miércoles, 22 de abril de 2026

LA MIRADA DE BRUEGEL

 LA MIRADA DE BRUEGEL

POR UN RETORNO DEL HUMANISMO

 

 

Pablo Dávalos

 

 

Introducción:

El destino de la palabra

 

Desprenderse del instante para asirse de la memoria, y perdurar, y saberse látigo o caricia, camino o laberinto, mar o continente, abrazo o despedida: la palabra humana es la condición metafísica de todo hombre, es ese ser que ratifica la condición humana y que en esa ratificación abre el espacio de cada individualidad para que en ella puedan caber las voces del mundo. Pero la palabra es también olvido y presencia: dialéctica de los instantes. Es pensamiento y es voz. En la palabra los hombres inscribimos el latir cotidiano de nuestra presencia, de nuestro paso por el mundo. En ese horizonte infinito de posibilidades hay valles, montañas, ríos, cascadas y todos los avatares que conforman la historia personal de cada ser que habita en el mundo. Pero hay también silencios, equívocos, frases que nunca debieron decirse y que lastiman, y que, a veces, persisten en la memoria para hacernos recordar el poder que tienen las palabras. Pero también son continentes que mienten, manipulan, se enroscan en los significantes para ocultar sus significados: semiosis equívocas, artilugios, sinsentidos cargados de sentido, formas sinuosas de no querer decir lo que se dice. Pero la palabra incluso en esos juegos de espejos entre la verdad y la sombra, ratifica al pensamiento, a la voz que se afirma en el presente, que quiere existir, que reclama ser escuchada, continente en el que los mares de los encuentros van dando forma permanentemente. Rescatar la palabra es también rescatar la ontología de la poiesis, es hacer de todos, artesanos del presente, lectores permanentes de la memoria, apuestas en contra del olvido.

 

 

1. La Conversión de San Pablo (1567)

 

La caravana cruza la montaña.  Al fondo, entre dos grandes peñascos, se divisa el mar. Un cielo ocre se confunde con el color de la roca. Se divisan las lanzas que vienen desde la lejanía, casi desde ese mar plomizo que apenas se entrevé. Suben una pendiente ardua y vuelven a perderse en un recodo de la montaña. Un flujo de personas en medio de una naturaleza agreste. Un ir hacia alguna parte que se nota en los pasos, en la dirección, en la forma en la cual la caravana construye su camino. Una sensación de movimiento, de flujo constante está presente en toda la representación del cuadro.

 

El manejo de los colores demuestra la maestría de la paleta del pintor flamenco: claroscuros que conducen la mirada, que evocan, que dicen, que suscitan. Un primer plano nos muestra a un oficial de espaldas, al lado de él, casi al centro, un campesino lleva un borrico: lo cotidiano que confirma y contradice lo histórico. Entre el extremo inferior izquierdo y el superior derecho, como un río que asciende, las tropas cruzan los peñascos. Son sombras diminutas, casi indistinguibles de sus lanzas que se pierden en el horizonte, por un camino que serpentea entre las montañas ¿Son los Alpes? ¿Son las tropas españolas cruzando Padania? ¿Es el imperio español conquistando los Países Bajos? Los soldados, efectivamente están representados con los uniformes que a la época utilizó el ejército español. Algunos campesinos flamencos mezclados con los soldados parecen decir que el paisaje representado por Bruegel es Flandres.  

 

La crítica reconoce en este cuadro una inspiración de tipo más bien político. El pintor habría utilizado un motivo bíblico para expresar el deseo de libertad de las provincias flamencas en contra de los españoles. Por lo demás, vamos a encontrar esta intencionalidad en algunas obras de Bruegel. De hecho, sus biógrafos señalan que Bruegel habría ordenado a su mujer quemar ciertos bocetos porque sus textos y motivos eran muy "ofensivos y mordaces".

 

Pieter Bruegel, dicho el Anciano, murió el 5 de septiembre de 1569, dos años después de la entrada del Duque de Alba en Bruselas. La fecha es clave. El cuadro se sitúa justamente en ese periodo crucial para los flamencos. Su independencia política está seriamente amenazada. Bruegel muere justo antes de que se declare la insurrección de los Países Bajos en contra del imperio español. Para el biógrafo Carel Van Mander, los motivos políticos se mezclan con el lenguaje pictórico. 

