martes, 18 de marzo de 2025

Fascismo y guerra en el capitalismo tardío

  

Fascismo y guerra en el capitalismo tardío

Pablo Dávalos

¿Qué significan los aranceles del gobierno de Trump, más allá de cualquier motivación comercial o económica e, incluso, más allá de su efectiva aplicación? ¿En qué punto queda la globalización y la lógica del libre mercado como eficiente asignador de recursos a partir de la propuesta de aranceles de Trump? Son inquietudes que se suscitan a partir de la imposición de aranceles a todo el comercio mundial por parte del gobierno norteamericano. Ahora bien, lo que es cierto es que los aranceles, cualquiera sea su motivación y su forma de aplicación, van a contravía de la globalización y del discurso del libre mercado

En efecto, durante décadas se impuso el discurso de la libertad mercantil como única posibilidad del capitalismo y, de hecho, se conformó una arquitectura institucional para vigilar y sancionar su estricto cumplimiento: la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Así, la OMC aparecía como el garante de ese libre mercado y creaba los instrumentos normativos que vigilaban que ninguna economía nacional ponga trabas al mecanismo puesto en marcha por la globalización en un proceso de convergencia normativa planetaria en la cual los Estados devenían en determinaciones del mercado mundial y los ciudadanos en sus engranajes.

A la globalización de bienes y servicios correspondió también aquella de capitales financieros y el mundo se integraba bajo la lógica mercantil y el capitalismo hacia su fase de financiarización y especulación. La razón del mercado se convirtió en pax mercatoria

Salir de esa lógica, al menos teóricamente, era impensable. Se había, incluso, creado una categoría especial para aquellos países que no querían integrarse a la globalización. Se les denominó Estados parias Estados fallidos.

Se creó una especie de teleología sobre la globalización: como una finalidad en sí misma, como un deber ser.  Aquellos países o regiones que no querían integrarse o que no abrían sus economías a la globalización serían castigados con el exilio de la globalización. Se les condenaba al ostracismo. Sin embargo, y a partir de la heurística del bloqueo a Cuba que impidió a este país cualquier salida económica, se puso a la globalización en la matriz bélica del capitalismo. Quizá el epítome de la globalización como arma de guerra fueron las sanciones a la Federación de Rusia como castigo por haber invadido a Ucrania justo depués de la pandemia del Covid-19. 

En esa ocasión, se utilizó al mercado global como arma de guerra para provocar la derrota bélica de Rusia. Se consideró que la tecnología militar, el entrenamiento a los soldados ucranianos, más el uso de mercenarios de todas partes del mundo, conjuntamente con la serie de sanciones y desconexiones con respecto al mercado mundial debilitarían de tal manera a Rusia que la pondrían de rodillas militarmente. En el imaginario de Occidente, se veía a Rusia como una inmensa gasolinera con bandera nacional.

Es más, sobre ese imaginario de que las sanciones del mercado mundial tendrían tanto poder disuasorio como aquel de las armas, se pensaba incluso cómo proceder ante la, según Occidente, inminente derrota militar y económica de Rusia y se había, en este tenor, considerado que Rusia no podía soportar esa derrota y se produciría una fragmentación en una serie de republiquetas que se integrarían al mercado mundial de forma subordinada (el escenario de la ex Yugoslavia) y provocarían un festín de commodities y de intervenciones políticas sobre los restos de la otrora Federación de Rusia. 

Ahora bien, toda esta construcción ideológica, discursiva, normativa y bélica, empieza a trastrabillar cuando Rusia demuestra contundencia en el ámbito militar y cuando las sanciones se revelan intrascendentes. Nunca se produjo ninguna derrota militar a Rusia. Más bien Rusia jugó siempre a su favor en este conflicto y movió sus estrategias militares con una visión geopolítica correcta para sus intereses. 

Este escenario se agrava con la elección de Trump en el año 2024 y su asunción en 2025. Con su propuesta de aranceles y con su distancia con Ucrania y  su acercamiento a Rusia, Trump deja prácticamente fuera de juego a Occidente, a toda la OMC y, fundamentalmente, a los países europeos que se habían comprometido con la estrategia militar en Ucrania y, producto de ello, deja en la estacada a sus socios europeos que se habían declarado más Otanistas que la OTAN. 

¿Qué pasó? ¿Cómo entender la posición de Trump? Se pueden esbozar varias hipótesis y quizá una de las más importantes tenga que ver con la constatación de que el imaginario de que el mercado como fuerza global pueda, incluso, contribuir a derrotar militarmente a cualquier país, es producto más de la imaginación que la realidad. 

Las sanciones económicas a Rusia y su desconexión del mercado mundial finalmente debilitaron a la OTAN y sus aliados y, paradójicamente, fortalecieron a Rusia. En efecto, para sortear esas sanciones, Rusia articuló una política de alianzas con los rivales directos de EEUU, en especial, China, Corea del Norte e Irán. 

