jueves, 5 de marzo de 2026

¿Por qué Israel y EEUU pueden perder la guerra con Irán?

 ¿Por qué Israel y EEUU pueden perder la guerra con Irán?

Elementos para el análisis

 

Pablo Dávalos

El sábado 28 de febrero de 2026, en horas de la mañana, Israel y EEUU lanzaron un ataque múltiple en contra de Irán. Producto de ese ataque el Ayatollah Ali Khamenei, parte de su familia, incluyendo su nieto, y una parte importante de altos mandos del ejército, así como del denominado Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), e incluso miembros del gobierno fueron asesinados. El ataque fue simultáneo en otras varias ciudades de Irán y, producto de ello, 165 niñas y docentes de una escuela de Minab perdieron la vida, entre otras víctimas. 

Es necesario indicar que este ataque se produce en plenas negociaciones entre el gobierno de Irán sobre el uso de materiales nucleares; de hecho, dos días antes, el 26 de febrero de 2026, se habían iniciado lo que se consideraban las negociaciones finales entre Irán y EEUU sobre el programa nuclear iraní. La delegación iraní, en esta oportunidad estaba optimista y presentó propuestas que, a su criterio, eliminarían todos los pretextos de Estados Unidos con respecto al programa nuclear pacífico de Irán, y eso podría conducir a la eliminación de las sanciones contra su país, de conformidad con el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní Esmail Baghaei.

Quizá el hecho de que Irán de alguna manera confiaba en el avance de las negociaciones con EEUU sobre su programa nuclear haya relajado su atención sobre la presión que Israel ejercía para escalar la guerra en Medio Oriente. En todo caso, la intención de EEUU con este ataque que se da en medio de negociaciones oficiales, era aprovechar el momento de reunión de los altos mandos del CGRI con el Ayatollah Khamenei para descabezar en un solo golpe a todo el aparato de gobierno y crear una situación de confusión, caos e incertidumbre para provocar un cambio de régimen. Al menos esas fueron las primeras declaraciones del presidente Trump al anunciar este golpe contra Irán.

Hay un contexto que explica el apresuramiento de Israel y EEUU por atacar a Irán: desde fines de diciembre de 2025 e inicios de enero de 2026, se produjeron en Irán una serie de protestas sociales como reacción a la crisis económica, al colapso del Ayandeh Bank, la crisis hídrica, la inflación creciente con aumento de los precios de los alimentos y la depreciación del rial iraní. Las protestas devinieron incluso, en ciertos sectores, en exigencias de fin de régimen. Estas protestas fueron reprimidas con suspensión de la conexión a internet y, algunas fuentes de derechos humanos vinculadas a Occidente y a agencias israelíes, acusaron al régimen iraní, incluso, de asesinatos en masa. En cualquier caso, EEUU e Israel consideraron que existía un sustrato social de descontento que podía orillar hacia una transición política que ponga fin al régimen iraní y, en ese sentido, la decapitación a los mandos políticos y militares podrían ser el empujón hacia esa transición.

El ataque a Irán y el asesinato a su máximo líder no solo político sino religioso, además, se produce en pleno Ramadán, es decir, el tiempo sagrado del islam y otorga a este asesinato todos los componentes de martirologio (shahadat) y de réplica con el imaginario islámico con respecto a otros mártires, como aquel del Imán Hussein en Karbala. Este elemento es clave para comprender luego la lógica de los eventos que se desencadenaron y que hacen que la CGRI entienda ahora el conflicto con EEUU e Israel como una Yihad, es decir, una guerra santa.

La cuestión es ¿por qué Israel presionó a EEUU para provocar un “cambio de régimen” en Irán? Si intentaban un cambio de régimen esto significaba que Irán era un obstáculo geopolítico para Israel y para EEUU en Oriente Medio. Una de las respuestas tiene que ver con el apoyo de Irán a Palestina y, en especial, a las milicias chiitas de Hezbolá. Así, Hezbolá e Irán son el límite geopolítico que impedía la construcción del “Gran Israel”.

Hezbolá fue creado en 1982 en respuesta a la invasión israelí a Líbano e inspirado por la revolución iraní de 1979. El objetivo central de Hezbolá es, simple y llanamente, “destruir a Israel”. Nunca compartió la tesis de “dos estados” y, en ese sentido, se distanció de la OLP de Arafat y denunció los Acuerdos de Oslo. Sin embargo, Hezbolá es una de las fuerzas políticas más importantes del Líbano y opera una vasta red de servicios sociales que incluyen escuelas, hospitales, asistencia social, entre otras, y tiene representación parlamentaria en el Líbano; y su brazo militar es un vector importante en la región como lo demuestra la guerra con Israel y EEUU.

Entonces, uno de los ejes que explican la coyuntura de inicios de 2026 tiene que ver con Palestina, los territorios ocupados y la política de Israel de expulsar a todos los palestinos incluso a través del genocidio. No se puede entender la guerra de Israel y EEUU contra Irán sin Palestina como referencia central y sin el genocidio de Gaza.

En efecto, para entender el genocidio de Gaza, hay que indicar que el 7 de octubre de 2023 el movimiento Hamás que controla la franja de Gaza dirigió un ataque contra Israel asesinando, supuestamente, a más de mil personas, la mayoría civiles. Durante ese ataque, Hamás secuestró a 251 ciudadanos de Israel que fueron llevados a la franja de Gaza. Israel respondió con una intensa campaña de bombardeos e invadió Gaza el 27 de octubre. Esta fecha marca el inicio del genocidio de palestinos en Gaza.