 

Pero, ¿porqué llamar al cuadro "La conversión de San Pablo"? ¿porqué el motivo bíblico y porqué justamente San Pablo? En el cuadro, San Pablo está en el cuadrante superior derecho, casi al centro de la representación. Ha caído de su caballo, quizá estremecido por la voz divina, quizá atemorizado por el poder celestial, quizá atónito ante la majestad de la tarea que tendrá que cumplir. Parece hablar con un soldado mientras algunos miembros de la tropa lo observan. 

 

Un caballero vestido de negro sobre un caballo blanco también observa a Pablo. Está de espaldas a nosotros. Pero lo suficientemente resaltado para que su presencia pueda ser notada.  Su mirada parece indiferente. Como si atravesara el espacio sobre el cual está Pablo y no pudiese o no quisiese comprender la magnitud del evento que sus ojos contemplan. El caballero negro se sitúa en un plano superior al de Pablo y parecería que lo mirase desde arriba. Es la mirada de la arrogancia. Es la mirada del poder. ¿Se trata acaso del Duque de Alba? ¿Quiso Bruegel retratar su crueldad alejándolo de la religión que decía profesar? ¿Quiso vengarse del régimen de terror que el Duque de Alba instauró en las provincias flamencas, haciéndolo indiferente al evento más importante de toda la religión cristiana? 

 

De ser cierta esta hipótesis, a través de un sutil juego de esquivos, el pintor habría condenado al poder utilizando sus mismos argumentos, encerrándolo en un juego de significaciones por las cuales lo convertiría en apóstata. Pero no nos adelantemos. 

 

 Saulo de Tarso, dicho San Pablo por el cánon, es el perseguidor que adopta la causa de los perseguidos. De victimario se convierte en víctima. Su conversión es uno de los motivos más importantes en el advenimiento histórico del cristianismo. La verdad de su vida no está probada. Pero, ¿merecen los símbolos demostrar su evidencia histórica? Saulo será Pablo. El cruel romano se transformará en el activo militante de una secta que aún no sabe que el futuro le pertenece. Será su fundador y su principal teórico. Sus palabras darán sangre al verbo cristiano. Darán vida a la leyenda de un carpintero que hacía milagros de circo para probar que era el hijo del Hombre. Es el verdadero padre de la nueva religión. Figura emblemática y compleja. Los detalles de su conversión son ambiguos y dejan libre el espacio para la duda. Pero ese momento del aparente encuentro con la voz celestial es el clivaje para cambiar radicalmente su vida. 

 

La historia reconoce el pluralismo y la tolerancia de los Antoninos. De Severo a Marco Aurelio, pasando por Adriano, el imperio romano vive sus mejores días. Es la época de la pax romana. Los mercaderes acuden a diario y por miles a Roma, el centro vital del imperio. Éste está mejor que nunca. Florece y se consolida. Los bárbaros están contenidos por una fortaleza que diariamente se hace más próspera. Es esta la época en la que el hijo de Simón, que se hará llamar Bar-Kocheva, o el Hijo de la Estrella, encabezará una minúscula rebelión en uno de los confines más remotos del imperio, y provoca la segunda destrucción del templo de Jerusalém. Nace así la diáspora. 

 

Es en medio del desierto, entre pueblos a veces generosos, a veces hostiles, a veces indescifrables, que la diáspora judía empieza a crear el mito de la redención. La figura del carpintero que hace milagros, se conjuga con la sombra crucificada de Bar-Kocheva. Dios no puede abandonar a su pueblo preferido. Tantas plegarias no pueden caer en el vacío. Tanto dolor no puede ser olvidado. Dios castigará a los impíos y premiará a los justos. Los profetas  no pueden haberse equivocado. Él había anunciado que el hijo del Hombre nacerá entre los humildes, entre los perseguidos, entre los humillados. De su voz más dolorida surgirá la esperanza que redimirá a este pueblo cansado de tanta sangre, de tanta violencia. A este pueblo errabundo que busca asentar raíces en el viento del desierto, el abandono de Dios significaría la primera muerte metafísica de todo un pueblo.  

