La Guerra del Ramadán y la emergencia de Irán como nueva superpotencia
La Guerra del Ramadán y la emergencia de Irán como nueva superpotencia
Pablo Dávalos
Disipado el humo de la guerra, ¿qué nueva realidad se configura? ¿Qué nuevos relatos se fraguan? ¿Qué nuevas relaciones de poder y geopolítica emergen? La Guerra del Ramadán como la denominan los persas, es decir, la respuesta militar que dio Irán al ataque que sufrió en marzo de 2026 por parte de Israel y EEUU, rebasa todos los marcos teóricos y todas las hipótesis que se habían supuesto y, de manera sorpresiva, coloca a Irán en el rango de nueva superpotencia.
Antes de esta guerra Irán soportaba el peso de las sanciones norteamericanas, israelíes, europeas y de los aliados de Occidente y hacía esfuerzos para demostrar su intención de uso pacífico de la energía nuclear. Sin embargo, y a pesar de estos esfuerzos, en 2025 ya fue atacado por Israel en una guerra que duró doce días.
El argumento que sirvió a Occidente para agredir a Irán fue aquel de la posibilidad de que produjese armamento nuclear, algo que Irán siempre ha negado, no por falta de capacidades técnicas, sino por un compromiso moral con sus propios principios religiosos.
En los más de cuarenta días de la Guerra del Ramadán, Irán sufrió miles de ataques y bombardeos a instalaciones tanto civiles como militares. Se bombardearon a sus hospitales, a sus universidades, a sus centros de investigación, a barrios residenciales, a sus puertos, a sus centrales eléctricas, a sus carreteras, a sus navíos tanto civiles como militares, en fin. Fue amenazado, incluso, varias veces por el presidente norteamericano Donald Trump de ser borrado de la faz de la tierra como civilización, una amenaza que enuncia de manera directa al genocidio como política de Estado.
La Guerra del Ramadán empezó con el ataque israelí y norteamericano a una escuela llena de niñas en Minab, Irán. Más de 160 de ellas murieron. Ni Israel ni EEUU se han disculpado nunca por ello. Claramente es un crimen de guerra; pero ni una sola palabra, ni una sola mención. Este crimen de guerra, desde su primer día, le quita todo fundamento moral y ético a EEUU e Israel.
El ataque a Irán se produjo a pocos meses del ataque y secuestro al legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Una operación impecable en lo militar, pero que destruyó el orden jurídico mundial y creó una nueva realidad geopolítica marcada por la presencia del imperialismo en su fase más violenta.
Ahora bien, pocos pudieron prever que este ataque a Irán que desencadenaría la Guerra del Ramadán se traduciría en una victoria militar de Irán y en su ascenso al rango de superpotencia regional y mundial. Todas las apuestas daban por sentado que se impondría el enorme poder militar, tecnológico y económico de EEUU. No había, al respecto, casi ninguna duda en Occidente sobre la forma por la cual Irán podría salir bien librado de estos ataques conjuntos entre Israel y EEUU.
El desmantelamiento de toda su cúpula religiosa, política y militar desde el inicio de los ataques, además, presagiaban casi un fin inminente para el sistema político de Irán y su proyecto de construir el islam democrático. Nadie dudaba de que la fuerza militar de EEUU e Israel, combinados, produciría una grave derrota a Irán, salvo los propios iraníes que demostraron que se habían preparado a cabalidad para una situación como esta.
Empero de ello, el Pentágono y los militares norteamericanos, en oposición al optimismo desmesurado del Mosad y de Israel, siempre demostraron su escepticismo con respecto a las operaciones militares en Irán. Siempre fueron prudentes y señalaron que esos ataques podrían desencadenar represalias regionales y globales, como en efecto sucedieron.
El presidente norteamericano Donald Trump, hizo caso omiso a todas las advertencias y dio luz verde para este ataque. Durante todos los días que duró la Guerra del Ramadán, el presidente Trump declaraba oficialmente que la guerra había terminado con una gloriosa victoria de EEUU. Estas declaraciones casi diarias llevaron a muchos sectores a dudar de la salud mental del presidente norteamericano, porque venían acompañadas de versiones sobre reuniones y acuerdos que nunca se habían realizado.
