domingo, 15 de febrero de 2026

Las falacias del neoliberalismo

Las falacias del neoliberalismo

Pablo Dávalos

 

Creo que hemos cometido un error con respecto al neoliberalismo: tratar de comprenderlo, asumirlo y proyectarlo como una ideología del libre mercado y que, en función de ello, quiere trasladar hacia el mercado todas las instituciones que hacen la regulación social y, por tanto, desplazan al Estado y propugnan su virtual desaparición o, en todo caso, su presencia como mínima expresión. 

Es un error porque la realidad geopolítica da cuenta que hay algo más allá que no hemos visto. En efecto, si se aprecia el movimiento general del capitalismo y cómo surgen nuevos polos de desarrollo capitalista que desafían a sus centros más importantes, en la ocurrencia el capitalismo de EEUU, los países occidentales de Europa y Japón, sobre todo si apreciamos la emergencia económica de China, India y Rusia, entre otros, podemos comprender las visiones geopolíticas implícitas al neoliberalismo. 

Ante el avance de China en términos tecnológicos e industriales, el gobierno de EEUU no ha tenido ningún problema en adoptar una estrategia proteccionista. Así como ante la crisis financiera del 2008 la Reserva Federal de EEUU no tuvo ningún problema en convertirse en Banco Central global y, en esa perspectiva, transformarse en prestamista de última instancia para toda la banca especulativa global e imprimir cantidades siderales de dólares sin importarle en lo más mínimo las consecuencias inflacionarias. Lo mismo con la guerra de Rusia-Ucrania. EEUU quieren extender ese conficto y convertirlo en conflicto global a nombre de la paz y de la democracia de Occidente. Es decir, hay una utilización sinuosa de los discursos que enmascaran posiciones de poder y dominación geopolítica y creo que esa debe ser la referencia básica del neoliberalismo. 

Si se parte de una proyección a largo plazo de los procesos que ahora definen al capitalismo parece evidente, al menos con los datos existentes, que China desplazará a EEUU como la principal potencia económica del mundo en los próximos años. No solo eso sino que China también está embalada en la carrera espacial y espera para antes de 2050 contar con una base permanente en la Luna. También son importantes sus avances en tecnología y empieza a convertirse en el país dominante en la producción, distribución y comercialización de vehículos eléctricos. Pero China es capitalista en la forma pero comunista en su sistema político. China es, en ese contexto, el gran contradictor de EEUU como, en su momento, lo representó la desaparecida Unión Soviética. Los globalistas de EEUU no ven a China ni como socio ni como aliado, sino como amenaza. 

Si EEUU pudo dominar al mundo y convertirse en potencia hegemónica fue porque pudo controlar la producción capitalista y sus correspondientes mercados y control monetario. Si EEUU pierde esa capacidad será desplazado de su posición hegemónica, porque esa hegemonía depende directamente de su economía y, a su vez, esta depende de la producción y de sus finanzas. 

Pero si EEUU es desplazado de su posición hegemónica, entonces, ¿qué validez para el discurso neoliberal? Es decir, si en unos años China efectivamente se convierte en la nueva potencia industrial y conjuntamente con sus socios del BRIC pueden desplazar la hegemonía del dólar y de la producción norteamericana e instauran una nueva dinámica en la economía global, ¿es pertinente el discurso neoliberal al menos en su formato más tradicional? ¿Va el discurso neoliberal que plantea la economía de mercado a legitimar la nueva disposición de relaciones de poder en la economía global? ¿Van los neoliberales a considerar justo, legítimo y única realidad posible la hegemonía capitalista de China y sus aliados y el desplazamiento de EEUU? 

Así como ahora el discurso neoliberal lo procesan las grandes multilaterales de crédito, los grandes medios de comunicación, casi todo el sistema universitario global y una enorme constelación de think tanks, ¿es de suponer que todo ese entramado ideológico global va a legitimar esta vez el predominio económico de China y sus aliados? 