Hasta diciembre de 2025 se había registrado en Gaza el asesinato de más de 70 mil personas por parte de Israel. La inmensa mayoría civiles y aproximadamente el 50% de ellos correspondía a niños y mujeres. El genocidio que Israel llevó adelante fue sistemático, intenso y escalar. Incluyó el bloqueo a la entrada de alimentos, la destrucción de la infraestructura civil, la destrucción de instalaciones sanitarias, el asesinato a médicos y enfermeras, el cometimiento de actos de abuso sexual y destrucción de sitios educativos, religiosos y culturales, entre otros. El genocidio en Gaza dejó más de 171 mil heridos y más de 21 mil niños discapacitados.

Fue tan brutal el horror del genocidio israelí en Gaza que en diciembre de 2023 el gobierno de Sudáfrica inició un procedimiento en la Corte Internacional de Justicia, invocando la Convención sobre el Genocidio. En enero de 2024, el tribunal internacional ordenó a Israel tomar todas las medidas a su alcance para prevenir la comisión de actos de genocidio que Israel se negó a cumplir.  

En mayo de 2024, el juez Khan de la Corte Penal Internacional solicitó órdenes de arresto en contra del primer ministro israelí Netanyahu y del ministro de Defensa, Yoav Gallant, acusados de ser responsables directos de crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en Gaza.

El genocidio de Gaza dividió a la opinión pública mundial y debilitó drásticamente la imagen internacional de Israel y de sus autoridades políticas, en especial de su primer ministro Netanyahu. El gobierno norteamericano, de su parte, conjuntamente con varios gobiernos europeos, protegieron a Netanyahu y crearon una cobertura de inmunidad y de olvido con respecto a las acusaciones de genocidio lo que provocó el rechazo a estas maniobras por parte de muchos sectores sociales a escala global y contribuyó aún más al deterioro de la imagen de Israel.

Sin embargo, hay otro vector en esta coyuntura que es necesario referir. Es la Lista de Epstein. Se trata de una colección publicada parcialmente por las autoridades de justicia norteamericanas de millones de documentos, imágenes y mensajes de correos electrónicos que detallan las actividades de una red de pedofilia, abuso sexual, trata, e incluso sacrificios humanos, en especial de niños, llevados adelantes por el delincuente sexual Jeffrey Epstein y que involucran a muchos prominentes políticos de EEUU, de Europa y de otros países del mundo, así como a importantes empresarios, periodistas, deportistas, artistas y actores, entre otros.

En enero de 2026 se publicaron 3 millones de páginas de estos archivos de Epstein incluidos más de dos mil videos y 180 mil imágenes. Producto de estas publicaciones se han producido varios arrestos en Europa. Sin embargo, lo que más llama la atención y forma parte del debate mundial es la participación e involucramiento en estas redes criminales del Mosad, el servicio secreto de Israel. De hecho, existe la percepción de que la red de Epstein formaba parte de los engranajes de comprometimiento, chantaje y corrupción del Mosad para comprometer apoyos a las políticas expansionistas y militaristas de Israel.

Así, tanto la lista de Epstein como el genocidio de Gaza debilitaron profundamente la imagen de Israel y de Netanyahu, su primer ministro, pero también aquella de la clase política y empresarial de EEUU, Europa y otros países. Por eso, Israel cuenta con escasos apoyos en la comunidad global y ha tenido que gastar mucho en posicionamiento de su imagen a escala mundial, sin éxito por lo demás.

Sin embargo, la lista de Epstein también golpea la popularidad del presidente Trump que se ha visto salpicado por estas denuncias y ha sido acusado de pedofilia. A esto hay que sumar la falta de resultados en economía y la violencia en contra de su propia población por parte de la policía de migración, el ICE y el border patrol que le han restado popularidad. Entonces, hay la tendencia a interpretar la forma de asumir la política exterior de la administración Trump como una política de golpes de efecto para recuperar la credibilidad perdida y restaurar la popularidad, sobre todo cuando están próximas las elecciones.

Como puede advertirse, se trató de un escenario propicio para la presión de Israel y de Arabia Saudita, como luego lo aclararía el propio Trump, para que EEUU se comprometa de lleno en el ataque a Irán y, a partir de ahí, producir un cambio de régimen. Además, estaba el expediente del secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en una operación militar de alta complejidad y de un resultado muy satisfactorio para la administración norteamericana y que se había producido el 3 de enero de 2026.

La ecuación, para Israel, era perfecta: con un cambio de régimen en Irán, podía liquidar a Hezbolá y podía ocupar totalmente la franja de Gaza y empezar el proyecto inmobiliario que el mismo Trump había anunciado que se construiría sobre las ruinas de Gaza. Sin Irán, Israel no tenía ningún contrapeso y podía ser el vector dirimente de Oriente Medio y la “Junta de Paz” creada por Trump y lanzada oficialmente en la reunión de Davos de 2026 y que cuenta con el entusiasmo apoyo de las petromonarquías del Golfo Pérsico, podría empezar a recaudar e invertir en Gaza.

Así, las movilizaciones sociales en contra del gobierno iraní, la crisis económica y la información de sus servicios secretos, amén del contexto internacional y los enormes recursos que Trump estaba recogiendo para su “Junta de Paz” para la reconstrucción de Gaza, le indicaban a Israel que era el momento perfecto para descabezar al gobierno de Irán e implantar un régimen títere. De hecho, habían ya pensado en el hijo de Sha Reza Pahlevi, como figura de recambio. Así, Israel eliminaba el único límite para su expansión en la región y podía terminar su tarea en Gaza desplazando o exterminando al resto de la población que aún sobrevivía en la franja, algo que podía hacerlo porque contaba con la complicidad de los gobiernos occidentales y al amparo de la “Junta de Paz” de Trump.

Es evidente que ni Israel ni EEUU pensaron en la complejidad que tienen los sistemas políticos de cualquier país del mundo y consideraron que de alguna manera un bombardeo que elimine a la cúpula del gobierno eran argumentos más que suficientes para lograr un cambio de régimen o suscitarlo. De hecho, Trump, en su explicación sobre este atentado, indicó al pueblo iraní que debían tomar esta oportunidad que solo aparece una vez en varias generaciones y salir a las calles y cambiar de gobierno.