En medio del ataque contra Irán, Israel aprovechó la guerra para invadir el sur del Líbano con el pretexto de crear una zona de amortiguamiento hasta las orillas del río Litani, para, supuestamente, controlar a Hezbolá. Esto puso en pie de guerra a las milicias de Hezbolá que tienen un largo historial de enfrentamientos contra Israel y condujo a Israel a una guerra de desgaste territorial que lo llevó a acumular pérdidas en soldados, oficiales y maquinaria de guerra y movilizó la solidaridad de los persas hacia el Líbano y Hezbolá.
Así, la Guerra del Ramadán movilizó y puso en pie de guerra a Irán y sus aliados en Irak, Siria, Yemen, a Hezbolá en el Líbano y Hamas en la franja de Gaza. Fueron denominadas con un nombre significativo y de resonancias simbólicas fuertes: Eje de la Resistencia. La columna vertebral de este Eje de la Resistencia fue el Cuerpo Revolucionario de la Guardia Islámica (CGRI) y, con ellos, casi toda la población musulmana de orientación chií de la región.
De su parte, EEUU e Israel fueron denominados como coalición. Una coalición que nunca pudo sumar ningún otro aliado, salvo el caso anecdótico de Argentina y su desquiciado presidente Xavier Milei.
En la Guerra del Ramadán, Irán condujo una estrategia militar brillante que se sustentó en conceptos militares relativamente novedosos, como aquellos de asimetría, mando por mosaico, guerra de enjambre, encubrimiento efectivo de capacidades logísticas, entre otros. Cada movimiento táctico de Irán correspondía a la activación de estos nuevos conceptos y permitía que Irán asuma la conducción estratégica de esta guerra. Gracias a ello, siempre y desde sus inicios, fue Irán quien manejó el tempo, la intensidad, el relato y la estrategia.
Irán nunca permitió que le sea arrebatada la conducción estratégica de la guerra y siempre pudo anticiparse a las jugadas de sus enemigos. Su respuesta, además, era legítima porque procedía desde el derecho a la autodefensa y su ataque a los países del Golfo se legitimaba porque se trataba de ataques a las bases militares desde donde, a su vez, se procedía a atacar a Irán.
En efecto, Irán comprendió que detrás de la coalición entre EEUU e Israel, existía una coalición a la sombraconformada por los países del Golfo Pérsico, como Kuwait, Bárein, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Era desde estos países que se atacaba a Irán. Estos países eran el soporte logístico y de retaguardia a los ataques a Irán. Todos estos países de la coalición a la sombra son árabes, son islamistas sunitas y son monarquías sin Estado de derecho. Todos ellos tenían bases militares norteamericanas. Todos ellos conformaban parte de los intereses estratégicos tanto de EEUU como de Israel. Irán no se confrontaba, por tanto, solamente a la coalición EEUU-Israel, sino a un entramado más amplio que involucraba a los países del Golfo Pérsico.
En ese contexto, mientras Irán desmantelaba las bases militares norteamericanas en estos países de la coalición a la sombra, tuvo la habilidad de impedir que EEUU involucre a la OTAN en la guerra; pero también tenía que impedir que el Mosad israelí, conjuntamente con la CIA, incendien el país y provoquen sublevaciones internas. La carta que tenía la CIA y el Mosad eran los kurdos y su afán independentista. Si ellos lograban movilizar a los kurdos se abría en Irán un frente interno que podía converger con las fuerzas sociales que la CIA y el Mosad habían movilizado a inicios de 2026 en contra del gobierno.
Para neutralizar a los kurdos, Irán supo manejar una baza estratégica, aquella de comprometer a Turquía a una posición de alineamiento forzoso para impedir que los kurdos fueran utilizados por EEUU e Israel, y que se conforme un Estado Kurdo que se convertía en amenaza no solo para Irán sino también para Turquía.
Para controlar su frente interno acudió a sus milicias internas Basij pero también movilizó las fibras del nacionalismo e hizo un llamado a las armas a toda la nación para defender su patria. A ese llamado acudieron 24 millones de iraníes (Irán tiene una población de más de 90 millones de personas). La guerra solidificó al sistema político iraní y a su proyecto del islam democrático.
El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán desde los primeros días de la guerra, fue un movimiento estratégico que transformó la Guerra del Ramadán en un evento global y que, por la globalización de la economía, abrió un frente interno en EEUU: aquel del incremento de los combustibles y su lógica conclusión con la desaprobación de los ciudadanos norteamericanos a las políticas de Trump. El norteamericano promedio no estaba de acuerdo en involucrarse en una guerra por encargo y que nada tenía que ver con los intereses de su propio país y que empezaba a perjudicar a su bolsillo.