Es difícil que eso ocurra. El discurso del neoliberalismo está muy apegado a Occidente. Su fuerza está en la fuerza económica, diplomática, militar y tecnológica de Occidente. El neoliberalismo menciona a los mercados como reguladores sociales pero son mercados de occidente, son empresas de occidente, son lógica de occidente. ¿Van a operar con la misma fuerza ideológica ante empresas que no sean de Occidente? Lo más probable es que no. El neoliberalismo tiene la pretensión de ser un discurso global pero, en realidad, corresponde a la geopolítica de EEUU y su área de influencia, es decir, aquello que se denomina “Occidente”. 

Pongamos un ejemplo. La empresa Tesla de autos eléctricos es una empresa emblemática de Occidente. Representa una visión empresarial de Occidente. También representa un ethos: aquel del empresario schumpeteriano asumido como una especie de Prometeo moderno. El discurso neoliberal calza a la perfección con el modelo de negocios de Tesla. Pero Tesla tiene competidores serios en China, por ejemplo los casos de BYD y de XIAOMI. Esta última empresa, como Tesla, empezó en el área de comunicación y tecnología y ahora apunta a lo mismo que Tesla, a la autoconducción por la vía de la integración de la Inteligencia Artificial, las redes sociales y los autos eléctricos. XIAOMI tiene una capacidad de producción de un auto cada 76 segundos, porque ha robotizado todas sus líneas de producción. Tiene un mercado importante en China y en Asia y, además, forma parte de la visión de China como competidor importante de EEUU y como parte de la nueva hegemonía mundial que, de una manera u otra, el Partido Comunista Chino ha pensado para su industria y para su país. ¿Calza el modelo XIAOMI dentro del mainstream neoliberal? ¿Ven los neoliberales las mismas virtudes en XIAOMI que ven y ponderan en Tesla? 

Pienso que no. Los neoliberales de Occidente ven en XIAOMI una amenaza. ¿Por qué? Porque se trata de China y en China el poder real lo tiene el partido comunista. Si XIAOMI fuese coreana (del Sur por supuesto) o japonesa no habría ningún reparo para el discurso neoliberal que asume que esos países también forman, con sus particularidades, Occidente. De esta forma, el discurso neoliberal habría suscrito, quizá con algunas mediaciones, los logros de XIAOMI en el caso que fuese japonesa o coreana. Pero cuando la Administración Biden, a mediados de 2024 impone medidas arancelarias a los autos eléctricos y a otros bienes tecnológicos de China, entonces el discurso neoliberal no asume a plenitud sus contenidos. 

Hay otros ejemplos: la prisión a la directora de finanzas de la empresa china Huawei en Canadá y a pedido de EEUU y acusada de espionaje. El caso de la prohibición de venta de tecnologías claves para fabricar chips a China por parte de EEUU. Así, Occidente es proteccionista y keynesiano cuando ve que sus intereses se ven amenazados pero no por eso deja de suscribir el discurso del neoliberalismo.

Por ello, el neoliberalismo, como discurso, solamente tiene plena vigencia como discurso de Occidente. Aunque tiene pretensiones de universalidad, pero es una construcción ideológica hecha en función de la dominación global de EEUU sobre el mundo. A medida que esa dominación global decaiga y aparezcan otras potencias hegemónicas, el neoliberalismo pierde su fuerza. Por eso, es difícil que el neoliberalismo permita una nueva hegemonía global de China, por ejemplo. 

Esa pretensión del mercado como “realidad total” en realidad era puro mecanismo ideológico de legitimidad de la dominación de Occidente, un simulacro más con pretensiones epistemológicas. Sin embargo, ante la inminente posibilidad de ser desplazado de la hegemonía global por el ascenso de China y sus aliados, EEUU no tiene otra opción que defenderse utilizando al Estado. A ese mismo Estado que los neoliberales habían asumido como un peligro se recurre para defenderse del mercado. La ideología de “más mercado” como alternativa de solución a varios problemas sociales solamente tiene pertinencia si es un mercado para Occidente, para EEUU. “Más mercado” para abrir los mercados a la dominación mercantil de China y de su partido comunista no suena muy neoliberal. 

Con esa advertencia habría que leer al discurso neoliberal como una trampa ideológica y un simulacro teórico. Su apelación al “Estado mínimo” solo puede caber cuando se trata de Occidente. Cuando tiene que confrontarse con China pierde eficacia política. Es un discurso cuya episteme tiene geometría variable. 