Sin embargo, Israel y EEUU abrieron la caja de pandora. A dos horas del asesinato del máximo líder de Irán, la CGRI anunciaba ataques a todas las bases militares de EEUU en la región. En efecto, en Oriente Medio, está el Mando Central Estadounidense (CETCOM), con 14 bases en 12 países, entre las más destacas están la base aérea de Al Udeid en Qatar, que es la mayor base aérea de toda la región y cuartel general del CENTCOM; está también el centro de apoyo naval de Bahrein; la base aérea Ali Al Salem en Kuwait; la base aérea de Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos (EAU), la base área Príncipe Sultán en Arabia Saudí; el campamento Arifjan, en Kuwait, entre otras.

Casi todas ellas fueron atacadas inmediatamente por Irán. Para proteger a sus soldados y oficiales, el gobierno norteamericano trasladó a muchos de ellos a los hoteles de Dubai y Abu Dabi, entre las más importantes. Lo que nunca pensó ni el CETCOM ni Israel es que Irán atacaría incluso esos hoteles en donde se alojaban oficiales y miembros de la inteligencia norteamericana e israelí. Se trataba de una estrategia totalmente novedosa y sin referencia con conflictos anteriores.

La pregunta que se hacían en EEUU y en Israel, y en buena parte del mundo, es que si todo el alto mando del ejército había sido ejecutado en el ataque del 28 de febrero, entonces, ¿quién daba las órdenes? ¿Quién coordinaba todo? ¿En dónde estaba la cadena de mando? 

Esa pregunta fue respondida por la CGRI con un concepto militar hasta entonces desconocido y que alteraba las reglas de juego y todos los cálculos realizados: el mando por mosaico; es decir, una estructura descentralizada de mando y operación en donde cada jefe militar de una zona determinada tenía las capacidades de tomar decisiones militares en función de objetivos previamente establecidos. 

Se trataba de un concepto nuevo y que dejó sin ninguna utilidad la estrategia elaborada previamente por Israel y EEUU de que el descabezamiento de las autoridades militares conduciría a una desmovilización del ejército por la falta de cadena de mando. Ante esa estructura descentralizada de operación y mando, la decapitación del alto mando militar y político se revelaba como una estrategia totalmente irrelevante para sus objetivos políticos y militares.

Así, una decisión militar que aparentemente tenía opciones de provocar cambios sociales hacia un cambio de régimen en Irán se transformó por su forma y fondo, en una Yihad, en una guerra santa. Esto, en vez de debilitar al régimen de Irán, más bien lo fortalecía y permitía comprender que la CGRI se había preparado a conciencia para este escenario. Millones de iraníes manifestaron su ira, su indignación y su dolor por el asesinato de su máximo líder religioso y político y clamaban venganza. El régimen iraní, luego del ataque de Israel y EEUU, salió más fuerte que nunca y su legitimidad y apoyo crecían en la comunidad del islam, aún en los sectores sunitas. 

Eso nunca lo previó el Mosad. Pensó que sus fuentes de información y su infiltración profunda en el estado de Irán eran argumentos más que suficientes para pasar a la siguiente etapa, aquella del cambio de régimen. Pero el Mosad está lleno de agentes de inteligencia, no de politólogos, ni sociológos, ni historiadores. Es por eso que nunca pudieron prever que estaban provocando, en realidad, no el declive de Irán sino la ruina de Israel.

El ataque por parte del CGIR a todas las bases militares norteamericanas en la región como respuesta al crimen de su Ayatollah, tomaron por sorpresa a todos, incluyendo a EEUU. El mismo presidente Trump diría días más tarde que estaba sorprendido por la capacidad de respuesta de Irán y que nunca se había imaginado que Irán atacaría a todas las bases militares y, sobre todo, a países árabes; ni el Mosad ni la CIA nunca pudieron prever una respuesta de esa magnitud.

En los primeros cinco días, el CGRI no solo que atacó a todas las bases norteamericanas, sino que también atacó de manera intensa a Israel. En los primeros días lanzó más oleadas de ataques con drones y misiles a infraestructuras civiles y militares de Israel que durante la guerra de los 12 de días de junio de 2025. 

Hay, no obstante, otro vector en este conflicto y es la entrada en la guerra de Hezbolá. Así, Israel tiene un nuevo frente en el norte y tiene ahora que contenerlo. Sostener dos frentes es difícil y Hezbolá, además, viene con todo porque ha medido cuidadosamente el escenario bélico y sabe que este momento es diferente y muy propicio para sus objetivos. 

Hezbolá tiene algo que no tiene Irán: la capacidad de penetrar en territorio de Palestina ocupada y disputarlo militarmente con Israel. Conforme avance la guerra y se agote la capacidad militar de Israel, la guerra entrará en la lógica territorial y Hezbolá tiene mucha experiencia en eso y se convertirá en el elemento estratégico más importante de la guerra.

A la par del ataque con drones y misiles a las bases militares y a los intereses de EEUU en la región, Irán cerró el estrecho de Ormuz por donde pasa aproximadamente el 20% del tráfico mundial de petróleo. Las consecuencias de esta decisión fueron inmediatas. El precio del petróleo, para el 3 de marzo había subido de 73 a cerca de 80 USD y con tendencia a incrementarse por la incertidumbre de la guerra. Es una mala noticia económica para todos, pero, en especial, para la administración Trump que ya tenía problemas con la reactivación económica producto de la aplicación de aranceles a todos sus enemigos geopolíticos. Con un petróleo que se incrementa, el consumidor norteamericano tendrá que pagar más por combustibles y eso incrementará la inflación y reducirá su capacidad adquisitiva. Irán también ha bombardeado con misiles los centros de datos e investigación de corporaciones como Microsoft y Amazon y pone en riesgo las inversiones en Inteligencia Artificial.