Luego de más de cuarenta días, EEUU no sabía cómo salir de la guerra, mientras que Israel quería profundizarla e intensificarla. El precio del petróleo se disparó. La OTAN se hizo a un lado. Algunos gobiernos europeos llegaron incluso a negar que las bases militares, o sus puertos e infraestructuras sean utilizadas en esta guerra. EEUU se quedó solo. Pero fue aún mayor la soledad de Israel. Paulatinamente, las sociedades europeas y del resto del mundo empezaron a generar distancias con respecto al régimen político israelí y su apuesta cada vez mayor por la violencia e, incluso, el genocidio.
Mientras EEUU se quedaba solo, Irán, en cambio, acumulaba aliados. China hizo declaraciones específicas de apoyo a Irán y, bajo la cuerda, se supone que existía también colaboración militar y de inteligencia entre ambos países. Lo mismo con Rusia, quien también realizó varias declaraciones en apoyo a Irán y de quien Occidente sospecha de intercambio de inteligencia y armamento. Lo mismo Corea del Norte, quien asumió una posición más radical de apoyo a Irán y llegó, incluso, a ofrecer armamento nuclear táctico.
Sin embargo, quizá la jugada más estratégica de toda la Guerra del Ramadán no hayan sido los misiles balísticos de Irán, o su noción de guerra asimétrica, sino una decisión que altera de manera profunda toda la arquitectura de la globalización y de la hegemonía norteamericana. Se trata de la decisión de cobrar un peaje por el paso del estrecho de Ormuz en moneda china, el yuan, entre otras formas de pago.
Para tener la legitimidad y legalidad de cobrar un peaje por el estrecho de Ormuz de manera permanente, Irán tiene que, primero, nacionalizar el estrecho de Ormuz. Esto significa pasar de la táctica de guerra de cerrarlo/abrirlo, hacia el objetivo estratégico de controlar el comercio de los flujos energéticos del mundo (sobre todo gas y petróleo), hacia el objetivo geopolítico de que las demás naciones del mundo reconozcan la legitimidad y la legalidad de Irán con respecto a cobrar el peaje de tránsito por el estrecho de Ormuz. Algo que solo puede hacerse por vía legal y parlamentaria iraní.
La nacionalización del estrecho de Ormuz es una consecuencia inevitable de la Guerra del Ramadán. Con esa nacionalización, Irán puede controlar los flujos de energía a escala global y utilizarlos como un recurso heurístico para evitar nuevos ataques. Por eso, es imposible siquiera pensar o imaginar que el estrecho de Ormuz retorne a su situación antes de la Guerra del Ramadán. Se trata de una situación ya irreversible.
No obstante, la decisión más estratégica no es solo nacionalizarlo sino cobrar su peaje en otras monedas que no sea el dólar norteamericano, entre ellas, el yuan chino. Eso pone al dólar norteamericano en una posición de debilidad estratégica y fundamental, porque países y empresas que importan y comercializan energía, fertilizantes, helio, entre otros productos que genera el Golfo Pérsico, ahora tendrán que buscar otras monedas para adquirirlos y, para hacerlo, tendrán que desprenderse del dólar norteamericano.
Esto pone fin a los acuerdos entre petróleo y dólar suscritos por Arabia Saudita y EEUU en los años setenta del siglo pasado, y establece un punto de no retorno sobre el dólar y el sistema monetario internacional.
Ahora bien, es necesario contextualizar esta decisión de Irán en el hecho de que este país ha sufrido de manera directa las consecuencias de utilizar el dólar como moneda de intercambio global y los sistemas financieros, entre ellos el mecanismo de pagos interbancarios SWIFT. Irán, como Rusia, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, entre otros, fueron las víctimas de la guerra monetaria-financiera asociada a las sanciones y medidas adoptadas contra ellos por parte de EEUU y sus países aliados.
Estos países, para sobrevivir a las sanciones, han creado mecanismos alternativos y paralelos a la globalización financiera de tal manera que han podido eludir el peso de esas sanciones. Con la utilización de otras monedas y con otros mecanismos de pago y compensación, como, por ejemplo, el sistema de pagos y compensación ruso SPFS, la tarjeta rusa Mir que elude a Visa y Mastercard, el sistema chino de pagos interbancarios Cross-Border (CIPS), el dólar norteamericano pierde, de hecho, su posición de hegemonía y referencia en el comercio global.