Sin embargo, sin el neoliberalismo, ¿cómo legitimar al capitalismo tardío? ¿Cómo justificar la enorme transferencia desde el sector público hacia el sector privado? ¿Cómo volver legítima la obscena concentración del ingreso de los tecno-oligarcas? ¿Cómo procesar el discurso de la escasez como operador político? Ese es el gran enigma ideológico del capitalismo tardío. Por eso su apuesta al fascismo y al imperialismo.

 

El retorno del imperialismo y el fin del capitalismo tardío

 El retorno del imperialismo y el fin del capitalismo tardío

Pablo Dávalos

Habíamos eliminado del análisis el concepto de imperialismo. El hecho de que se haya limitado el horizonte de posibles humanos a los contenidos del liberalismo, había generado un olvido de todas las categorías de la economía política y del pensamiento crítico. La noción misma de revolución se había evaporado del debate y se había cedido, de forma acrítica, al consenso liberal. En este consenso se había sentenciado que, para cambiar la realidad, había que ganar las elecciones.

Los pocos procesos políticos que fueron más allá del consenso liberal y que crearon un proceso revolucionario fueron inmediatamente neutralizados y se hizo un cordón sanitario sobre ellos para aplicar la fuerza de la intervención con el fin de destruirlos en tanto alternativas al consenso liberal. Ese cordón sanitario creó un universo simbólico que, literalmente, satanizaba cualquier desvío por mínimo que fuese del consenso liberal.

Quizá el caso más paradigmático sea el de Venezuela. El consenso liberal llegó a cortar todo tipo de apoyo y solidaridad con la revolución bolivariana por el hecho de que este proceso político se salió del consenso liberal-demócrata. Se indicó que los líderes de la revolución bolivariana eran dictadores y se inventó, incluso, un cartel de la droga para quitarles toda legitimidad y justificar la intervención; lo denominaron “El Cartel de los Soles”. Apegarse, aunque sea mínimamente a la revolución bolivariana implicaba un desgaste enorme y, además, persecución y escarnio. Gracias a esta maniobra de cortar toda solidaridad a la revolución bolivariana, EEUU pudo intervenir sobre ese país y secuestrar a su legítimo presidente.

En el consenso liberal-demócrata se impuso también la ortodoxia económica de la disciplina fiscal y la austeridad. Se generó alrededor de ello un complejo marco teórico que justificaba y legitimaba a la austeridad y castigaba a quienes optaban por salir de ella. Cuando las circunstancias exigían relajar la dureza de la austeridad se diseñó una salida controlada y denominada cláusulas de escape. Así, liberalismo económico, liberalismo político y jurídico convergieron hacia una estructura disciplinaria y totalitaria, hacia un “pensamiento único”.

Para comprender esa estructura disciplinaria y totalitaria del consenso liberal esbocé el concepto de democracia disciplinaria. Es un concepto que nació del estudio de la imposición de las políticas de ajuste y de reforma estructural que se impusieron desde el FMI, el Banco Mundial y la cooperación internacional al desarrollo en el caso de América Latina. El concepto de democracia disciplinaria trataba de problematizar el consenso liberal-demócrata a partir de la teoría crítica. En ese sentido, trataba de establecer puentes teóricos con la noción de democracias restringidas esbozado por el sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva. Espero que, a futuro, el concepto de democracia disciplinaria sirva de alguna manera para desmontar al consenso liberal-demócrata.

Ahora bien, este consenso se transformó en una tenaza que ahogaba a las sociedades: de una parte, la austeridad y la ortodoxia económica del neoliberalismo y, del otro, el consenso liberal-demócrata que imposibilitaba cambiar la realidad por fuera de las elecciones que siempre la ganaban los mismos (o los peores). 