Israel y EEUU ahora presionan a las petromonarquías del Golfo Pérsico para que declaren la guerra a Irán y se sumen a las ofensivas contra el país. Sin embargo, el único país que tiene capacidades militares para enfrentarse a Irán es Arabia Saudita. Arabia Saudita es una petromonarquía sunita y wahabita, es decir, es más radical en términos religiosos que la vertiente chiita de Irán. Arabia Saudita siempre ha tenido el apoyo de EEUU y ha sido un factor clave para la estabilidad política de Medio Oriente. El problema para Arabia Saudita es que es muy complicado atacar a Irán en un contexto de guerra santa, porque eso provocaría una convergencia entre sunitas y chiitas lo que abriría brechas en su propia gobernabilidad a futuro. Arabia Saudita es una monarquía absoluta, sin constitución formal ni parlamento, ni “Estado de derecho”. Ahí, la versión wahabita del Corán define el sistema jurídico bajo la denominada “Sharia”, y es difícil que esta petromonarquía quiera arriesgar sus propias condiciones de gobernabilidad.

Las otras petromonarquías son muy débiles tanto políticamente como militarmente. Una de las petromonarquías más estratégicas es Barein, porque en esa pequeña isla está la NSA (Naval Support Activity Bahrain), en donde se encuentra la sede del CETCOM y de la quinta flota de EEUU y otra petromonarquía clave son los Emiratos Árabes Unidos (EAU), en donde están Dubai y Abu Dabi, que no son solo ciudades decorativas del capitalismo sino centros de inteligencia y control político de la región. De ahí que Irán los haya considerado como blancos prioritarios de sus ataques.

Ahora bien, puede advertirse una diferencia entre la guerra de los doce días de junio de 2025, con la guerra de 2026 y tiene que ver con la radicalidad con la que la CGRI ha asumido su plan de ataque en 2026. Esto podría indicar que Irán se contuvo en junio de 2025 por el afán de moderación del Ayatollah Khamenei; pero esta posición de moderación esta vez ya no es compartida por los nuevos líderes de Irán y es probable que quieran ir hasta las últimas consecuencias y eso significa, para ellos, la destrucción completa de Israel. Para el CGRI, al parecer, no habría términos medios. Consideran que han sido traicionados porque mientras el Ayatollah confiaba en la buena voluntad de EEUU para llegar a acuerdos sobre el uso pacífico de la energía nuclear para Irán, EEUU e Israel estaban preparando su asesinato. Su desconfianza con cualquier mecanismo de negociación es radical y es una posición que se justifica porque, efectivamente, han sido traicionados varias veces por EEUU en plena mesa de negociaciones.

Para el CGRI el hecho de que el Ayatollah Khamenei haya sido asesinado en pleno Ramadán, le otorga, además una significación especial a su venganza, le da el carácter simbólico de, efectivamente, una guerra santa. Por tanto, es de prever que Israel, al ritmo de las continuas y masivas oleadas de ataques con drones y misiles por parte de Irán, pronto no tenga posibilidades de defensa y que su estrategia de involucrar a las petromonarquías contra Irán también fracase y tenga un frente norte abierto con Hezbolá que compromete efectivos y capacidades militares sobre el terreno. 

Ahora bien, hay una serie de argumentos, explicaciones e interpretaciones con respecto a la posición de Irán y de EEUU e Israel que es conveniente precisar de mejor manera. La primera de ellas tiene que ver con la duración del conflicto y con la forma de su posible terminación. La inmensa mayoría de interpretaciones indican que eso dependería de EEUU, pero una reflexión sobre la forma que asume esta guerra indica que, en realidad, eso sería una prerrogativa de Irán.

Se puede también evidenciar una distancia en la concepción y estrategia de guerra entre Israel y EEUU con respecto a Irán. Se interpreta esta guerra en términos tradicionales o estándar cuando se trata de un conflicto diferente y, lo peor, es que se toman decisiones militares sin entender la verdadera naturaleza de esta guerra. Así, se apuestan a las capacidades navales o aéreas como factores dirimentes. Pero eso, en este contexto, no necesariamente es real.

Por ejemplo, ¿De qué sirven los grandes superbombarderos B-2 norteamericanos en esta guerra? Pues, en nada. Su presencia o ausencia no altera en absoluto la geometría del conflicto. Israel y EEUU constantemente indican que tienen superioridad aérea total sobre Irán, pero en este contexto de guerra asimétrica y de tecno-guerrilla por misiles y drones, y en una geografía montañosa como la de Irán, ¿de qué sirve esa superioridad aérea? Pues, strictu sensu, de nada. De hecho, las defensas iraníes ya han derribado varios cazas F-15, considerados antes imbatibles.

EEUU e Israel, efectivamente, van a bombardear el país, provocarán masacres de civiles, destruirán infraestructuras claves, pero todo ello no alterará en lo más mínimo ni la forma de esta guerra ni su desenlace. Da la impresión de que tanto Israel como EEUU aún no entienden que esta guerra, que ellos provocaron, necesita nuevos marcos conceptuales. Israel y EEUU están prisioneros de un marco epistemológico del conflicto bélico que no corresponde a esta nueva realidad.

Irán, en esta guerra, está desarrollando una verdadera tecno-guerrilla de drones y misiles y bajo el concepto de enjambre. Y es normal que cambien de estrategia porque se enfrentan al ejército más poderoso del mundo con el cual es imposible combatir en términos tradicionales. Irán, a partir de su aprendizaje y experiencia de la guerra de los doce días del año 2025, lleva a la guerra a sus propias coordenadas. Convierte la guerra en una tecno-guerrilla con capacidad de golpes estratégicos a distancia por su capacidad en misiles y drones. En efecto, tiene una cantidad de ellos más que suficiente para sostener este tipo de ataques por mucho tiempo. Es un concepto de guerra diferente y novedoso para el cual se necesita otro tipo de preparación que, de lo que se advierte, ni Israel ni EEUU poseen.