 

Pero Dios no aparece y la búsqueda de la esperanza confunde los designios. Aparecen sectas que dividen aún más a este pueblo que se cree elegido. Los esenios se consideran puros, presagiando a los cátaros de la edad media, y deciden separarse de su pueblo. Están también los rebeldes celotas. ¿No fue acaso el Hijo de la Estrella un celota? Y qué decir de los idumeos siempre identificados con el poder. ¿Y si aquel que vino a salvarnos fue uno de aquellos crucificados por el poder romano? ¿Fue acaso Bar-Kocheva, el enviado de Dios, el Mesías? ¿Porqué no pudimos reconocerlo? Si es él, entonces su rebelión fue justa, ése es el camino que ha indicado Dios. El camino de las armas y de la venganza. ¿No se lo llama acaso  Jehová de los ejércitos en el antiguo testamento?  

 

Es en ese punto en el que las dudas amenazan con derribar la fe, y enredar los designios que Saulo se convierte. Sí, dice Saulo, ahora convertido en Pablo, sí, el Mesías, el Redentor vino a salvarnos. Pero ¿cómo escucharlo cuando nuestras culpas son más graves que nuestra esperanza? ¿Cómo distinguirlo cuando se busca en todas partes? ¿Cómo saber que era Él cuando no habíamos confiado en la voz antigua de los profetas? Sí, el redentor vino y murió por nuestras culpas. Saulo, la voz indescifrable del evangelio, toma la leyenda y la convierte en religión. Su conversión marca el inicio de la nueva fe. De no haber mediado su voz, la leyenda del carpintero que hacía milagros de circo se habría perdido en el olvido. 

 

¿Estuvo consciente Bruegel de la importancia de Saulo? Todo parece indicar que sí. Pero Bruegel, mira de otra manera a Saulo. Su mirada está impregnada de los cambios que anuncian el resurgimiento del hombre, y de aquello que Habermas dirá bellamente "la profanación de lo sagrado". 

 

Bruegel profana con su mirada a Saulo. La epifanía se convierte en discurso en contra del poder. Si la figura de Saulo es central en la conformación del cristianismo, en "La Conversión de San Pablo", la figura de Saulo es accesoria. Su presencia se pierde en el conjunto del cuadro. Tenemos que buscarlo. El motivo no es explicitado por la representación: Saulo cae de su caballo. Un campesino, figura que se pierde entre la multitud, mira con reverencia y con temor al cielo, como quien apercibiese un rayo y trata de protegerse con su brazo. Lo acompaña en ese gesto de sorpresa mirando al cielo, un soldado. Pero los demás no ven al cielo, salvo aquellos que están junto a Saulo, que lo miran caer más con curiosidad que con asombro, los demás están empeñados en sus tareas. Como si la epifanía que acaba de realizarse no significase mayor cosa para la multitud. Como si la presencia de lo sagrado no bastase para turbar lo cotidiano, lo contingente, lo inmediato. 

 

Es un ambiente de indiferencia que rodea a toda la obra.  Como si Bruegel dotase de brevedad a lo absoluto y lo confundiese en lo inmediato, en lo perecedero. Es la representación de una escena cuyo movimiento siguiente será la lenta marcha de la caravana a través de la montaña en pos de su objetivo militar. 

 

Quizá Saulo, en ese momento posterior a la epifanía, se recupere de su asombro, se levante, monte su caballo y siga a la caravana, meditando en silencio sobre el significado de su visión. Quizá regrese a ver y encuentre la dura mirada del Duque de Alba, quien quizá sin saber aún porqué no lo increpará, o quizá lo haga por haber retardado la marcha de la tropa. ¿Cómo contar, cómo anunciar a aquellos que lo rodean el mensaje del cual Saulo se cree portador? 

 

Toda esta alegoría de la imagen nos permite comprender la mirada de Bruegel. Una mirada que se reconoce como proveniente del humanismo que empieza a nacer, que va configurándose. El hombre está condicionado por las estructuras de poder a las que pertenece sin tener noción de ellas. El hombre es parte de la contingencia de la vida, una vida que se declara quizá más importante que lo sagrado. 

 

Años antes, quizá Bruegel habría concentrado su mirada en Saulo. Entonces, Saulo, con todo su asombro, con todo su miedo, con toda su condición humana fragilizada por la presencia de lo sagrado, habría estado en primer plano. Y habríamos sido testigos de esas arrugas en su rostro que denotaban la angustia, habríamos visto las montañas como una lejana permanencia. Y habríamos visto el rayo divino, precursor de las palabras sagradas: "¿porqué me persigues?". Y habríamos entendido ese poder de lo celestial que conminó a Saulo a convertirse en Pablo. Habríamos constatado los rostros impresionados de sus acompañantes, y habríamos sabido que nos encontrábamos en presencia de un acontecimiento de radical importancia. 