De esta manera, de una parte, la necesidad de eludir las sanciones contra varios países y, de otra, la Guerra del Ramadán, terminaron por crear una nueva realidad: la pérdida de hegemonía monetaria y financiera del dólar norteamericano.
En efecto, al desconectar al petróleo del Golfo Pérsico del dólar, Irán realiza una jugada a varias bandas: devuelve el sentido de las sanciones económicas en contra su país de origen, esto es, EEUU; internacionaliza al yuan chino y provoca una adhesión geopolítica fuerte entre China e Irán; fortalece los sistemas paralelos de pago y compensación global, entre ellos el CIPS chino y el SPFS ruso y abre alternativas legítimas, legales y viables al único canal existente hasta el momento (el sistema SWIFT); coloca a Irán en una posición de arbitraje financiero-monetario a escala global que incide directamente sobre todos los países del Golfo Pérsico e, indirectamente, sobre los países árabes porque tiene la capacidad no solo de controlar sus exportaciones sino, también, sus importaciones; al desconectar el petróleo del Golfo Pérsico al dólar norteamericano, ejerce una presión indirecta sobre la deuda pública de EEUU y sobre los instrumentos monetarios de la FED.
Esas consecuencias solo pueden provenir de un país que tiene peso geopolítico. Sin el correspondiente peso geopolítico estas jugadas a varias bandas serían inimaginables. Fue la Guerra del Ramadán la que condujo de manera directa a Irán como árbitro monetario y financiero a escala global y con capacidad de dirimir geopolíticamente a todo el Oriente Medio.
Entonces, no es descabellado ni exageración alguna indicar que la Guerra del Ramadán produjo una de las mayores transformaciones geopolíticas de las últimas décadas, al colocar a Irán como superpotencia regional y global, porque solamente desde esa posición puede entenderse que Irán sea el primer país en el mundo que ha definido, establecido y puesto en marcha un conjunto de sanciones económicas contra EEUU e Israel; algo que nunca lo habían hecho ni intentado potencias como Rusia o, en menor medida, China.
Puede también apreciarse que Irán no necesitó de acudir a la disuasión nuclear para tener ese rol de superpotencia. De hecho, si Irán hubiese apostado a la disuasión nuclear habría tenido el mismo destino que Corea del Norte, sufrir por parte de Occidente una especie de cordón sanitario de aislamiento y repliegue permanente sin llegar a consolidarse como potencia regional. En ese sentido, Irán pudo conseguir un mayor peso sin apelar a la disuasión nuclear.
Así, Irán, se convierte en el primer país que sanciona económicamente a EEUU. Es un hecho inédito. Las sanciones siempre fueron unilaterales. Siempre provenían desde EEUU y sus aliados. La Guerra del Ramadán le otorga a Irán la fuerza militar, política y financiera, para que sea el primer país del mundo que sanciona económicamente a EEUU. Para evitar esas sanciones de Irán, los aliados de EEUU se hicieron, prudentemente, a un lado.
Existen muchas interrogantes sobre esta nueva situación geopolítica. EEUU no va a permitir esta situación porque supone el inicio del fin de su imperio. ¿Acudirán EEUU e Israel al expediente de utilizar armas nucleares tácticas para resolver este impasse? En el caso que llegaran a hacerlo, ¿Qué consecuencias puede provocar esa escalada? ¿Podrá sobrevivir Israel a futuro si llega ese escenario? Y EEUU, ¿cómo justificar su discurso liberal e imperial si ocurre esto? Otra consecuencia tiene que ver con las petromonarquías del Golfo Pérsico: ¿cuál es su futuro político? ¿Cómo podrán confrontar al islam democrático de Irán? ¿Es plausible pensar en el derrumbe de los sistemas políticos de estas petromonarquías? ¿Es posible pensar en el “fin de Occidente”?
Responder a estas cuestiones supone intuir el nuevo orden mundial que empieza a emerger desde la Guerra del Ramadán. Gramsci siempre tuvo razón, entre el viejo orden que muere y el nuevo que nace, surgen los monstruos. Israel y EEUU han asumido ese rol de monstruos que anuncian un mundo diferente.


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