Para que pueda comprenderse la disonancia conceptual entre EEUU, Israel e Irán. El concepto de “domo de acero” con el cual se protegen los cielos de Israel y de las bases militares de EEUU en la región, integra una densa red a varias capas de radares y mecanismos de seguimiento, con misiles altamente tecnificados que tienen la capacidad de “atrapar” a los misiles enemigos y hacerlos explotar antes de que lleguen a su destino. Es un concepto que tuvo su pertinencia en un momento determinado pero que es totalmente disfuncional ante la tecno-guerrilla de misiles y drones y el concepto de enjambre y de mando en mosaico. Por cada misil y dron de Irán que, además son de bajo costo, Israel y EEUU gastan, literalmente millones en interceptarlos. Irán puede reponerlos enseguida, EEUU tarda, literalmente, meses o años en hacerlo. La asimetría económica conduce a una ventaja militar en beneficio de Irán.

El concepto de “domo de acero” es pertinente y necesario cuando los ataques por misiles balísticos son puntuales, pero se convierte en irrelevante cuando esos ataques asumen la forma de “enjambre” bajo mandos descentralizados y es eso, precisamente, lo que hace Irán. Utiliza el concepto de “enjambre” en donde mezcla drones de bajo costo, misiles de hace varios años con misiles hipersónicos de última generación. El domo de acero no puede reaccionar al concepto de enjambre y, finalmente, se agota porque no puede discriminar entre un dron de bajo costo con un misil hipersónico. En poco tiempo, el ataque en enjambre por parte de Irán vacía todos los inventarios de misiles de alta tecnología y deja los cielos de Israel y de las bases militares de EEUU a merced de la tecno-guerrilla del CRGI.

Es precisamente por esto que el presidente Trump ha ordenado a las corporaciones contratistas del Pentágono, sobre todo a Lockheed Martin, triplicar la producción de misiles Patriot y ha destinado, al efecto, 50 mil millones de dólares. En una maniobra desesperada EEUU traslada misiles de intercepción que protegían Corea del Sur y Ucrania, para llevarlos al Medio Oriente. El problema está en que cuando Lockheed Martin empiece a entregar los primeros pedidos, la guerra, probablemente, haya terminado.

Lo mismo con el concepto israelí y norteamericano de bombardeos a las instalaciones militares y gubernamentales en Irán. En un contexto de una guerra más convencional estos bombardeos pueden ocasionar daños relevantes y romper las cadenas de logística, mando y operación; pero en el contexto de tecno-guerrilla por misiles y drones y mando por mosaico, esta estrategia no tiene ningún sentido. Israel y EEUU pueden bombardear lo que ellos consideran instalaciones militares, pero no comprenden que las verdaderas instalaciones militares están en una densa red de túneles en la región montañosa de Irán en donde ningún bombardeo puede ocasionar el más mínimo daño y que ha sido pacientemente construida durante, al menos, las tres últimas décadas.

En el contexto de tecno-guerrilla de misiles, drones y enjambre, el recurso más valioso son los radares, porque permiten visualizar los ataques de esa tecno-guerrilla y prevenirlos. Justamente por eso, lo primero que hizo Irán fue dejar a Israel y a EEUU sin capacidad de ver y percibir sus ataques de enjambre. Por eso atacó y puso fuera de funcionamiento a todo el sistema de radares que EEUU había construido en la región. Se trataba de un sistema altamente complejo y muy integrado entre sí y que compartía diferentes tareas entre las diversas bases militares que EEUU tenía en la región. Entonces, Irán, desde el primer momento, lo primero que hace es atacar a todo ese sistema de radares. Ahí puede entenderse la lógica por la cual Irán ataca a las bases militares y a los países que las alojan. Fue un ataque estratégico que solo puede entenderse desde la lógica de la tecno-guerrilla de drones, misiles y enjambre. Una vez desmantelado el sistema de radares, la tecno-guerrilla tiene vía libre para vaciar los misiles interceptores a través del ataque por enjambre y es eso exactamente lo que hace Irán.

En la concepción de guerra que ahora tiene Irán y que da cuenta de un estudio muy pormenorizado de la anterior guerra de los doce días de 2025, hay otro concepto que tampoco corresponde a la situación y es aquel de que Irán apuesta por una guerra de desgaste hasta que EEUU e Israel decidan declarar una victoria unilateral y retirarse de la batalla. En realidad, Irán más que al desgaste general apuesta más bien por el vaciamiento. Se trata, para Irán, de vaciar todas las existencias de misiles de interceptación de la manera más rápida posible para dejar los cielos libres para sus misiles. Una vez que Israel haya agotado sus misiles interceptores, Irán hará uso de sus misiles más potentes y de última tecnología para, literalmente, arrasar con el país y es lo que empieza a ocurrir conforme avanza el conflicto.

Para Irán se trata de una Yihad, una guerra santa que se justifica y legitima por el asesinato a su principal líder espiritual, político y militar, el Ayatolla Khamenei. No hay argumento alguno que pueda disuadir al CGRI de detener la batalla antes de eso. Por eso los argumentos de que Irán realiza varias maniobras para tratar de detener la guerra y obligar a EEUU e Israel a sentarse en la mesa de negociaciones no son, por el momento, plausibles, porque Irán tiene la ventaja estratégica y no la va a resignar tan fácilmente. Si la resigna, Irán está perdido como nación y como Estado y la CGRI lo sabe.

