viernes, 16 de enero de 2026

El “Corolario Trump”: ¿Imperialismo tardío?

 El “Corolario Trump”: ¿Imperialismo tardío?

Pablo Dávalos

¿Por qué Trump decidió hacer volar por los aires a la globalización? ¿Por qué reactualiza el imperialismo en su versión más cruda? ¿Qué significa realmente el Corolario Trump a la Doctrina Monroe? ¿Por qué pone al límite al liberalismo y lo muestra más como un simulacro que como discurso que legitima al capitalismo? ¿Por qué amenaza y agrede a sus propios aliados de la OTAN? 

Un texto clave para intentar una respuesta a esas cuestiones es, sin duda, La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (The White House, Nov-2025), de noviembre de 2025 y publicado por la segunda Administración Trump. Es en este texto en donde el gobierno de Trump enuncia no solo sus intenciones, sino también sus miedos más ocultos. 

Hay un párrafo, en la página 5 de este documento, que se titula: Qué queremos y qué esperamos del mundo, en donde se enuncia el “Corolario Trump”; lo cito:

Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe. (The White House, Nov-2025, pág. 5)

Como puede discernirse de este párrafo, hay una distancia abisal entre el discurso de la globalización que emerge desde la caída del muro de Berlín, en los años noventa del siglo pasado con respecto al “Corolario Trump”. Hay una conversión de las organizaciones denominadas por la Casa Blanca como crimen transnacional, en sujetos políticos que justifican y legitiman el repliegue estratégico de EEUU y sirven de coartada para perseguir a las disidencias que, en esta Estrategia de Seguridad Nacional, asumen la forma de migrantes o la forma de ciudadanos inconformes con su régimen; pero, sobre todo, aquello que llama la atención es la frase: “queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave”; porque marca una ruptura entre el orden global y el nuevo orden hemisférico que empieza a configurarse. 

En el primer caso se trata de la globalización y de EEUU como el epicentro que define las coordenadas, la lógica y las condiciones de la globalización aseguradas, entre otros aspectos, por la fortaleza de su moneda, su balanza de pagos y tanto su poder blando como su poder militar. En el otro caso se trata de la renuncia expresa a cualquier pretensión de hegemonía sobre un orden global. En otros términos, se trata de un repliegue. ¿Por qué se produce esto? ¿Qué consecuencias tiene para el mundo?

La globalización llega a su fin

El discurso de la globalización presentaba al mercado mundial como una oportunidad para el crecimiento, la democracia y la supuesta resolución pacífica de los conflictos dentro del marco del liberalismo y del capitalismo y el respeto a los derechos humanos individuales. No solo eso, sino que en los años noventa, hubo una convergencia y confluencia entre las políticas de ajuste del FMI con la necesidad de construir un mercado global, un proceso que, en la jerga del FMI y del Banco Mundial, fue denominado como reformas estructurales. Esa convergencia a fortiori logró que el dólar se imponga como la moneda dominante en el mercado mundial. Lo que no pudo lograrse en Bretton Woods en 1944, se empezó a construir a partir de la caída del muro y la implosión de los denominados “socialismos reales”. Muchas economías se resintieron en esta convergencia monetaria mundial hacia el dólar y el mundo vivió en los años noventa del siglo pasado varias crisis monetarias, pero se trataba del costo que las economías asumían para integrarse de manera subordinada al orden monetario global bajo la égida del dólar americano. 

El discurso de la necesidad del mercado mundial y llevar adelante las respectivas convergencias normativas y comerciales se impusieron a rajatabla. En América Latina, la administración Clinton quiso suscribir un área de libre comercio con los países de la región que, finalmente, fracasó. Sin embargo, el capitalismo y el liberalismo se convirtieron en la razón dominante del mundo, o, como describe el periodista Ignacio Ramonet: en pensamiento único. 

La globalización suponía e imponía la imposibilidad de sustraerse de ella. En palabras de Margareth Thatcher, “no hay alternativas” a la globalización liberal. Justo porque, aparentemente, no había alternativas, Francis Fukuyama, un teórico de la Rand Corporation, posicionaba la tesis del liberalismo y la democracia americana como el “fin de la historia”, mientras que el filósofo francés F. Lyotard, de su parte, sustentaba la crisis final de los mega-relatos (sobre todo el fin del marxismo) y el paso hacia la “posmodernidad”.

La construcción del mercado mundial bajo la hegemonía norteamericana siempre tuvo sus críticos. De hecho, en 1994 insurge en México el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN, como una respuesta directa a la globalización, justo en el preciso momento en el que las rondas GATT de Montevideo daban paso a la OMC (Organización Mundial de Comercio) y la nueva gobernanza desde el mercado mundial. Aquello que transformaba cualitativamente a la OMC y al sistema de gobernanza era la subordinación de la soberanía política de los Estados al mercado mundial.

El sujeto del mercado mundial y su gobernanza era el agente schumpeteriano de la destrucción creativa, es decir, el empresario que asumía los costes y riesgos de la inversión y que, en virtud de ello, se transformaba en la fuerza prometeica que cambiaba el mundo. Ese empresario adoptaba, en ese nuevo orden, la figura de inversionista y su acto se transformaba en inversión extranjera directa.

Los inversionistas y la inversión extranjera directa se convirtieron en el pivote sobre el cual se estructuraba el nuevo orden mundial de la globalización. Las leyes que la convergencia normativa de la OMC imponía a todos los Estados del mundo, representaban, aseguraban y protegían los intereses de los inversionistas incluso por encima de los derechos sociales, ambientales y los derechos de los trabajadores. 

Así, los derechos de propiedad intelectual y la seguridad jurídica se transformaban en el centro de todas las reformas legales que los Estados estaban obligados a tomar para integrarse, de grado o por fuerza, a la globalización.

Los países subdesarrollados, en esta nueva lógica, se transformaron, de manera súbita, en “países emergentes” gracias al arribo de la inversión extranjera directa. Y el desarrollo económico se medía en función de la capacidad de atraer inversión extranjera directa. Para generar la necesaria “seguridad jurídica” a la inversión extranjera directa y al libre flujo de capital se impuso a los países del mundo una serie de reformas institucionales y legales, debidamente monitoreadas por el Banco Mundial y la cooperación internacional al desarrollo.

Oponerse al libre mercado era oponerse el destino del mundo. Los acuerdos de inversión se convirtieron en la lógica de un proceso de convergencia jurídica en el cual los inversionistas podían incluso sentar en el banquillo de los acusados a los Estados a través de los centros de mediación y arbitraje internacional. 

