tiene la pretensión de justificar al capitalismo como necesidad histórica, como destino de la humanidad. El liberalismo siempre criticó al materialismo histórico sus derivas teleológicas. Demás está decir que en el materialismo histórico no hay teleología, pero el liberalismo se encargó de etiquetar al materialismo histórico como determinismo. Caricaturizó la compleja comprensión de la historia y la presentó como una deriva determinista en donde los factores económicos determinaban la superestructura social. Ese determinismo excluía la libertad humana y sus derechos básicos de libre albedrío y derecho a la propiedad privada. Para el liberalismo, el materialismo histórico era el fundamento teórico del totalitarismo. Cuando el socialismo real implosiona, en cambio, el capitalismo siente la necesidad de una teoría que vaya más allá de los equilibrios contingentes del mercado. Es así que nace la necesidad del capitalismo tardío por la teleología y ahí está el texto de Acemoglu y Robinson como evidencia. En resumen, es un texto básicamente ideológico. 

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