Ahora bien, EEUU e Israel aún no entienden ni asumen en su real dimensión lo que significa el concepto de Yihad y las consecuencias que tiene el haber asesinado a su Ayatollah. Se resisten a integrar el concepto de Yihad como vector político porque eso significaría, para ellos, asumir que cometieron un error garrafal al asesinar al Ayatollah Khamanei.

Ante ese escenario, Israel y EEUU tratan de recuperar la iniciativa estratégica e intentan incendiar el Golfo Pérsico y comprometer a otros países. Han llevado adelante varios ataques de falsa bandera para involucrar a Irán en un conflicto militar con países aliados como Turquía. También intentan abrir un frente interno en Irán y utilizan a los kurdos para hacerlo. Sin embargo, las petromonarquías se resisten a integrarse en un conflicto global porque ello desbarata su modelo de negocios. Más que Estados-nación son vitrinas decorativas del capitalismo tardío. Son ciudades de fantasía burguesa y consumo millonario que atrae a elites y millonarios de toda clase, de empresarios a narcotraficantes. Son Estados vitrina que se sustentan en el trabajo casi esclavo de migrantes sobre todo de Asia y África, y que no quieren perder los modelos de negocios que han construido y que se sustentan en la seguridad para los inversionistas. En realidad, son colonias de lujo de EEUU desde donde se controlaba toda la región y, fundamentalmente, a Irán.

Ahora esas petromonarquías saben que una alianza incondicional con EEUU ha demostrado ser más una amenaza que una oportunidad. El orden construido sobre una aparente seguridad se ha evaporado. Su gobernabilidad empieza a tambalear. Su apuesta por crear un capitalismo de decoración también se ha derrumbado. Entonces, salvo Arabia Saudita, el resto de petromonarquías de la región lo pensarán muchas veces antes de embarcarse en una aventura militar con EEUU e Israel y en contra de Irán.

Una vez que se hayan liberado los cielos de Israel de misiles interceptores e Irán pueda disparar sin obstáculos sus misiles más potentes, llega el turno de la ocupación territorial por parte de Hezbolá. La guerra pasa a su fase territorial. Esta vez Hezbolá puede tener la ayuda estratégica de Irán. Sería la primera vez que esto suceda y es un escenario para el cual no está preparado el FDI, es decir, el ejército israelí.

Si esto es así, entonces ¿cuál es la salida de Israel? Sin el “domo de acero”, sin capacidad de contener los ataques de enjambre de drones y misiles, sin sistemas de radares que los adviertan de esos ataques, sin legitimidad ante el resto del mundo por su genocidio con Gaza, sin recursos para defenderse de la tecno-guerrilla iraní, y sin que EEUU pueda hacer nada para evitarlo ¿qué hará Israel? 

Se trata de un contexto dramático y nunca antes pensado. Israel se había preparado para un enfrentamiento más tradicional, pero no para una tecno-guerrilla de drones, misiles y enjambre. No tiene tiempo para improvisar. Una vez que los cielos de Israel estén abiertos, Irán va a devastar al país e Israel lo sabe. Israel considera que, ante ese escenario, cada vez más plausible, tendría una sola salida: usar su armamento nuclear táctico contra Irán.

Es la escalada más radical y que pone a la guerra en otro nivel. Nunca antes ninguna potencia nuclear había recurrido a su armamento nuclear y siempre lo había utilizado desde una heurística del miedo. Pero Israel sabe que tiene las manos libres para actuar de mejor manera a sus intereses. Si la humanidad le perdonó o, en todo caso, no hizo nada por detener el genocidio de Gaza, entonces ¿por qué habrían de detenerlo ahora cuando use armamento nuclear táctico contra su enemigo más importante? Si está en juego la existencia misma de Israel, ¿no justifica acaso ese escenario su decisión?

La cuestión es que, en el supuesto no consentido que utilice armamento nuclear táctico contra Irán, y de que Irán no riposte en los mismos términos, se trata de un país tan vasto y con una estructura de mando descentralizada en forma de mosaico que, aún este recurso extremo no sea militarmente de ninguna utilidad para Israel. Es decir, un ataque nuclear a Irán no va a detener las oleadas de drones y misiles, así como tampoco va a detener a Hezbolá, todo lo contrario, les daría más razones aún para avanzar sin detenerse y abriría la posibilidad de que Irán bombardee las instalaciones nucleares de Israel. 

Ni EEUU ni Israel saben a ciencia cierta en dónde Irán oculta los misiles ni tampoco cuál es la actual cadena de mando del CGRI, así que un ataque nuclear táctico a Irán no cambia el sentido de la guerra y su desenlace. Solo producirá la mayor masacre a civiles de todo el siglo XXI, con la indignación mundial que puede desencadenar y el riesgo de escalada nuclear que ponga en riesgo a toda la humanidad y la pérdida total de toda legitimidad y todo apoyo social a Israel.

Netanyahu, por diversas razones, finalmente condujo a Israel al abismo. No hay manera de que pueda salvarse. Por lo pronto, no hay forma de que pueda derrotar a Irán. Ahora el CGRI sabe que, por vez primera en mucho tiempo, tiene la opción de destruir a Israel y está determinado a hacerlo. El CGRI sabe que tiene por delante aún mucho camino. No va a aceptar ninguna propuesta de negociación por parte de EEUU y, peor aún por parte de Israel, por eso la terminación del conflicto no depende ni de Israel ni de EEUU, depende exclusivamente de Irán. 

Es un escenario catastrófico para Israel. Vive sus momentos más dramáticos. El genocidio de Gaza le quitó toda legitimidad a su historia y todo respaldo a cualquiera que sea su proyecto político. La humanidad nunca olvidará ese genocidio y reclama justicia. Por eso, cada ataque contra Israel suscita tanta adhesión a escala global. La lista de Epstein y su relación con el Mosad israelí también conspiran contra su legitimidad y credibilidad como país y sociedad. Es por ello que un colapso de Israel será sentido por la humanidad con un respiro de alivio. Es quizá la apuesta inconsciente o quizá consciente de muchos sectores, de que el núcleo de la violencia del mundo y su maldad se condensa en un solo estado, Israel.