En los noventa, con la transición de la Federación Rusa hacia el capitalismo, y con las reformas de libre mercado en las zonas especiales de desarrollo económico de China, era evidente que el discurso liberal del libre mercado se había impuesto como razón dominante del mundo.

Como colofón a este nuevo orden mundial actuaba el discurso teórico del neoliberalismo que otorgaba las credenciales epistemológicas a esta nueva racionalidad del mundo.

Se sumaba, a esa euforia, la emergencia de las economías punto com. El auge de internet y la consolidación de una poderosa industria financiera especulativa transnacional hacía que el libre mercado sea más que una promesa. En realidad, se convertían en deber-ser, en deontología del neoliberalismo. 

Aunque la crisis de las punto com y la crisis asiática de fines de los noventa daban cuenta de fallas en el diseño del mercado mundial y los costos que las economías tenían que pagar por la convergencia monetaria hacia el dólar se expresaba en inestabilidad de los mercados de tipo de cambio, se cuestionaba el cómo pero nunca el porqué. 

Se pensaba que con más regulación y con una intervención más intensa del Estado en sectores críticos de la economía y en una tímida redistribución del ingreso, sobre todo con transferencias monetarias condicionadas para los países más pobres, el mercado mundial bien podría alcanzar a resolver muchos de los problemas que la humanidad no había resuelto hasta ese entonces. Realmente era, según la ideología de la globalización, el fin de la historia. El fin de los meta-relatos, entre ellos, aquel de la revolución. 

La izquierda parlamentaria y estatal se sometió a estas prescripciones y se convirtió en guardiana de la ortodoxia de la integración de los mercados nacionales hacia el mercado mundial, así como de la disciplina fiscal y la austeridad. Aparentemente la globalización iba bien y solo era cuestionada por ciertos sectores de la izquierda, por supuesto, sus alas más radicales. Pero de pronto, tres décadas después, ese mundo estalla por los aires con la segunda administración Trump y su “Corolario” a la Doctrina Monroe.

El “orden hemisférico”

Con la doctrina de la Seguridad Nacional de la Casa Blanca de la segunda administración Trump, se produce un cambio de proporciones: se pasa del orden global al orden hemisférico. El “orden hemisférico”, además, se circunscribe de manera exclusiva a los intereses norteamericanos. Esto puede advertirse cuando la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, propone lo siguiente:

queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense, sin la cual la seguridad a largo plazo es imposible. Queremos una América que atesore sus glorias pasadas y a sus héroes, y que anhele una nueva era dorada. (The White House, Nov-2025, pág. 4)

Definitivamente se renuncia al mundo por un retorno al pasado (las “eras doradas”). Con ello se confirma que EEUU no tiene la pretensión de regir y dominar el mercado mundial y construir un futuro común para Occidente; ahora hay un “Hemisferio Occidental” que proteger y un pasado que reconstruir. 

Esto significa que ya no hay inversión extranjera directa como sujeto histórico que enrumba la globalización, ahora hay “intereses norteamericanos” que se defienden con poder militar. Es el retorno a la “política de las cañoneras”. Durante la época de la globalización, la apertura del mercado en Rusia y en China eran una oportunidad, ahora son una amenaza. 

¿Qué pasó? ¿Qué hizo que EEUU abandone el mercado mundial y se refugie en el “Hemisferio Occidental” y en la “restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense? ¿Cómo explicar su repliegue?

Evidentemente, si EEUU se repliega a sus cuarteles de invierno es porque no está ni cómodo ni seguro con el discurso y con la dinámica del mercado mundial y, por supuesto, con la globalización. Aquello que fue la punta de lanza del liberalismo y la conquista del mundo, ahora se convierte en una constatación de sus miedos. La globalización, para EEUU, es ahora una amenaza estratégica. ¿Por qué? 

El olvido estratégico

La evidencia indica que el mercado mundial de la globalización nunca aseguró la hegemonía que EEUU buscaba, más bien al contrario, fue el mercado mundial capitalista el que minó desde dentro esa hegemonía. ¿Por qué sucedió esto? Porque EEUU fue la víctima de un olvido estratégico. 

Cuando EEUU utilizaba la fuerza de trabajo barata del sudeste asiático para apalancar su rentabilidad y, consecuente con su promesa del mercado mundial, acelerar la inversión extranjera directa hacia esos mercados que ofrecían fuerza de trabajo abundante, dócil, exenciones tributarias y seguridad jurídica, se olvidó el hecho de que transferir producción era, en realidad, transferir poder. 

Así, las corporaciones multinacionales atraídas por esa fuerza de trabajo abundante y barata, procedieron a externalizar sus procesos productivos hacia Indonesia, Vietnam, Tailandia y, sobre todo, China. Esa transferencia de gestión, producción y conocimiento, años después, jugaría el rol de la revancha de la historia. 

A las corporaciones norteamericanas y sus gobiernos, en especial desde que Nixon visitó a China en los años setenta del siglo pasado y, gracias a esa visita validó la propuesta de las zonas económicas especiales de Deng Xiaoping, se les olvidó la lección más importante de la economía política: el trabajo genera valor y el valor es el fundamento de toda relación de poder, de toda estructura ontológica del mundo capitalista. 

Ese olvido les pasará una factura histórica enorme. Los desgastará en su proyecto hegemónico y los llevará a una posición de desesperación: protegerse del mercado mundial, es decir, protegerse de la ley del valor.

La transferencia de la producción hacia China, en realidad, era la transferencia del poder del mundo. Puede decirse todo lo que se quiera sobre la economía política clásica, pero la cuestión de fondo es que era la única baza teórica para comprender las consecuencias del aprendizaje de China y el sudeste asiático con respecto a la producción.

Occidente olvidó la economía política y, en cambio, consideró que la economía estándar, con sus complejos lenguajes y su apelación a las matemáticas (hasta se inventaron un premio Nobel para ello), eran más que suficientes para entender lo que ocurría en el mundo. Pero, se trató de una teoría que nunca entendió lo que significaba que China haya empezado a aprender a producir. Era una teoría que olvidó los fundamentos básicos de la economía política y que sepultó la teoría del valor. Quizá haya sido un recurso heurístico para posicionar sus propios marcos epistemológicos, pero dejó a las elites del poder sin las herramientas teóricas para comprender la trascendencia de sus decisiones. 