Rusia y sus aliados empezaron a intercambiar bienes, servicios y capitales por fuera del área del dólar y crearon una esfera paralela a aquella del dólar. Era la primera vez que eso sucedía desde Bretton Woods en 1944. 

Las sanciones con respecto a la energía que Rusia proveía a los países europeos terminó por hundir las economías europeas. En pocos años, Europa pasa a convertirse en un enano político, económico y militar ante China, Rusia y sus aliados y, además, absorbe todos los costos políticos de Occidente sin beneficio de inventario. 

Así, la utilización de la globalización como arma de guerra afectó de manera fundamental a aquellos que pensaban que se podía utilizar el libre mercado global como arma de disuasión, incluido, dentro de su arsenal, al dólar norteamericano. 

Entonces, la posición de Trump es pragmática y realista. Comprende que la globalización es más una construcción ideológica que un dato de la realidad y que detrás del libre mercado debe existir la fuerza militar y coercitiva de los Estados-nación para sostenerlo.

Las múltiples declaraciones de Trump dan cuenta de la enorme debilidad geopolítica que atraviesa EEUU. Sin embargo, hay otro hecho quizá más fuerte detrás de la intención de suspender la globalización a través de los aranceles y tiene que ver con la nueva forma que adopta la división internacional del trabajo, en donde China desplaza a EEUU a un rol subsidiario. 

Trump está consciente de que al ritmo en el que avanza la industrialización de China, EEUU tendrá pocas opciones a futuro, sobre todo porque empezará a perder posiciones no solo a nivel industrial sino, especialmente, en el respaldo geopolítico al dólar.

Así, el derrumbe industrial de EEUU supondría también el derrumbe del dólar y, por tanto, la pérdida de hegemonía de EEUU. Esto obliga a asumir un principio de realidad sobre la globalización. La globalización es más una construcción ideológica del capitalismo tardío orientada a justificar posiciones de poder sobre las economías del mundo de tal manera que estas no puedan defenderse de la ambición de las corporaciones de occcidente a través de regulaciones, controles o aranceles. Algo que estaba muy bien hasta antes de la industrialización de China que puso el mundo al revés. 

En efecto, luego de la pandemia del Covid-19, China empieza un proceso de reinversión de sus excedentes para construir su mercado interno con un intenso proceso de inversión y planificación económica.  Una propuesta que, originalmente, fue realizada por el estructuralismo latinoamericano de la CEPAL en los años cincuenta del siglo pasado. Se le denominó como industrialización sustitutiva de importaciones. China empezó ese proceso gracias a que pudo captar importantes flujos de inversión extranjera directa en las zonas especiales de desarrollo económico creadas en 1979. 

Durante las primeras décadas del siglo XXI, China utilizó los excedentes comerciales para comprar bonos de la FED y, de manera indirecta, propiciar el consumo de EEUU que se financiaba mediante deuda y, de esta manera, China promovía sus propias exportaciones a costa del endeudamiento de los norteamericanos.

Sin embargo, esta vía tuvo un límite con la crisis financiera y monetaria del año 2008. La FED tuvo que actuar como prestamista de última instancia a nivel mundial y expandió la política monetaria para restaurar a los mercados financieros globales (se lo denominó quantitative easing QE). 

China comprendió que sus inversiones en bonos de la FED ya no irían a financiar el consumo sino más bien iban a garantizar la especulación financiera. Por ello, a partir de la pandemia del Covid-19, China decide reinvertir sus excedentes en su propio mercado interno, estabilizar su moneda y, desde ahí, adopta una gestión tecnocrática de la economía y de la política que empieza a cosechar frutos en la post pandemia. 

De la misma manera de lo que pasó con Rusia, EEUU intentó utilizar la globalización en contra de China. Así, acosó a la empresa Huawei y le impidió comercializar en su área de influencia. Ha prohibido a varias empresas tecnológicas vender tecnología de punta a China como por ejemplo las prohibiciones a NVIDIA. También ha acosado a la red Tik Tok (que, vale aclarar, no es China sino de Singapur). 

Para EEUU la globalización siempre fue un arma que podía utilizar a discreción. Le dio resultados con Cuba y Venezuela y, de cierta forma, también con Irán y Corea del Norte. Pero se convirtió en un búmeran en el caso de Rusia y China. 

Así, por ejemplo, las sanciones y prohibiciones para que China pueda utilizar microchips de NVIDIA, empujaron a que China desarrolle la industria de microchips de hasta 7 nanómetros, algo sin precedentes en esta industria. Para el año 2025, China había adelantado a EEUU en áreas estratégicas y claves en tecnología, biotecnología, IA, robótica, industria militar y aeroespacial. La distancia en industrialización entre China y EEUU se convertía en abismo. 

Ahora bien, la industrialización no es solo la capacidad de una sociedad de producir bienes y servicios, sino que, en realidad, fundamenta las relaciones de poder en el capitalismo. Una mercancía puede ser un objeto de intercambio que puede satisfacer una necesidad humana cualquiera, pero es también un condensado de las relaciones de poder. 