Sin embargo, hay otra cuestión clave: ¿Tiene posibilidades EEUU de reinstalar y reconstruir sus bases militares en la región? ¿Aceptarán ahora las petromonarquías del Golfo Pérsico tranquilamente que EEUU haga lo que quiera en sus territorios? Lo más probable es que se trate de un punto de no retorno. EEUU acaba de perder quizá de manera permanente sus principales bases en la región y los apoyos geopolíticos necesarios. Volver a instalarlas le costará muchísimo esfuerzo no solo económico sino político. De esta forma, toda esa compleja y densa articulación de complicidades de las petromonarquías, de bases militares y de redes logísticas, volaron por los aires. EEUU ha perdido no solo sus bases sino su presencia en una de las regiones más difíciles y complejas del mundo. No sería una pérdida ocasional, sería permanente.

La Administración Trump tiene también prioridades. Tiene que hacer hasta lo imposible para impedir que los demócratas ganen las elecciones de noviembre. Si eso pasa, los días de Trump estarían contados. Necesita una victoria militar, aunque sea de cartón piedra. Necesita un simulacro, cualquiera que le dé oportunidades. Así de desgarrador, de terrible es el escenario que Trump propone al mundo. Pero esperemos que solo sea eso, un escenario y que el sistema político norteamericano y la sociedad civil norteamericana reaccionen y pongan freno a la locura belicista de Trump y su administración, y que las exigencias mundiales por la paz se impongan a la insensatez de la guerra.

 

 

domingo, 15 de febrero de 2026

Las falacias del neoliberalismo

Las falacias del neoliberalismo

Pablo Dávalos

 

Creo que hemos cometido un error con respecto al neoliberalismo: tratar de comprenderlo, asumirlo y proyectarlo como una ideología del libre mercado y que, en función de ello, quiere trasladar hacia el mercado todas las instituciones que hacen la regulación social y, por tanto, desplazan al Estado y propugnan su virtual desaparición o, en todo caso, su presencia como mínima expresión. 

Es un error porque la realidad geopolítica da cuenta que hay algo más allá que no hemos visto. En efecto, si se aprecia el movimiento general del capitalismo y cómo surgen nuevos polos de desarrollo capitalista que desafían a sus centros más importantes, en la ocurrencia el capitalismo de EEUU, los países occidentales de Europa y Japón, sobre todo si apreciamos la emergencia económica de China, India y Rusia, entre otros, podemos comprender las visiones geopolíticas implícitas al neoliberalismo. 

Ante el avance de China en términos tecnológicos e industriales, el gobierno de EEUU no ha tenido ningún problema en adoptar una estrategia proteccionista. Así como ante la crisis financiera del 2008 la Reserva Federal de EEUU no tuvo ningún problema en convertirse en Banco Central global y, en esa perspectiva, transformarse en prestamista de última instancia para toda la banca especulativa global e imprimir cantidades siderales de dólares sin importarle en lo más mínimo las consecuencias inflacionarias. Lo mismo con la guerra de Rusia-Ucrania. EEUU quieren extender ese conficto y convertirlo en conflicto global a nombre de la paz y de la democracia de Occidente. Es decir, hay una utilización sinuosa de los discursos que enmascaran posiciones de poder y dominación geopolítica y creo que esa debe ser la referencia básica del neoliberalismo. 

Si se parte de una proyección a largo plazo de los procesos que ahora definen al capitalismo parece evidente, al menos con los datos existentes, que China desplazará a EEUU como la principal potencia económica del mundo en los próximos años. No solo eso sino que China también está embalada en la carrera espacial y espera para antes de 2050 contar con una base permanente en la Luna. También son importantes sus avances en tecnología y empieza a convertirse en el país dominante en la producción, distribución y comercialización de vehículos eléctricos. Pero China es capitalista en la forma pero comunista en su sistema político. China es, en ese contexto, el gran contradictor de EEUU como, en su momento, lo representó la desaparecida Unión Soviética. Los globalistas de EEUU no ven a China ni como socio ni como aliado, sino como amenaza. 

Si EEUU pudo dominar al mundo y convertirse en potencia hegemónica fue porque pudo controlar la producción capitalista y sus correspondientes mercados y control monetario. Si EEUU pierde esa capacidad será desplazado de su posición hegemónica, porque esa hegemonía depende directamente de su economía y, a su vez, esta depende de la producción y de sus finanzas. 

Pero si EEUU es desplazado de su posición hegemónica, entonces, ¿qué validez para el discurso neoliberal? Es decir, si en unos años China efectivamente se convierte en la nueva potencia industrial y conjuntamente con sus socios del BRIC pueden desplazar la hegemonía del dólar y de la producción norteamericana e instauran una nueva dinámica en la economía global, ¿es pertinente el discurso neoliberal al menos en su formato más tradicional? ¿Va el discurso neoliberal que plantea la economía de mercado a legitimar la nueva disposición de relaciones de poder en la economía global? ¿Van los neoliberales a considerar justo, legítimo y única realidad posible la hegemonía capitalista de China y sus aliados y el desplazamiento de EEUU? 

Así como ahora el discurso neoliberal lo procesan las grandes multilaterales de crédito, los grandes medios de comunicación, casi todo el sistema universitario global y una enorme constelación de think tanks, ¿es de suponer que todo ese entramado ideológico global va a legitimar esta vez el predominio económico de China y sus aliados? 