Por eso, cuando China terminó ese aprendizaje, comprendió rápidamente que, al producir mercancías, en realidad, producía al mundo; al producir al mundo, se disputaba la construcción, el sentido y el dominio sobre ese mundo. Quien manejaba, controlaba y definía la producción del mundo se transformaba en su fuerza hegemónica. La producción, había advertido el materialismo histórico, es la base para el “poder espiritual” de cualquier sociedad. Las ideas dominantes de una época, son las ideas de la clase dominante. Una clase es dominante cuando acapara, define y controla la producción, la industria, la formación de la mercancía a escala global.

La producción de mercancías, al menos en el capitalismo es, en definitiva, la producción del mundo. Desprenderse de la producción significa olvidar el secreto de la mercancía, conforme la economía política clásica, que el trabajo no solo creaba valor, sino que creaba al mundo que albergaba ese valor. Hay una dimensión ontológica en la mercancía que los teóricos de EEUU y sus aliados olvidaron de advertir hasta que fue demasiado tarde.

Estados Unidos y, con él, Occidente, creyeron con la fe del carbonero en el simulacro teórico de las teorías económicas que les indicaban que se había llegado al mejor de los mundos posibles gracias a la liberalización de la economía, la desregulación de los mercados y el libre flujo de capitales.

Como ese discurso, disfrazado de ciencia, no buscaba comprender lo real sino legitimarlo, no hubo posibilidad de intuir que la peor trampa para el capitalismo venía bajo la forma de inversión extranjera directa, delocalización, relocalización, outsourcing y especulación financiera.

¿Es posible la reindustrialización?

EEUU perdió, en esa vorágine, el control sobre la producción. La mercancía se le escapó de sus manos y comprendió que sin producción es imposible disputar el sentido y el control del mundo, la hegemonía del mundo. Es eso lo que dice en las páginas 13 y 14 del documento La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos:

Reindustrialización: El futuro pertenece a los creadores. Estados Unidos reindustrializará su economía, relocalizará la producción industrial y fomentará y atraerá la inversión en nuestra economía y nuestra fuerza laboral, con un enfoque en los sectores tecnológicos críticos y emergentes que definirán el futuro. Lo haremos mediante el uso estratégico de aranceles y nuevas tecnologías que favorezcan la producción industrial generalizada en todos los rincones de nuestra nación, eleven el nivel de vida de los trabajadores estadounidenses y garanticen que nuestro país nunca más dependa de ningún adversario, presente o potencial, para productos o componentes críticos. (The White House, Nov-2025, págs. 13-14)

“El futuro pertenece a los creadores” es una verdad inapelable. Por eso, cuando se lee este párrafo es inevitable la sorpresa por su excesiva ingenuidad. “Estados Unidos reindustrializará su economía”, dice el documento oficial de la segunda administración Trump. Pero se sabe que eso es imposible. Es poner los deseos antes que la realidad. No hay ninguna posibilidad de que ningún país del mundo pueda, en las condiciones presentes, reindustrializarse. Ese tren ya abandonó el andén hace tiempo. 

Los procesos de delocalización y relocalización de los años ochenta y noventa del siglo pasado, bajo la figura de la inversión extranjera directa, cambiaron al capitalismo de forma trascendente. 

La transferencia de la industrialización hacia China, ha otorgado a este país un nivel tal de competitividad y de productividad que es prácticamente imposible competir con ellos. China se ha adueñado de la producción del mundo y es algo que, bajo ninguna circunstancia, van a ceder. EEUU perdió la batalla de la industrialización del mundo ante China. Es un dato, una constatación empírica. Un factum.

Por eso, la “reindustrialización de Estados Unidos”, es una especie de llamado desesperado a detener el mundo, a decir que pare, que hay que bajarse, que hay que dar hacia atrás la rueda de la historia. Hay que reindustrializarse. Como si la reindustrialización fuese una simple política pública que puede aplicarse con documentos, buenas intenciones, aranceles y programas multimillonarios. En realidad, es la confesión de que se perdió al mundo. De que el olvido estratégico de que el trabajo genera valor, ahora hunde al imperio no solo en sus miedos sino en su impotencia. EEUU ya no produce el mundo, ya no produce nada. Tiene que comprarlo todo fuera. Tiene que comprar a China, y, así, constatar que fue una pésima idea aquella de delocalizar y relocalizar la producción.

¿Existe el “Hemisferio Occidental”?

Sin embargo, de la misma manera que la noción de “reindustrialización” asombra por su irrealidad, también asombra la referencia al “Hemisferio Occidental”. Strictu sensu, no existe ningún “Hemisferio Occidental”. EEUU confunde una situación geográfica, el continente americano con un concepto geopolítico. 

Occidente es el nombre del liberalismo, el judeocristianismo, la democracia liberal y el capitalismo. Es una construcción simbólica-ideológica que se generó en la última posguerra como forma de dividir al mundo entre “ellos” y “nosotros”. “Ellos” eran los países comunistas, los árabes, el islam. Era el Otro como construcción hecha desde la geopolítica y el poder. Como nos enseñó Said con el Orientalismo, Occidente siempre fue una invención geopolítica del imperialismo.

Pero la globalización cambió esas coordenadas. En la globalización, Occidente se transformó en el discurso que sostenía la construcción del mercado mundial, en el universo simbólico que sostenía el “poder blando” de la dominación imperial. Se bombardeaba países, en plena globalización, para someterlos a Occidente lo que, en realidad, quería expresar era someterlos a las corporaciones transnacionales de Europa y EEUU. 

Por eso, cuando el “Corolario Trump” hace referencia al “Hemisferio Occidental”, hay que imaginar que esta vez la Casa Blanca piensa en transformar una realidad definida en términos geográficos y topográficos en un espacio geopolítico en tanto área directa no de influencia sino de saqueo. 