 

Pero años antes significaba la edad media. Significaba la primacía absoluta del Papa en Europa Occidental, y el poderío militar y económico del Vaticano. Significaba la preeminencia de la iglesia y la hipoteca teológica de la razón. Saulo habría sido Pablo y su conversión era parte de la mitología cristiana. No habría nada que nos indique la existencia de una ruptura, de un quiebre, de una desgarradura en la historia, pero ahora Bruegel empieza a alejarse de la figura de Saulo. 

 

Es un alejamiento revelador. Su campo de visión empieza a abrirse poco a poco. Ahora vemos a Saulo como parte de un evento más importante aún. Ahora, Saulo es parte de una historia, es un testigo de su tiempo. Es cierto que ha escuchado la voz divina. Es cierto que su tarea será la de fundar una nueva religión, pero no por ello deja de pertenecer a su historia, a su tiempo, a sus voces. 

 

La mirada de Bruegel se separa aún más de Saulo, y ahora éste es apenas un punto inindistinguible dentro del maremágnum de presencias que lo rodean. Pero, ¿porqué Bruegel se aleja para mirar su entorno? ¿Porqué ahora es Saulo el eje de su representación? Bruegel se aleja no para mirar a Saulo en la epifanía, sino para mirar al Duque de Alba, la representación más inmediata y más física del poder y de su crueldad que él vivió. 

 

Bruegel mira al Duque de Alba, quien a su vez mira a Saulo convertido en Pablo. Pero es en realidad un juego de sombras en el espejo de la representación, porque nos aventuramos a suponer que aquella figura de negro es el Duque de Alba, y, mayor atrevimiento aún, suponemos conocer la mirada de éste porque está de espaldas a nosotros. 

 

¿Cómo suponer qué mira aquel que está de espaldas a nuestra visión? ¿Cómo lograr el efecto de su mirada sobre un acontecimiento trascendental? ¿Cómo percibir indiferencia, menosprecio o cualquier otra sensación de esta mirada que no vemos? ¿Cómo mirar lo que se esconde a nuestros ojos y tener sobre ello un juicio crítico? Sin embargo, esa mirada está allí. 

 

Sabemos, o creemos saber, que esa figura de negro es el Duque de Alba. Representación del poder y de la crueldad. Y, quizá lo más enigmático, Bruegel nos muestra la mirada del Duque de Alba sin acudir a los signos de la representación. Es una mirada que remite al signo y confunde el significante. Que abre nuevas posibilidades a la representación desde la invisiblización de lo representado. El imaginario simbólico del poder, ha ido transformando la manera de leer los signos del mundo. Basta una mirada, basta un gesto, basta una forma de pararse, una forma de mirar, una forma de ladear la cabeza, una forma de asentir o decir no, entonces, nosotros sabemos que estamos frente a alguien que representa el poder, que se siente parte del poder, que es el poder. Ese pequeño y significativo universo de símbolos que nos remiten a una cotidianidad que establece sus códigos y sus referencias, y en la cual, nuestra vida, con todas sus tribulaciones, con todas sus angustias y esperanzas, con todos sus sueños y frustraciones, tiene ya un sitio asignado, tiene ya establecidas sus posibilidades. Ese universo de signos que nos hablan de una presencia poderosa. Es gracias a ese universo de esquivos que podemos ver sin mirar la mirada del Duque de Alba. Mirada que reprueba, que escruta, que interroga severamente, que controla, que sujeta al mundo dentro de sus coordenadas de dominio y control.

 

Bruegel esconde esa mirada en un sutil juego, como sombras de espejos, para mostrarnos aquella arrogancia del poder, que no se detiene ante lo sagrado, que no se inmuta ante la epifanía. Es parte de su venganza, es parte de su deseo de justicia, es parte de su forma de mirar y comprender al mundo. Bruegel no es más que un maestro pintor, demasiado lejos del poder para ser cómplice, demasiado cerca de su pueblo para ser indiferente. Un pintor con una mirada resquebrajada por los horrores de su tiempo, pero que no busca la evasión, y que desde su paleta quiere comprometerse, quiere decir, quiere gritar, quiere declararse intransigente con su época, con su presente.