Si EEUU pudo convertirse en la potencia hegemónica fue porque tenía en su poder las riendas de la industrialización a escala global. Por supuesto que EEUU aún tiene en sus manos áreas claves, sobre todo relacionadas con tecnología y finanzas, pero también es cierto que China le pisa los talones. Si EEUU pierde la carrera de la industrialización pierde también aquellas condiciones que lo convierten en potencia hegemónica. 

Entonces, y al parecer los chinos lo tienen bastante claro, la disputa por la industrialización, al menos dentro de las coordenadas del capitalismo, es una disputa por el poder a escala mundial. La industrialización no solo crea bienes y servicios sino también poder. Y es eso lo que este momento entra en disputa y Trump está consciente de ello. 

Su país pierde las posibilidades de ser hegemónico si pierde las riendas de la industrialización. Al poner aranceles a todas sus importaciones, intenta dar un nuevo impulso a sus industrias y retomar la industrialización. Con ello intenta reforzar el área dólar e impedir que surja otra área monetaria. 

La cuestión es saber si tiene aún tiempo para recuperar la distancia perdida. Pero los datos dan cuenta que esa distancia se ha convertido en un abismo. En efecto, si se mide la innovación por el número de patentes, la distancia con respecto a China es abisal. Las fábricas chinas empiezan un proceso de robotización total que aún está en ciernes en EEUU. Las redes 6G, el desarrollo de la IA de código abierto, los nuevos microchips, el desarrollo en urbanismo, entre otros aspectos, dan cuenta de un proceso de industrialización intensivo que genera, en una especie de bucle auto-recursivo, más recursos para financiar esa misma industrialización. 

De esta forma, la posición de Trump parece desesperada y sin posibilidad de cambiar la trayectoria del capitalismo. Pero es una posición que indica que la globalización atraviesa un nuevo momento: aquel de la geopolítica. O quizá nunca abandonó ese momento y el discurso de la globalización solamente trataba de maquillarlo. 

En esta etapa de retorno de la geopolítica, aquello que emerge no es el libre mercado sino la guerra, o quizá nunca dejó de estar ahí. Fue por eso que Occidente utilizó a la globalización como arma de guerra, porque la guerra nunca abandonó el horizonte de posibilidades del capitalismo.

Pero no se puede hacer la guerra sin un enemigo. Para crear un enemigo se necesita un discurso que legitime la construcción de ese enemigo. Un discurso que movilice la sociedad hacia la guerra y que la convierta en la única posibilidad histórica. Ese discurso es el fascismo. 

De esta forma, los aranceles de Trump son la otra cara de la medalla del fascismo. ¿Por qué el fascismo? Porque es el discurso desde el cual la geopolítica puede reconstruir las posibilidades hegemónicas de EEUU. El fascismo necesita un enemigo. El fascismo prescinde de los simulacros y de toda la parafernalia de los derechos humanos. Sitúa la política en términos de amigo/enemigo. Al adversario se lo puede vencer, pero al enemigo, en cambio, se lo debe destruir. No en vano uno de los teóricos más prominentes del fascismo es Carl Schmitt. 

Cuando se originó el fascismo, su enemigo era el proletariado, pero no como trabajadores sino como expresión política de los trabajadores que desafiaban al capitalismo como sistema histórico (lo que Marx denominaba “clase-para-sí”), por eso, el enemigo a destruir, eran los comunistas y, por supuesto, el marxismo. 

El fascismo del siglo XXI ya no tiene al comunismo como amenaza y es más proteico en ese sentido. Por eso se inventa un hombre de paja con la denominada ideología woke. Un invento propio de las clases medias progresistas norteamericanas que, además, ha sido duramente criticado por la izquierda, pero que ahora se convierte en la víctima propiciatoria para el fascismo. La ideología woke es una construcción hecha desde el mismo fascismo para legitimar su propia guerra. 

Al mismo tiempo, el fascismo necesita de un enemigo real sobre el cual converger todas las culpas del sistema. Trump ha elegido a los migrantes, en especial latinoamericanos, como su enemigo real. Son los excluidos. Los parias. Las víctimas del capitalismo ahora convertidos en su enemigo más importante. 

El fascismo necesita de campos de concentración como heurística de sus posibilidades. Los migrantes tienen ahora ese destino. Pero, ¿por qué los migrantes?, ¿qué expresa esa criminalización y esa construcción del enemigo a partir de ellos? ¿Puede EEUU y Trump recomponer la hegemonía perdida a partir de la criminalización de los migrantes? En una sociedad que construyó su riqueza, sus posibilidades y su hegemonía desde los migrantes, ¿no significa acaso dispararse a los pies? Pero los migrantes son la punta de lanza de algo más vasto: la expansión imperialista. 

Trump apuesta a esa expansión y al control colonial de territorios, recursos y poblaciones. Es un retorno al capitalismo del far west. Es el capitalismo de guerra. ¿Podrá la humanidad detener las derivas fascistas y belicistas de EEUU?

 

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