No es una referencia a un concepto simbólico de la globalización y a una cobertura ideológica para la globalización, sino una reterritorialización del poder a escala mundial y la certificación de que la globalización ha terminado y empieza la etapa imperial del capitalismo tardío. Si hay un “Hemisferio Occidental”, entonces existen los “Otros”, los que están fuera de este “Hemisferio Occidental”. Este Hemisferio es el territorio de EEUU en el sentido amplio, es decir, el continente americano. En tanto geografía, dice el texto, EEUU es “envidiable” porque tiene fronteras sin riesgo de invasión militar:

una geografía envidiable con abundantes recursos naturales, sin potencias competidoras físicamente dominantes en nuestro hemisferio, fronteras sin riesgo de invasión militar y otras grandes potencias separadas por vastos océanos;

El retorno a la geografía propia es la necesidad de cartografiar la ruta de regreso a los cuarteles de invierno luego de la derrota. La geografía siempre es política. El Hemisferio Occidental, para EEUU es, simple y llanamente, todo el continente americano. Es su continente. Es su territorio. Empero, en ese territorio que EEUU considera un no man’s land hay Estados-nación soberanos y sociedades que, bajo ninguna circunstancia van a suscribir, apoyar o legitimar ningún tipo de colonialismo o neocolonialismo en sus países. Ya no se está en el siglo XIX. Ya no se puede demarcar una geografía para reclamar un derecho de posesión. La globalización cambió esas coordenadas históricas y geopolíticas para siempre. Pero la Casa Blanca no se da por enterada de ello. Simplemente, olvida la historia, archiva la soberanía y declara, firme y solemne, el retorno del imperialismo.

No existe “Hemisferio Occidental” como realidad geopolítica al menos en el contexto de la globalización. Existe como evidencia geográfica, como pretensión imperial. EEUU piensa construirlo y lo hace porque es allí donde pretende refugiarse. ¿Refugiarse de qué? Pues, de los otros, de esas “otras grandes potencias separadas por vastos océanos” que ahora amenazan a su hegemonía.

Como ha optado por el repliegue, los otros, esas potencias separadas por vasos océanos, deben saber que EEUU está presto a utilizar la paz como recurso de guerra. No es un oxímoron, es su propia declaración:

Paz a través de la fuerza: La fuerza es el mejor elemento disuasorio. Los países u otros actores suficientemente disuadidos de amenazar los intereses estadounidenses no lo harán. Además, la fuerza puede permitirnos alcanzar la paz, porque las partes que la respetan a menudo buscan nuestra ayuda y son receptivas a nuestros esfuerzos para resolver conflictos y mantener la paz. Por lo tanto, Estados Unidos debe mantener la economía más sólida, desarrollar las tecnologías más avanzadas, impulsar la salud cultural de nuestra sociedad y desplegar el ejército más capacitado del mundo. (The White House, Nov-2025, págs. 8-9).

La fuerza es “el mejor elemento disuasorio” cuando hay conflicto, no cuando hay comercio o mercados. Se trata de una verdad que viene desde Kant y su intento de construir la “paz perpetua” a partir del comercio. Si se opta por la fuerza es porque ya no se posee las riendas del comercio. Si se amenaza al mundo con aranceles y con “desplegar el ejército más capacitado del mundo”, es porque se tiene miedo. Mostrar los dientes es signo de defensa, pero también de repliegue antes del ataque.

Como puede apreciarse, EEUU quiere fragmentar la globalización en mil pedazos. Donde hubo convergencia normativa y monetaria, ahora hay divergencias, rupturas y fracturas. Hay desconexión normativa, institucional, comercial y monetaria. Una desconexión que se lleva adelante vía sanciones, aranceles, amenazas, bombardeos y ataques armados. La segunda administración Trump, coherente con esta visión del mundo, desmantela todas las instituciones que le habían ayudado a mantener su poder blando sobre el mundo.

Así, EEUU pasa de la dominación mundial al repliegue estratégico. En ese repliegue no hay posibilidad alguna de un “equilibrio de poder” global, porque EEUU asume por sí solo una posición que va a contrapunto de lo que realmente pasa en el mundo. Por ello, la amenaza:

Equilibrio de poder: Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante que pueda amenazar nuestros intereses. Trabajaremos con aliados y socios para mantener los equilibrios de poder globales y regionales y prevenir el surgimiento de adversarios dominantes. Si bien Estados Unidos rechaza el nefasto concepto de dominación global para sí mismo, debemos prevenir la dominación global, y en algunos casos incluso regional, de otros. Esto no significa derrochar sangre y dinero para reducir la influencia de todas las grandes y medianas potencias del mundo. La enorme influencia de las naciones más grandes, ricas y fuertes es una verdad intemporal de las relaciones internacionales. Esta realidad a veces implica trabajar con socios para frustrar ambiciones que amenacen nuestros intereses comunes. (The White House, Nov-2025, pág. 10)

EEUU “no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante que pueda amenazar nuestros intereses” y va a “prevenir el surgimiento de adversarios dominantes”. ¿Cómo piensa hacerlo? No puede invadir más países a riesgo de desencadenar una tercera guerra mundial. Su política de sanciones se ha revelado contraproducente y ha castigado más a sus aliados que a sus enemigos. En efecto, las sanciones a Rusia hundieron a Europa, no a Rusia; las sanciones a China perjudicaron a su corporación estrella, NVIDIA, no a China. Los aranceles hundieron la capacidad de consumo de sus propios ciudadanos.

Entonces, la única opción que tiene para que ninguna potencia amenace sus intereses es hundir el comercio global. Diseñar un infierno arancelario y de sanciones económicas para todas aquellas potencias que desafíen al imperio. No obstante, no existen condiciones históricas para que esta opción sea viable y efectiva. Lo demostraron las múltiples sanciones a Rusia que, finalmente, hicieron daño, mucho daño, a los países europeos.

De la misma manera que EEUU transfirió a China la capacidad ontológica de producir el mundo, al transferirle la industrialización, así Europa transfirió a EEUU sus capacidades de defensa. Entonces, cuando EEUU expresa que trabajará con sus socios “para frustrar ambiciones que amenacen nuestros intereses comunes”, en realidad, expresa su decisión de utilizar a Europa como escudo, cobertura y peón. Eso es tutelaje. Neocolonialismo.

Entonces, y en perspectiva, no es Venezuela el país más amenazado por EEUU, a pesar del secuestro de su presidente y del intento de robar su petróleo, es Europa el continente más amenazado. Europa confirma el aforismo de que es terrible ser enemigo de EEUU, pero ser su aliado es fatal. Por supuesto que el repliegue de EEUU supone el inicio de su decadencia, pero también indica que lo más probable es que en esa caída, EEUU arrastre consigo a Europa, su aliado más fiel.