lunes, 20 de abril de 2026

La Guerra del Ramadán y la emergencia de Irán como nueva superpotencia

 La Guerra del Ramadán y la emergencia de Irán como nueva superpotencia

Pablo Dávalos

Disipado el humo de la guerra, ¿qué nueva realidad se configura? ¿Qué nuevos relatos se fraguan? ¿Qué nuevas relaciones de poder y geopolítica emergen? La Guerra del Ramadán como la denominan los persas, es decir, la respuesta militar que dio Irán al ataque que sufrió en marzo de 2026 por parte de Israel y EEUU, rebasa todos los marcos teóricos y todas las hipótesis que se habían supuesto y, de manera sorpresiva, coloca a Irán en el rango de nueva superpotencia. 

Antes de esta guerra Irán soportaba el peso de las sanciones norteamericanas, israelíes, europeas y de los aliados de Occidente y hacía esfuerzos para demostrar su intención de uso pacífico de la energía nuclear. Sin embargo, y a pesar de estos esfuerzos, en 2025 ya fue atacado por Israel en una guerra que duró doce días.

El argumento que sirvió a Occidente para agredir a Irán fue aquel de la posibilidad de que produjese armamento nuclear, algo que Irán siempre ha negado, no por falta de capacidades técnicas, sino por un compromiso moral con sus propios principios religiosos. 

En los más de cuarenta días de la Guerra del Ramadán, Irán sufrió miles de ataques y bombardeos a instalaciones tanto civiles como militares. Se bombardearon a sus hospitales, a sus universidades, a sus centros de investigación, a barrios residenciales, a sus puertos, a sus centrales eléctricas, a sus carreteras, a sus navíos tanto civiles como militares, en fin. Fue amenazado, incluso, varias veces por el presidente norteamericano Donald Trump de ser borrado de la faz de la tierra como civilización, una amenaza que enuncia de manera directa al genocidio como política de Estado.

 La Guerra del Ramadán empezó con el ataque israelí y norteamericano a una escuela llena de niñas en Minab, Irán. Más de 160 de ellas murieron. Ni Israel ni EEUU se han disculpado nunca por ello. Claramente es un crimen de guerra; pero ni una sola palabra, ni una sola mención. Este crimen de guerra, desde su primer día, le quita todo fundamento moral y ético a EEUU e Israel. 

El ataque a Irán se produjo a pocos meses del ataque y secuestro al legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Una operación impecable en lo militar, pero que destruyó el orden jurídico mundial y creó una nueva realidad geopolítica marcada por la presencia del imperialismo en su fase más violenta. 

Ahora bien, pocos pudieron prever que este ataque a Irán que desencadenaría la Guerra del Ramadán se traduciría en una victoria militar de Irán y en su ascenso al rango de superpotencia regional y mundial. Todas las apuestas daban por sentado que se impondría el enorme poder militar, tecnológico y económico de EEUU. No había, al respecto, casi ninguna duda en Occidente sobre la forma por la cual Irán podría salir bien librado de estos ataques conjuntos entre Israel y EEUU.

El desmantelamiento de toda su cúpula religiosa, política y militar desde el inicio de los ataques, además, presagiaban casi un fin inminente para el sistema político de Irán y su proyecto de construir el islam democrático. Nadie dudaba de que la fuerza militar de EEUU e Israel, combinados, produciría una grave derrota a Irán, salvo los propios iraníes que demostraron que se habían preparado a cabalidad para una situación como esta. 

Empero de ello, el Pentágono y los militares norteamericanos, en oposición al optimismo desmesurado del Mosad y de Israel, siempre demostraron su escepticismo con respecto a las operaciones militares en Irán. Siempre fueron prudentes y señalaron que esos ataques podrían desencadenar represalias regionales y globales, como en efecto sucedieron. 

El presidente norteamericano Donald Trump, hizo caso omiso a todas las advertencias y dio luz verde para este ataque. Durante todos los días que duró la Guerra del Ramadán, el presidente Trump declaraba oficialmente que la guerra había terminado con una gloriosa victoria de EEUU. Estas declaraciones casi diarias llevaron a muchos sectores a dudar de la salud mental del presidente norteamericano, porque venían acompañadas de versiones sobre reuniones y acuerdos que nunca se habían realizado.