La academia también arrió banderas. Las reformas de Bolonia contribuyeron a limitar y disciplinar a la academia. No se le permitió a la academia contacto alguno con la estructura ontológica de lo real y la posibilidad de cambiarla. El marxismo que había sido una filosofía de la praxis, es decir, de la revolución, se convirtió en un artículo académico sin consecuencia alguna con respecto a la sociedad, incluso a nivel de crítica social. Las ciencias sociales liberales se convirtieron en hegemónicas y, por tanto, comprender la realidad para transformarla, prácticamente, se hizo difícil por no decir imposible. 

El consenso liberal generó un velo ideológico que se sustentaba en una doctrina de los derechos humanos individuales como deontología de todo el sistema capitalista. En tanto deontología extraía de sí misma los contenidos para su justificación ética.

Lo curioso es que el retorno al principio de realidad del capitalismo provino del mismo capitalismo. Fue la segunda administración Trump, que inicia en el año 2025, la que armoniza las necesidades de la acumulación de capital, con el discurso y la política y, esta vez, lo hace sin recurrir al velo ideológico. 

Es en esta administración norteamericana que emerge de manera nítida lo que siempre había enseñado y criticado la economía política: el imperialismo. El revolucionario ruso, Vladimir Lenin indicaba que el imperialismo es la fase superior del capitalismo y retomaba esa relación entre capital financiero, capital industrial y control global de mercados, desarrollado por el economista austríaco Rudolf Hilferdig, para realizar una lectura política y geopolítica del capitalismo en su fase monopolista y mundial. El resultado era la categoría de imperialismo y es esa categoría la que permite entender la guerra de rapiña y la violencia de la Primera Guerra Mundial. En esa misma línea crítica, Rosa Luxemburg indicaba que el imperialismo no puede sobrevivir sin ampliar su frontera de extracción, depredación y sometimiento a otras regiones del mundo. Esta reflexión de Luxemburg ha sido actualizada por el geógrafo marxista David Harvey y ha servido de base a los estudios sobre acumulación por desposesión. 

Posteriormente, en una línea más filosófica, Hardt y Negri hablan de imperio, aunque no de imperialismo, para entender la forma por la cual se impone en todo el mundo la ideología del neoliberalismo y el libre mercado. Entonces, existía una reflexión importante sobre la categoría de imperialismo pero que las ciencias sociales y el pensamiento crítico abandonaron durante la globalización, como si la construcción del mercado mundial pudiese ser realizada sin apelar al imperialismo como su forma política y jurídica políticamente necesaria.

Esa reticencia o, por decirlo de alguna manera más directa, esa vergüenza por utilizar la noción de imperialismo en el análisis político ahora se hace plausible y pertinente gracias a Donald Trump.

Si los demócratas hubiesen ganado las elecciones en EEUU probablemente seguiríamos con el simulacro del consenso liberal y la ortodoxia económica neoliberal y decir “imperialismo” habría significado asumir un discurso demasiado radical y, por eso, fuera del consenso académico y crítico. Pero ahora Trump pone las cosas en orden. Empieza a nombrar al capitalismo tal como es en realidad y sin el velo ideológico. 

Por supuesto que el capitalismo sin ideología es insoportable. No hay discurso que pueda validarlo. El capitalismo, para sobrevivir, necesita de la ideología. Sin ideología ¿cómo explicarles a los trabajadores de su explotación?, ¿cómo decirles que, en el capitalismo, como la canción de los Sex Pistols, no hay futuro? Trump rasga el velo ideológico del capitalismo y es eso, precisamente, lo que causa conmoción, lo que genera desacuerdos, lo que produce malestar. Se necesita de la ideología para seguir creyendo en el capitalismo. 

Ahora, con Trump, se empieza a recuperar el sentido de la realidad y, por supuesto, que ella es pavorosa. Pero siempre fue así. La sorpresa tiene que ver con el ruido que provoca romper el velo de la ideología. Para aquellos que están en el centro de la geopolítica, tienen la obligación de ver la realidad del capitalismo tal como es y, en función de ello, tienen que actuar y responder. Aquellos que se dejaron llevar por el velo ideológico tuvieron un triste final, si no, recordemos a Gadaffi, Sadam Hussein, inter alia. 