BRICS, multipolaridad y el riesgo del conflicto global

¿Qué tan plausible es la posición de repliegue de EEUU? El hecho de que EEUU opte por fracturar la globalización y sus acuerdos, ¿significa que la globalización ha terminado? La respuesta, por supuesto, es que la globalización no ha terminado en absoluto. Simplemente atraviesa nuevos momentos. Por esas paradojas de la historia, la globalización depende ahora de países que no son ni plenamente liberales ni totalmente capitalistas. Esos países no van a resignar en absoluto la globalización solo porque EEUU ahora la considere una amenaza. Son países que se han comprometido en inversiones en infraestructura y en construcción del mercado mundial de manera importante y en todo el mundo. La globalización les transformó en economías globales. Tienen una visión amplia y han construido una arquitectura institucional de largo aliento. El bloque más fuerte que han consensuado es aquel de los BRICS que incluso tiene ya su propia banca multilateral. En ese bloque no hay un solo país europeo.

Entonces, el mundo pasa a una contradicción entre una globalización que se desprende de los contenidos más liberales y capitalistas y que tiene en este bloque BRICS su expresión más evidente y, de otra parte, EEUU que se repliega a su territorio con una posición defensiva y guerrerista mientras que su más fiel aliado, Europa se hunde en la intrascendencia. 

¿Significa esto que el mundo pasa a una “multipolaridad”? No es probable, porque los países de los BRICS y sus aliados, no pretenden disputar ninguna hegemonía con EEUU. No necesitan hacerlo. Ellos se han imbricado de tal manera en la construcción del mercado mundial que es este compromiso y estos nexos y vinculaciones que tejen y consolidan cotidianamente, los que definen su poderío y hegemonía. Por eso, no quieren disputar algo que ya poseen. Sin embargo, EEUU los obliga a asumir una posición defensiva. Tienen que hacerlo porque el retorno del imperialismo se sostiene sobre la guerra, la rapiña, el saqueo.

Para ratificarlo, la segunda administración Trump ha secuestrado a un presidente de la república legítimamente electo y en plenas funciones constitucionales, el presidente venezolano Nicolás Maduro. Además, intenta robar sus recursos naturales. Amenaza a sus países fronterizos, tanto Canadá como México con invadirlos. Amenaza con tomarse el territorio de Groenlandia y pone a la OTAN en una contradicción irresoluble y a un paso de su disolución. Juega con los aranceles con todos los países del mundo. Prohíbe exportaciones de bienes tecnológicos a China. Apresa a los ejecutivos de una las transnacionales más grandes de China, Huawei, acusándolos de conspiración y sin mediar ningún debido proceso. Bombardea Siria, Yemen, Irán, Sudán. Así, de pronto, el mundo ahora comprende que EEUU se ha convertido en un Estado canalla. En un imperialismo decadente y tardío. En una sociedad que está a punto de la implosión, como lo demuestran los excesos de la policía del régimen de Trump, el ICE y sus ataques cada vez más indiscriminados contra su propia población.

Trump quiso hacer América Grande Otra Vez (MAGA). Pero convirtió a su país en un Estado canalla. Fracturó a su propia sociedad. Generó un régimen de miedo interno que la historia muestra en los regímenes fascistas y pone al mundo al filo de la tercera guerra mundial. ¿Hay alguna salida? ¿Acaso la historia no nos sirvió de advertencia cuando un dictador alemán empezó a adueñarse de territorios y hacer lo que quería sin oposición alguna, hasta que fue demasiado tarde?

Bibliografía

The White House. (Nov-2025). National Security Strategy of the United States of America. Washington: The White House.

 

 

 

 

 

domingo, 4 de enero de 2026

La derrota política de Trump: El secuestro del presidente Maduro y la transición política que nunca se dio

  

La derrota política de Trump:

El secuestro del presidente Maduro y la transición política que nunca se dio

 

Pablo Dávalos

En la madrugada del tres de enero de 2026, la administración del presidente norteamericano Trump, en una operación militar que comprendió el bombardeo a varias bases militares en Caracas y otras ciudades de Venezuela, y el asesinato a los miembros de los circuitos de seguridad, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores. Esta operación militar era la consecuencia al asedio marítimo que EEUU había empezado contra el país a inicios de agosto del 2025. 

Como parte de la estrategia de intervención militar, el gobierno norteamericano procedió a nombrar al Secretario de Estado, Marco Rubio, como administrador provisional para Venezuela, quien determinó que el nuevo gobierno de Venezuela deberá ser evaluado constantemente en su comportamiento para evitar nuevos bombardeos. 

El día cuatro de enero de ese mismo año, el Presidente norteamericano Donald Trump, en rueda de prensa, indicaba que su país tomaba posesión del petróleo de Venezuela y que administraría el país el tiempo suficiente para garantizar una transición ordenada hacia la democracia. Trump, además, indicó que los recursos del petróleo financiarían los costos de la administración de Venezuela y su proceso de transición ordenada durante todo el tiempo que eso ocurra. Sin embargo, en un giro impredecible, Trump indicó que la principal opositora a Nicolás Maduro y recientemente galardonada con el premio Nobel de la paz, María Corina Machado, en realidad, no representaba a nadie y no tenía ningún reconocimiento social en Venezuela por lo que estaba negada su participación en la “transición política hacia la democracia”. Con esto excluía a lo que se había considerado, hasta entonces, el actor político más importante de la oposición venezolana.

Ante el secuestro del presidente constitucional de Venezuela, la Corte Constitucional venezolana encargó la administración del ejecutivo a la vicepresidenta Delcy Rodríquez. Es un encargo provisional pero que le permite al país tener la institucionalidad y legalidad necesarias. El cuatro de enero, asimismo, en horas de la mañana, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, acompañada del ministro de relaciones exteriores, y de los comandos policiales y militares y otros altos funcionarios del gobierno, indicó que hay un Decreto emitido por Nicolás Maduro que declara el estado de conmoción externa y que es el marco jurídico sobre el cual se actuará en adelante. Indicó, asimismo, que Venezuela no permitirá el tutelaje ni la administración de ningún país extranjero y reclamó por la agresión sufrida y exigió la devolución inmediata del presidente Nicolás Maduro. En su exposición, Delcy Rodríguez, hizo varias referencias a Nicolás Maduro como el único y legítimo presidente del país e hizo también referencia a la herencia libertaria del Libertador Simón Bolívar, para ratificar el compromiso del gobierno con la soberanía y el derecho a la autodeterminación, así como el rechazo a cualquier maniobra de tutelaje sobre el país.