En medio del ataque contra Irán, Israel aprovechó la guerra para invadir el sur del Líbano con el pretexto de crear una zona de amortiguamiento hasta las orillas del río Litani, para, supuestamente, controlar a Hezbolá. Esto puso en pie de guerra a las milicias de Hezbolá que tienen un largo historial de enfrentamientos contra Israel y condujo a Israel a una guerra de desgaste territorial que lo llevó a acumular pérdidas en soldados, oficiales y maquinaria de guerra y movilizó la solidaridad de los persas hacia el Líbano y Hezbolá.

Así, la Guerra del Ramadán movilizó y puso en pie de guerra a Irán y sus aliados en Irak, Siria, Yemen, a Hezbolá en el Líbano y Hamas en la franja de Gaza. Fueron denominadas con un nombre significativo y de resonancias simbólicas fuertes: Eje de la Resistencia. La columna vertebral de este Eje de la Resistencia fue el Cuerpo Revolucionario de la Guardia Islámica (CGRI) y, con ellos, casi toda la población musulmana de orientación chií de la región.

De su parte, EEUU e Israel fueron denominados como coalición. Una coalición que nunca pudo sumar ningún otro aliado, salvo el caso anecdótico de Argentina y su desquiciado presidente Xavier Milei.

En la Guerra del Ramadán, Irán condujo una estrategia militar brillante que se sustentó en conceptos militares relativamente novedosos, como aquellos de asimetría, mando por mosaico, guerra de enjambre, encubrimiento efectivo de capacidades logísticas, entre otros. Cada movimiento táctico de Irán correspondía a la activación de estos nuevos conceptos y permitía que Irán asuma la conducción estratégica de esta guerra. Gracias a ello, siempre y desde sus inicios, fue Irán quien manejó el tempo, la intensidad, el relato y la estrategia. 

Irán nunca permitió que le sea arrebatada la conducción estratégica de la guerra y siempre pudo anticiparse a las jugadas de sus enemigos. Su respuesta, además, era legítima porque procedía desde el derecho a la autodefensa y su ataque a los países del Golfo se legitimaba porque se trataba de ataques a las bases militares desde donde, a su vez, se procedía a atacar a Irán. 

En efecto, Irán comprendió que detrás de la coalición entre EEUU e Israel, existía una coalición a la sombraconformada por los países del Golfo Pérsico, como Kuwait, Bárein, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Era desde estos países que se atacaba a Irán. Estos países eran el soporte logístico y de retaguardia a los ataques a Irán. Todos estos países de la coalición a la sombra son árabes, son islamistas sunitas y son monarquías sin Estado de derecho. Todos ellos tenían bases militares norteamericanas. Todos ellos conformaban parte de los intereses estratégicos tanto de EEUU como de Israel. Irán no se confrontaba, por tanto, solamente a la coalición EEUU-Israel, sino a un entramado más amplio que involucraba a los países del Golfo Pérsico. 

En ese contexto, mientras Irán desmantelaba las bases militares norteamericanas en estos países de la coalición a la sombra, tuvo la habilidad de impedir que EEUU involucre a la OTAN en la guerra; pero también tenía que impedir que el Mosad israelí, conjuntamente con la CIA, incendien el país y provoquen sublevaciones internas. La carta que tenía la CIA y el Mosad eran los kurdos y su afán independentista. Si ellos lograban movilizar a los kurdos se abría en Irán un frente interno que podía converger con las fuerzas sociales que la CIA y el Mosad habían movilizado a inicios de 2026 en contra del gobierno. 

Para neutralizar a los kurdos, Irán supo manejar una baza estratégica, aquella de comprometer a Turquía a una posición de alineamiento forzoso para impedir que los kurdos fueran utilizados por EEUU e Israel, y que se conforme un Estado Kurdo que se convertía en amenaza no solo para Irán sino también para Turquía.

Para controlar su frente interno acudió a sus milicias internas Basij pero también movilizó las fibras del nacionalismo e hizo un llamado a las armas a toda la nación para defender su patria. A ese llamado acudieron 24 millones de iraníes (Irán tiene una población de más de 90 millones de personas). La guerra solidificó al sistema político iraní y a su proyecto del islam democrático.

El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán desde los primeros días de la guerra, fue un movimiento estratégico que transformó la Guerra del Ramadán en un evento global y que, por la globalización de la economía, abrió un frente interno en EEUU: aquel del incremento de los combustibles y su lógica conclusión con la desaprobación de los ciudadanos norteamericanos a las políticas de Trump. El norteamericano promedio no estaba de acuerdo en involucrarse en una guerra por encargo y que nada tenía que ver con los intereses de su propio país y que empezaba a perjudicar a su bolsillo.