La cuestión es saber ¿por qué Trump rasga el velo ideológico? No creo en las respuestas que provienen desde el ego profundamente narcisista de Trump porque impide ver la historia y sus contradicciones. Por supuesto que ese ego narcisista algo tiene que ver, pero creo que hay algo más allá de ese ego narcisista y son las condiciones de posibilidad que permiten que ese cinismo del poder imperial ahora sea plausible.

Si Trump rompe la globalización en mil pedazos, hay condiciones históricas concretas que le permiten hacerlo. Si se identifican esas condiciones se pueden, asimismo, identificarse los procesos subsecuentes y sus derivas. ¿Cuáles son esas condiciones de posibilidad? ¿En dónde radica el principio de plausibilidad de Trump? Para responder se necesitan algunas hipótesis y algunos datos. Uno de ellos tiene que ver con la presencia alrededor de su administración a los más granado de la aristocracia tecnológica del mundo y, para empezar, el hombre, en ese entonces, más rico del mundo y como parte directa de la administración Trump en sus primeros momentos, se trata de Elon Musk. 

Pero no solamente está él, están también los líderes tecnológicos más importantes y, casi todos ellos, vinculados a la industria de la IA y la biotecnología. En ese sentido, por ejemplo, también se puede mencionar el proyecto Stargate de la Casa Blanca conjuntamente con OpenAI, Oracle, SoftBank, y MGX, y que tiene la intención de inyectar, con recursos públicos, la inversión en IA y en centros de datos, hasta por 500 mil millones de USD.

Cuando se revisan las posiciones y declaraciones de Elon Musk coinciden en su sentido político con aquellas de Trump, sobre todo en temas claves como: migración, Ucrania, Irán, Israel, Rusia, China. Pero Musk y Trump no aguantaron la presión de trabajar juntos. Musk quería que Trump se radicalice más a la derecha. Trump consideraba, como buen animal político, que no había condiciones para ello. Se separaron, pero no rompieron. Ante la elite financiera y tecnológica global, Trump, en realidad, está en el centro y aparece, aunque cueste admitirlo, moderado. 

Otro de los personajes claves del entorno de Trump es el CEO de Palantir, una empresa de IA y contratista del Pentágono, Alex Karp. Muchas de las declaraciones de Karp están más a la derecha que aquellas del mismo Trump. Palantir es una de las empresas de IA involucradas de forma directa en la utilización de la IA para el genocidio de Palestina, para el control poblacional que la agencia de control de migrantes, la ICE de Trump (que muchos comparan con la Gestapo de la Alemania de Hitler), para la identificación de las disidencias, entre otras características de Palantir. Al igual que Musk, Karp está más a la derecha que Trump.

Muchos republicanos coinciden con las declaraciones de Trump y están a su lado derecho y, aunque de labios para afuera puedan parecer críticos, en realidad, lo han apoyado en el Congreso con su voto y le han reclamado que sea más radical. Trump logró el apoyo de los republicanos para aprobar su “gran y hermosa ley”, (ese es su nombre textual) que recorta impuestos para los grandes empresarios y limita los recursos para los programas sociales. Los CEO de Vanguard y BlacRock, los gestores de fondos más importantes del mundo, coinciden punto por punto con los criterios emitidos por Trump, al igual que los hermanos Koch, y otros inversionistas y capitalistas.

En apenas un año desde su elección a la segunda administración de EEUU, los niveles de concentración de la riqueza y la expansión de la pobreza de los trabajadores norteamericanos han alcanzado cotas críticas. La vulnerabilidad, precariedad y desigualdad empiezan a reconfigurar a EEUU en una zona verde rodeada de una densa y conflictiva zona roja. EEUU se acerca, de esta manera, a parecerse a sus propias distopías.

Entonces, si se mira más de cerca, Trump es apenas un síntoma de algo más profundo. Si esas élites optan por radicalizarse y rasgar el velo ideológico es porque, simplemente, no tienen miedo de hacerlo. Saben que no hay ninguna oposición real que les impida hacerlo. Hay descontento en EEUU y en el mundo, pero no pasa de ahí. Y no pasa de ahí porque el consenso liberal actúa como dique de contención. Su mayor temor tiene que ver con las elecciones de medio periodo del sistema político norteamericano. Pero es algo que pueden controlar.