Las noticias daban cuenta de que en Venezuela no se produjo ni una sola movilización a favor de la operación militar de EEUU y que, por el contrario, todas las movilizaciones sociales fueron a favor del retorno de Maduro y en contra de EEUU. Asimismo, no se produjeron en ninguna ciudad de Venezuela ningún tipo de actos vandálicos ni tampoco ningún tipo de acto de la oposición política, como el caso de las denominadas “guarimbas” que fueron actos de fuerza de la oposición en circunstancias anteriores. 

Ante la operación militar de EEUU, por supuesto que hubo sorpresa no solo en Venezuela sino en el mundo, pero la sociedad venezolana se mantuvo en calma y apegada al derecho y a las instituciones. No se registraron ni desmanes ni turbulencias sociales de ningún tipo y en ninguna ciudad del país. Esto daba cuenta de que el secuestro del presidente Nicolás Maduro, no suscitó ningún cambio de régimen y que, por el contrario, el régimen venezolano se mostraba firme y férreamente unido. 

Es justamente ante ese hecho que EEUU decide reconocer el rol de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, pero con la amenaza de tomar represalias si ella no hace lo que la administración Trump tiene previsto para el país. Sin embargo, las primeras declaraciones políticas de Delcy Rodríguez no dejan ninguna duda de la distancia abismal que hay entre los deseos de la administración Trump con la situación real de Venezuela. 

El periódico The Wall Street Journal reconoce que Delcy Rodríguez pertenece a la línea dura del socialismo y de la izquierda de la revolución bolivariana. Sus padres provenían de sectores de izquierda y ella tiene un largo recorrido en la revolución bolivariana. Esto hace que la línea de mando, a pesar del secuestro del presidente Maduro, siga la misma línea ideológica, de ahí que goce de la confianza de los mandos del ejército, la policía y las bases sociales.

En Venezuela, al menos en los primeros días del secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, se consolidó la alianza militar-policial-popular y el país entró en un estado de conmoción externa con vigilancia de las fuerzas armadas bolivarianas y con la presencia de todas las instituciones del Estado Bolivariano que mantuvieron el orden, la legalidad y la paz en todas las ciudades del país. 

A diferencia de otras circunstancias en las que el derrocamiento del liderazgo por parte de EEUU condujo a una transición política producto del hundimiento social, como fue el caso de Libia o Irak, esta vez, al menos en los primeros días, no se produjo ninguna transición política en Venezuela ni nada que se le parezca.

Este es un escenario diferente para EEUU que ve complicarse su jugada política. El secuestro del presidente Maduro, sin transición política favorable a EEUU, no tiene ningún sentido. Es por eso que el presidente Trump, el cuatro de enero, lanza una amenaza a Delcy Rodríguez, indicando que “pagará un precio muy alto, probablemente mayor que Maduro”, “si no hace lo correcto” (The Atlantic). Hacer lo correcto es, evidentemente, poner el país a disposición del tutelaje de la administración provisional encabezada por Marco Rubio. 

Por otra parte, el mismo 4 de enero, todo el alto mando de las fuerzas armadas bolivarianas, presididos por Vladimir Padrino, hacían una declaración pública en el cual indicaban su absoluta cohesión con el poder político, su obediencia a la Constitución y su defensa irrestricta a la soberanía nacional, al tiempo que denunciaban el secuestro del presidente Nicolás Maduro a quien reconocían como único líder indiscutible de la revolución bolivariana y pedían su inmediata devolución. Esto indicaba que EEUU no tenían ningún punto de apoyo en las fuerzas armadas bolivarianas.

Las declaraciones de las grandes potencias económicas, salvo Europa, fueron unánimes en condenar la operación militar norteamericana y el secuestro al presidente Maduro. China exigió la puesta en libertad inmediata del presidente Maduro y condenó en duros términos a EEUU. Lo mismo hizo Rusia y también Irán. De su parte, Corea del Norte, incluso amenazó con la guerra si no se liberaba inmediatamente a Maduro. Los gobiernos latinoamericanos de Cuba, Nicaragua, México, Colombia, Brasil, Chile y Uruguay también fueron contundentes en su rechazo al secuestro del presidente Maduro y a la agresión militar a Venezuela. Solamente los gobiernos de Bukele, en El Salvador, Milei en Argentina y Noboa de Ecuador, se mantuvieron entusiastas en su apoyo a la administración Trump.

A pesar del repudio mundial a esta agresión militar contra un país soberano, en varias declaraciones el presidente Trump también amenazó al presidente de Colombia, Gustavo Petro y realizó amenazas al gobierno mexicano. Asimismo, declaró su intención de adueñarse de Groenlandia, lo que suscitó la inmediata reacción del gobierno danés.

En el caso de Europa, existieron fuertes condenas por parte de algunos partidos políticos, como Podemos e incluso el Partido Socialista Español; pero quizá lo más sorprendente fue la posición de la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, quien rechazó de forma categórica la intervención norteamericana indicando que la soberanía de los países y el derecho a la autodeterminación es absolutamente sagrado e inviolable; en cambio, el presidente de Francia, Macron, emitió un comunicado indicando que estaba presto a colaborar con la transición política en Venezuela y expresaba su apoyo a María Corina Machado. Esta posición hizo que la cancillería de Venezuela emita un enérgico rechazo a la posición de Francia. 

Muchos gobiernos asiáticos y africanos, se mantuvieron en la línea de rechazar la agresión y el secuestro al presidente Maduro, se solidarizaron con el pueblo venezolano y coincidieron en que la actuación de EEUU rompía de manera radical el orden jurídico internacional y generaba incertidumbre incluso en el comercio mundial.

En virtud de que la rueda de prensa y las declaraciones consecutivas del presidente Trump expresaban una relación directa entre el ataque a Venezuela con la intención de apoderarse del petróleo de este país, se forjó un consenso casi unánime a escala global de que el principal motivo del ataque a Venezuela y el secuestro a su presidente constitucional, Nicolás Maduro, no tenía propósitos políticos ni, menos aún, democráticos, sino económicos en la apropiación ilegal del petróleo venezolano. De ahí que algunos sectores de la derecha de varios países que en primera instancia aplaudieron la agresión a Venezuela y pensaron que, según ellos, eso traería la paz y la libertad al país, se quedaron sin argumentos cuando el propio presidente Trump aclaró, en repetidas oportunidades, que EEUU se adueñaría del petróleo de Venezuela porque, según él, les pertenecía por derecho propio.