Luego de más de cuarenta días, EEUU no sabía cómo salir de la guerra, mientras que Israel quería profundizarla e intensificarla. El precio del petróleo se disparó. La OTAN se hizo a un lado. Algunos gobiernos europeos llegaron incluso a negar que las bases militares, o sus puertos e infraestructuras sean utilizadas en esta guerra. EEUU se quedó solo. Pero fue aún mayor la soledad de Israel. Paulatinamente, las sociedades europeas y del resto del mundo empezaron a generar distancias con respecto al régimen político israelí y su apuesta cada vez mayor por la violencia e, incluso, el genocidio.

Mientras EEUU se quedaba solo, Irán, en cambio, acumulaba aliados. China hizo declaraciones específicas de apoyo a Irán y, bajo la cuerda, se supone que existía también colaboración militar y de inteligencia entre ambos países. Lo mismo con Rusia, quien también realizó varias declaraciones en apoyo a Irán y de quien Occidente sospecha de intercambio de inteligencia y armamento. Lo mismo Corea del Norte, quien asumió una posición más radical de apoyo a Irán y llegó, incluso, a ofrecer armamento nuclear táctico.

Sin embargo, quizá la jugada más estratégica de toda la Guerra del Ramadán no hayan sido los misiles balísticos de Irán, o su noción de guerra asimétrica, sino una decisión que altera de manera profunda toda la arquitectura de la globalización y de la hegemonía norteamericana. Se trata de la decisión de cobrar un peaje por el paso del estrecho de Ormuz en moneda china, el yuan, entre otras formas de pago.

Para tener la legitimidad y legalidad de cobrar un peaje por el estrecho de Ormuz de manera permanente, Irán tiene que, primero, nacionalizar el estrecho de Ormuz. Esto significa pasar de la táctica de guerra de cerrarlo/abrirlo, hacia el objetivo estratégico de controlar el comercio de los flujos energéticos del mundo (sobre todo gas y petróleo), hacia el objetivo geopolítico de que las demás naciones del mundo reconozcan la legitimidad y la legalidad de Irán con respecto a cobrar el peaje de tránsito por el estrecho de Ormuz. Algo que solo puede hacerse por vía legal y parlamentaria iraní.

La nacionalización del estrecho de Ormuz es una consecuencia inevitable de la Guerra del Ramadán. Con esa nacionalización, Irán puede controlar los flujos de energía a escala global y utilizarlos como un recurso heurístico para evitar nuevos ataques. Por eso, es imposible siquiera pensar o imaginar que el estrecho de Ormuz retorne a su situación antes de la Guerra del Ramadán. Se trata de una situación ya irreversible.

No obstante, la decisión más estratégica no es solo nacionalizarlo sino cobrar su peaje en otras monedas que no sea el dólar norteamericano, entre ellas, el yuan chino. Eso pone al dólar norteamericano en una posición de debilidad estratégica y fundamental, porque países y empresas que importan y comercializan energía, fertilizantes, helio, entre otros productos que genera el Golfo Pérsico, ahora tendrán que buscar otras monedas para adquirirlos y, para hacerlo, tendrán que desprenderse del dólar norteamericano.

Esto pone fin a los acuerdos entre petróleo y dólar suscritos por Arabia Saudita y EEUU en los años setenta del siglo pasado, y establece un punto de no retorno sobre el dólar y el sistema monetario internacional.

Ahora bien, es necesario contextualizar esta decisión de Irán en el hecho de que este país ha sufrido de manera directa las consecuencias de utilizar el dólar como moneda de intercambio global y los sistemas financieros, entre ellos el mecanismo de pagos interbancarios SWIFT. Irán, como Rusia, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, entre otros, fueron las víctimas de la guerra monetaria-financiera asociada a las sanciones y medidas adoptadas contra ellos por parte de EEUU y sus países aliados.

Estos países, para sobrevivir a las sanciones, han creado mecanismos alternativos y paralelos a la globalización financiera de tal manera que han podido eludir el peso de esas sanciones. Con la utilización de otras monedas y con otros mecanismos de pago y compensación, como, por ejemplo, el sistema de pagos y compensación ruso SPFS, la tarjeta rusa Mir que elude a Visa y Mastercard, el sistema chino de pagos interbancarios Cross-Border (CIPS), el dólar norteamericano pierde, de hecho, su posición de hegemonía y referencia en el comercio global.