Entonces, puede esbozarse una hipótesis en el sentido que la apelación a posiciones de extrema derecha y extremo nacionalismo, que coinciden con el fascismo, no son solamente parte de la administración Trump y de su ego narcisista, sino que corresponden al entorno ideológico de las élites tecnológicas y financieras norteamericanas. En ese ambiente ideológico, en realidad, Trump está en el centro y modera las posiciones extremas en un solo proyecto geopolítico. 

La apelación al fascismo forma parte de los procesos políticos del capitalismo tardío para asegurar una tasa de ganancia amenazada por la ley del valor. Esas élites no ven con desagrado a Trump y coinciden en lo fundamental: cambiar las reglas de juego del orden mundial esta vez en beneficio exclusivo de ellas. 

La globalización, para estas élites, tenía un tufo demasiado liberal que, en términos del debate político norteamericano, significaba que estaban demasiado a la izquierda. Esas élites crearon un artificio ideológico para etiquetar ese tufo liberal de la globalización en lo que ellos llaman la ideología woke. Todo lo que tenga algo que ver con el liberalismo puede ser etiquetado como woke. Por eso, esas élites se sienten más cómodas con el nacionalismo y, por supuesto, con el fascismo.

El enemigo de este neofascismo y de este imperialismo son el liberalismo y la globalización respectivamente. La referencia a lo woke no era para desprestigiar a la izquierda sino al liberalismo. Los aranceles se asumen como arma de guerra para desmanterlar la globalización.

Puede, por tanto, indicarse que hay una élite en EEUU conformada desde la derecha más conservadora, que apela a posiciones nacionalistas y fascistas para defenderse de la globalización y el liberalismo. El recurso al imperialismo es para consolidar las posiciones de poder y crear un área propia de influencia sin las restricciones que nacen desde el liberalismo (los derechos humanos, por ejemplo) y la globalización.

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿esta posición de las élites de EEUU y de Trump es plausible en el largo plazo? ¿Pueden realmente limitar a la globalización y al liberalismo? ¿Puede la apelación al imperialismo ser coherente con el siglo XXI? La respuesta está en algo que la economía política del siglo XXI decidió desechar de su campo analítico: la ley del valor.

Si nos atenemos a las consecuencias tanto ontológicas como epistemológicas de la ley del valor, entonces la posición de Trump y las elites conservadoras norteamericanas no es sostenible en el tiempo porque choca con el principio de realidad del capitalismo tardío y ese principio de realidad es el mercado mundial. 

La globalización construyó un mercado mundial sustentado en un proceso global de convergencia normativa y monetaria. Desmantelar el mercado mundial para sintonizarlo con las necesidades del imperialismo significa dejar fuera de juego a esos procesos de convergencia normativa y monetaria. Si eso llega a pasar la principal consecuencia será para el dólar americano y para la inversión extranjera directa. Una ruptura del proceso de convergencia monetaria debilita el argumento (y el arma) más importante que tiene EEUU: su moneda. Habida cuenta de la necesidad de financiar su déficit, una pérdida de valor del dólar significa la imposibilidad de financiar el déficit y la necesidad de incrementar las tasas de interés para atraer capitales hacia EEUU. El incremento de las tasas de interés hace imposible cualquier intento de reactivación y reindustrialización.

De otra parte, el entorno de inseguridad jurídica, las decisiones geopolíticas que perjudican el mercado mundial como, por ejemplo, la prohibición a NVIDIA de vender chips de IA a China, finalmente perjudican a NVIDIA. Eso repercute en la cotización en bolsa de valores. Si el valor de NVIDIA cae, arrastra consigo a la industria de la IA, con el riesgo que se produzca otra crisis bursátil como aquella de 2008. Sin la industria de la IA como principal baza, EEUU no tiene nada para sustentar su poder y ahora, al parecer, China ha logrado importantes avances en la tecnología EUV (litografía ultravioleta extrema) que, probablemente lo hagan independiente de la producción de NVIDIA. 

Así, todo indica que la apelación al imperialismo sería un recurso desesperado del capitalismo tardío por salvarse de la decadencia. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Podrá lograrlo?