En Venezuela el ataque militar y el secuestro a su presidente no provocó, como se había indicado, ningún cambio político en el país y, menos aún, un cambio de régimen. Por el contrario, el régimen, al cual los medios occidentales lo denominan “chavismo” aunque su nombre real es “Revolución Bolivariana”, se mantuvo intacto y consolidó su hegemonía sobre la sociedad. Así, no se produjo ningún tipo de desorden social y todas las movilizaciones sociales eran de respaldo al régimen y de repudio a EEUU. 

Esto quiere decir que la oposición política en Venezuela no tiene ninguna capacidad de movilización social y no puede, por tanto, convertirse en un actor importante para cualquier tipo de desenlace. Esto ya lo tiene claro la administración Trump que evacuó de la ecuación a María Corina Machado. Sin embargo, tampoco hay un ambiente de crisis y convulsión social que justifique otra intervención de EEUU y el surgimiento de un régimen de transición. Es decir, no hay ninguna posibilidad de que emerja ningún régimen de transición política por lo que la administración Trump deberá negociar directamente con el “chavismo” la resolución de esta crisis.

Si EEUU negocia con el chavismo la única baza que tiene es aquella de la amenaza con golpear militarmente al país, sobre todo con bombardeo de misiles y de secuestrar militarmente a otros operadores políticos de la revolución bolivariana o, de ser el caso, eliminarlos. Es un chantaje fuerte pero que no tiene ninguna plausibilidad política. Si los operadores políticos venezolanos ceden al chantaje de EEUU y admiten la tutela de una administración presidida por Marco Rubio, es de suponer que no contarán con el apoyo de las fuerzas armadas bolivarianas ni, tampoco, con el apoyo del aparato político del partido PSUV ni tampoco con sus bases sociales. En otros términos, es un chantaje que solo sirve como argumento para consumo de la propia administración norteamericana, pero que no tiene posibilidades de ejecutarse en la práctica en Venezuela.

Esto no quita el hecho de que la administración venezolana presidida por Delcy Rodríguez acepte varios tratos de negociación con las empresas petroleras norteamericanas, pero en los términos establecidos directamente desde el “chavismo”, no desde EEUU. De hecho, ya lo había propuesto varias veces incluso Maduro antes de su secuestro. 

Entonces, EEUU se confronta a un escenario en donde el secuestro al presidente Nicolás Maduro no cumple ya ninguna función política y, en cambio, se ve confrontado a un desgaste internacional evidente. Para la inmensa mayoría de países y de sociedades, EEUU se ha convertido en un Estado al margen de la ley, en un Estado canalla. Una imagen con la cual difícilmente se puede gestionar la hegemonía global.

Si no hay ninguna transición política en Venezuela, para Trump el juicio que pretende realizar en las cortes judiciales norteamericanas en contra del presidente Nicolás Maduro se convierte en un pasivo político fuerte y en un dolor de cabeza. No tiene ningún argumento jurídico que avale esta pretensión, porque se trata de un presidente en funciones. 

De ahí la importancia del pronunciamiento de la Corte Constitucional de Venezuela que “encarga” las funciones presidenciales a Delcy Rodríguez. Esto quiere decir que no hay transición política y que Nicolás Maduro sigue siendo presidente constitucional de Venezuela y, por tanto, comandante en jefe de las fuerzas armadas venezolanas. 

La cuestión es ¿con qué marcos jurídicos pretende enjuiciar EEUU a un presidente extranjero en funciones? Maduro no ha sido depuesto. No es un ex presidente. Sus funciones constitucionales siguen vigentes. Sigue siendo el comandante en jefe de sus fuerzas armadas. Hay muchos Estados que lo reconocen aún como gobernante en funciones ¿Puede cualquier juez norteamericano juzgar a un presidente constitucional y en plenas funciones? La respuesta, dentro del derecho tanto norteamericano como internacional es que, obviamente, no puede hacerlo. 

Para hacerlo necesita de una capacidad jurídica que no posee y que al momento solo tiene la Corte de la Haya y, además, previo acuerdo de los países signatarios y, hay que recordarlo, EEUU no es un país signatario de estos acuerdos.

EEUU puede acudir al expediente de la lucha contra el narcotráfico y los carteles de la droga y puede inventarse todos los argumentos a este tenor como, efectivamente, lo ha hecho. Creó un imaginario cartel de narcotráfico al que le puso un nombre rimbombante, como “Cartel de los Soles”, que solo existe en la imaginación de la administración Trump. Endilgó responsabilidades penales a Nicolás Maduro a partir de la adscripción imaginaria a este cartel inexistente y, con ese argumento, procedió a secuestrarlo y ponerlo a órdenes de la justicia norteamericana. El problema es que, días antes de esto, la administración Trump indultó a uno de los mayores narcotraficantes del mundo, el ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, detenido por la DEA y acusado de traficar más de 400 toneladas de droga hacia EEUU. Esto quiere decir que la administración Trump carece de validez moral para otorgar validez real a su imaginario cartel de los soles.

Si el sistema de justicia norteamericano acepta juzgar por cargos inexistentes a un presidente constitucionalmente electo y en funciones, secuestrado de forma ilegítima e ilegal, se expone a la ilegitimidad de todas sus decisiones y aparecer ante el mundo como un artefacto político al servicio del poder de turno. Si no hay ni causales ni formas jurídicas pertinentes y adecuadas para juzgar a un presidente constitucional en funciones, ¿con qué argumentos legales procesar a su esposa, Cilia Flores? ¿Cómo justificar su secuestro?

El sistema legal norteamericano se confronta a una aporía jurídica que nace de una decisión abrupta, irresponsable y abusiva tomada por Trump. La aporía es que si acepta juzgar a Maduro demuestra que la justicia norteamericana está tan politizada y tan corrupta como cualquier país acusado de ello. Si no acepta juzgarlo, en cambio, expone a Trump a la vindicta universal y debilita a su propio gobierno de manera radical y, finalmente, daría la razón al “chavismo” y Trump tendría que devolver a Maduro.

La corrupción de la justicia por su politización, se trata del mayor cuestionamiento que había hecho el liberalismo a los denominados gobiernos totalitarios. EEUU se vanagloriaba de tener el mejor sistema judicial del mundo por la imparcialidad de sus jueces y la consistencia jurídica de sus veredictos y sentencias. Pero eso está a punto de perderse de forma irremisible.

Aceptar el juzgamiento a un presidente constitucional en funciones por actos que tienen que ver con su actuación como presidente constitucional de un país, y en un contexto donde se han cometido tantas irregularidades y con imputaciones que nacen desde la imaginación, pone en tensión a todo el sistema judicial norteamericano y a uno de sus principios más importantes, aquel de la seguridad jurídica.