De esta manera, de una parte, la necesidad de eludir las sanciones contra varios países y, de otra, la Guerra del Ramadán, terminaron por crear una nueva realidad: la pérdida de hegemonía monetaria y financiera del dólar norteamericano. 

En efecto, al desconectar al petróleo del Golfo Pérsico del dólar, Irán realiza una jugada a varias bandas: devuelve el sentido de las sanciones económicas en contra su país de origen, esto es, EEUU; internacionaliza al yuan chino y provoca una adhesión geopolítica fuerte entre China e Irán; fortalece los sistemas paralelos de pago y compensación global, entre ellos el CIPS chino y el SPFS ruso y abre alternativas legítimas, legales y viables al único canal existente hasta el momento (el sistema SWIFT); coloca a Irán en una posición de arbitraje financiero-monetario a escala global que incide directamente sobre todos los países del Golfo Pérsico e, indirectamente, sobre los países árabes porque tiene la capacidad no solo de controlar sus exportaciones sino, también, sus importaciones; al desconectar el petróleo del Golfo Pérsico al dólar norteamericano, ejerce una presión indirecta sobre la deuda pública de EEUU y sobre los instrumentos monetarios de la FED.

Esas consecuencias solo pueden provenir de un país que tiene peso geopolítico. Sin el correspondiente peso geopolítico estas jugadas a varias bandas serían inimaginables. Fue la Guerra del Ramadán la que condujo de manera directa a Irán como árbitro monetario y financiero a escala global y con capacidad de dirimir geopolíticamente a todo el Oriente Medio.

Entonces, no es descabellado ni exageración alguna indicar que la Guerra del Ramadán produjo una de las mayores transformaciones geopolíticas de las últimas décadas, al colocar a Irán como superpotencia regional y global, porque solamente desde esa posición puede entenderse que Irán sea el primer país en el mundo que ha definido, establecido y puesto en marcha un conjunto de sanciones económicas contra EEUU e Israel; algo que nunca lo habían hecho ni intentado potencias como Rusia o, en menor medida, China.

Puede también apreciarse que Irán no necesitó de acudir a la disuasión nuclear para tener ese rol de superpotencia. De hecho, si Irán hubiese apostado a la disuasión nuclear habría tenido el mismo destino que Corea del Norte, sufrir por parte de Occidente una especie de cordón sanitario de aislamiento y repliegue permanente sin llegar a consolidarse como potencia regional. En ese sentido, Irán pudo conseguir un mayor peso sin apelar a la disuasión nuclear.

Así, Irán, se convierte en el primer país que sanciona económicamente a EEUU. Es un hecho inédito. Las sanciones siempre fueron unilaterales. Siempre provenían desde EEUU y sus aliados. La Guerra del Ramadán le otorga a Irán la fuerza militar, política y financiera, para que sea el primer país del mundo que sanciona económicamente a EEUU. Para evitar esas sanciones de Irán, los aliados de EEUU se hicieron, prudentemente, a un lado.

Existen muchas interrogantes sobre esta nueva situación geopolítica. EEUU no va a permitir esta situación porque supone el inicio del fin de su imperio. ¿Acudirán EEUU e Israel al expediente de utilizar armas nucleares tácticas para resolver este impasse? En el caso que llegaran a hacerlo, ¿Qué consecuencias puede provocar esa escalada? ¿Podrá sobrevivir Israel a futuro si llega ese escenario? Y EEUU, ¿cómo justificar su discurso liberal e imperial si ocurre esto? Otra consecuencia tiene que ver con las petromonarquías del Golfo Pérsico: ¿cuál es su futuro político? ¿Cómo podrán confrontar al islam democrático de Irán? ¿Es plausible pensar en el derrumbe de los sistemas políticos de estas petromonarquías? ¿Es posible pensar en el “fin de Occidente”?

Responder a estas cuestiones supone intuir el nuevo orden mundial que empieza a emerger desde la Guerra del Ramadán. Gramsci siempre tuvo razón, entre el viejo orden que muere y el nuevo que nace, surgen los monstruos. Israel y EEUU han asumido ese rol de monstruos que anuncian un mundo diferente.