En efecto, ¿puede garantizar la seguridad jurídica un sistema judicial corrupto y dependiente del sistema político? ¿Qué confianza tener en un juez que se arroga el derecho a enjuiciar a un presidente constitucional en funciones? ¿Con qué pruebas reales el gobierno norteamericano va a acreditar la existencia de un cartel imaginario?

Si las cortes judiciales de EEUU aceptan el pedido de Trump de enjuiciar por cargos inexistentes a un presidente constitucional en funciones, revelarían que actúan movidas por presión de su sistema político y eso, en otros términos, se llama corrupción.

A diferencia de otros contextos, como el juicio a Saddam Hussein en Irak, que mantuvo al menos la apariencia de legalidad en una orden que provenía desde el sistema de Naciones Unidas, o el apresamiento a Manuel Noriega en Panamá quien, además, había trabajado para la CIA; esta vez la administración Trump no tiene absolutamente nada para justificar y legitimar sus acciones contra Venezuela. 

Así, desde sus inicios, el proceso legal que EEUU emprendería contra Nicolás Maduro, no solo que sería ilegítimo sino ilegal. Se demostraría como la cobertura jurídica desde el sistema judicial norteamericano a una acción ilegal y arbitraria de la administración Trump. En otros términos, corrupción pura y dura. Esta sería una interpretación a escala global que repercutiría inmediatamente en las decisiones que los demás países tengan que adoptar con respecto a EEUU. La administración Trump, de esta manera, provocaría el mayor daño a la credibilidad y legitimidad de su sistema de justicia, en toda su historia. Un daño que, además, no tendrá reparación.

Ahora bien, puede establecerse con cierta precisión que la administración y tutelaje colonial sobre Venezuela y teóricamente encabezada por Marco Rubio no tiene ninguna posibilidad de ejecutarse en la práctica. Es imposible que la revolución bolivariana, los cuadros políticos del PSUV, las bases sociales y las fuerzas armadas bolivarianas, entre los actores más importantes, lo permitan. También es virtualmente imposible que Trump vuelva a atacar al país para imponer esta administración y tutelaje colonial. A pesar de todas las amenazas, la revolución bolivariana no cederá un milímetro ante la administración Trump y un nuevo ataque o bombardeo no añade ni cambia nada de la actual correlación de fuerzas. 

Es improbable que Trump opte por el desembarco de tropas para tomar el control del país porque el Congreso norteamericano no lo permitiría. Sería un desangre gratuito y sin ningún beneficio de inventario, con el riesgo que sea un conflicto armado que absorba tal cantidad de fuerzas y recursos que dejaría abiertas otras fronteras bélicas importantes y estratégicas para EEUU, como aquella de Israel frente a Irán, o Ucrania frente a Rusia, o Taiwán frente a China. Si EEUU entra en este escenario su declive como potencia sería inminente e irreversible.

Tampoco es plausible el procedimiento jurídico contra Nicolás Maduro. Es un presidente constitucionalmente electo y en plenas funciones. Ningún país del mundo ha realizado un proceso de esas características. Sería la primera vez en la historia moderna reciente, que un país se arroga el derecho a secuestrar a un presidente y enjuiciarlo con sus propias leyes cuando aún sigue en funciones y tiene el reconocimiento constitucional no solo de su propio país sino de otros Estados en el mundo. EEUU se arrogaría funciones que le competen exclusivamente a la Corte de la Haya. 

Por eso, si se produce ese juicio contra Nicolás Maduro quien, recordemos, aún está en funciones presidenciales, el bochorno y el escarnio que ese juicio provoque sobre la imagen del sistema judicial de EEUU lo desgastará irremisiblemente y lo conducirá a la mayor crisis de legitimidad en su historia. ¿Aceptará el sistema político norteamericano pagar un precio tan alto por una decisión tan equívoca? 

Es necesario decirlo fuerte y claro: no habrá ninguna transición política en Venezuela que sea conveniente a EEUU. Tampoco habrá ningún tutelaje de ninguna administración colonial. El juicio a Nicolás Maduro en las cortes norteamericanas tampoco es plausible. EEUU no tiene otra opción que entregar a Nicolás Maduro a Venezuela. No hay plan B para EEUU. La derrota política de EEUU en esa aventura estuvo prescrita desde sus inicios.

El secuestro al presidente venezolano Nicolás Maduro solo se justificaba si desencadenaba, como sucedió en Libia o Irak, una transición política hacia un nuevo sistema político dependiente y funcional a EEUU. Pero eso no pasó ni va a pasar en Venezuela. Por eso, mantener el secuestro a Nicolás Maduro le hace daño a EEUU, no a Venezuela.

Trump y su entorno cometieron un terrible error de cálculo. Pensaron que al secuestrar a Maduro los venezolanos saldrían a las calles a gritar por su libertad recuperada gracias a los marines norteamericanos. Pensaron que Venezuela se hundiría en el caos más absoluto y que ellos retornarían a poner orden e imponer la democracia. Pensaron que Venezuela era la gloriosa puerta de entrada al “corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Pensaron que Venezuela no era sino una réplica a escala menor de Irak o a escala mayor que Panamá.

Pero nunca pasó lo que habían supuesto y lo que habían previsto. Nunca se les dio por pensar que detrás de Maduro había un proceso político llamado Revolución Bolivariana. Nunca entendieron que los procesos políticos no cambian por más bombardeos que se hagan. Nunca entendieron la fuerza simbólica que tiene en el pueblo venezolano la imagen histórica del Libertador Simón Bolívar. Enfrentarse a los herederos del Libertador es palabras mayores. No hay ni habrá imperialismo alguno que pueda hacerlo. 

Ahora no saben cómo asumir su derrota. No saben a quién culpar por sus errores. Quizá quieran salir de esta crisis huyendo hacia delante y provocando otra crisis de mayores consecuencias. Probablemente busquen a otro país como chivo expiatorio. Pero se enfrentan a un escenario real y es el impeachment, es decir la destitución de Trump, porque Trump ha hecho demasiado daño a su país. Lo ha llevado hacia el aislamiento mundial. Ha convertido a su Estado, en un Estado canalla. Ha utilizado las formas políticas que nacen de su responsabilidad como presidente de la potencia más grande del mundo, como su negocio personal para satisfacer su narcisismo infinito.