Es difícil que eso ocurra. El discurso del neoliberalismo está muy apegado a Occidente. Su fuerza está en la fuerza económica, diplomática, militar y tecnológica de Occidente. El neoliberalismo menciona a los mercados como reguladores sociales pero son mercados de occidente, son empresas de occidente, son lógica de occidente. ¿Van a operar con la misma fuerza ideológica ante empresas que no sean de Occidente? Lo más probable es que no. El neoliberalismo tiene la pretensión de ser un discurso global pero, en realidad, corresponde a la geopolítica de EEUU y su área de influencia, es decir, aquello que se denomina “Occidente”. 

Pongamos un ejemplo. La empresa Tesla de autos eléctricos es una empresa emblemática de Occidente. Representa una visión empresarial de Occidente. También representa un ethos: aquel del empresario schumpeteriano asumido como una especie de Prometeo moderno. El discurso neoliberal calza a la perfección con el modelo de negocios de Tesla. Pero Tesla tiene competidores serios en China, por ejemplo los casos de BYD y de XIAOMI. Esta última empresa, como Tesla, empezó en el área de comunicación y tecnología y ahora apunta a lo mismo que Tesla, a la autoconducción por la vía de la integración de la Inteligencia Artificial, las redes sociales y los autos eléctricos. XIAOMI tiene una capacidad de producción de un auto cada 76 segundos, porque ha robotizado todas sus líneas de producción. Tiene un mercado importante en China y en Asia y, además, forma parte de la visión de China como competidor importante de EEUU y como parte de la nueva hegemonía mundial que, de una manera u otra, el Partido Comunista Chino ha pensado para su industria y para su país. ¿Calza el modelo XIAOMI dentro del mainstream neoliberal? ¿Ven los neoliberales las mismas virtudes en XIAOMI que ven y ponderan en Tesla? 

Pienso que no. Los neoliberales de Occidente ven en XIAOMI una amenaza. ¿Por qué? Porque se trata de China y en China el poder real lo tiene el partido comunista. Si XIAOMI fuese coreana (del Sur por supuesto) o japonesa no habría ningún reparo para el discurso neoliberal que asume que esos países también forman, con sus particularidades, Occidente. De esta forma, el discurso neoliberal habría suscrito, quizá con algunas mediaciones, los logros de XIAOMI en el caso que fuese japonesa o coreana. Pero cuando la Administración Biden, a mediados de 2024 impone medidas arancelarias a los autos eléctricos y a otros bienes tecnológicos de China, entonces el discurso neoliberal no asume a plenitud sus contenidos. 

Hay otros ejemplos: la prisión a la directora de finanzas de la empresa china Huawei en Canadá y a pedido de EEUU y acusada de espionaje. El caso de la prohibición de venta de tecnologías claves para fabricar chips a China por parte de EEUU. Así, Occidente es proteccionista y keynesiano cuando ve que sus intereses se ven amenazados pero no por eso deja de suscribir el discurso del neoliberalismo.

Por ello, el neoliberalismo, como discurso, solamente tiene plena vigencia como discurso de Occidente. Aunque tiene pretensiones de universalidad, pero es una construcción ideológica hecha en función de la dominación global de EEUU sobre el mundo. A medida que esa dominación global decaiga y aparezcan otras potencias hegemónicas, el neoliberalismo pierde su fuerza. Por eso, es difícil que el neoliberalismo permita una nueva hegemonía global de China, por ejemplo. 

Esa pretensión del mercado como “realidad total” en realidad era puro mecanismo ideológico de legitimidad de la dominación de Occidente, un simulacro más con pretensiones epistemológicas. Sin embargo, ante la inminente posibilidad de ser desplazado de la hegemonía global por el ascenso de China y sus aliados, EEUU no tiene otra opción que defenderse utilizando al Estado. A ese mismo Estado que los neoliberales habían asumido como un peligro se recurre para defenderse del mercado. La ideología de “más mercado” como alternativa de solución a varios problemas sociales solamente tiene pertinencia si es un mercado para Occidente, para EEUU. “Más mercado” para abrir los mercados a la dominación mercantil de China y de su partido comunista no suena muy neoliberal. 

Con esa advertencia habría que leer al discurso neoliberal como una trampa ideológica y un simulacro teórico. Su apelación al “Estado mínimo” solo puede caber cuando se trata de Occidente. Cuando tiene que confrontarse con China pierde eficacia política. Es un discurso cuya episteme tiene geometría variable. 

Sin embargo, sin el neoliberalismo, ¿cómo legitimar al capitalismo tardío? ¿Cómo justificar la enorme transferencia desde el sector público hacia el sector privado? ¿Cómo volver legítima la obscena concentración del ingreso de los tecno-oligarcas? ¿Cómo procesar el discurso de la escasez como operador político? Ese es el gran enigma ideológico del capitalismo tardío. Por eso su apuesta al fascismo y al imperialismo.

 

El retorno del imperialismo y el fin del capitalismo tardío

 El retorno del imperialismo y el fin del capitalismo tardío

Pablo Dávalos

Habíamos eliminado del análisis el concepto de imperialismo. El hecho de que se haya limitado el horizonte de posibles humanos a los contenidos del liberalismo, había generado un olvido de todas las categorías de la economía política y del pensamiento crítico. La noción misma de revolución se había evaporado del debate y se había cedido, de forma acrítica, al consenso liberal. En este consenso se había sentenciado que, para cambiar la realidad, había que ganar las elecciones.

Los pocos procesos políticos que fueron más allá del consenso liberal y que crearon un proceso revolucionario fueron inmediatamente neutralizados y se hizo un cordón sanitario sobre ellos para aplicar la fuerza de la intervención con el fin de destruirlos en tanto alternativas al consenso liberal. Ese cordón sanitario creó un universo simbólico que, literalmente, satanizaba cualquier desvío por mínimo que fuese del consenso liberal.

Quizá el caso más paradigmático sea el de Venezuela. El consenso liberal llegó a cortar todo tipo de apoyo y solidaridad con la revolución bolivariana por el hecho de que este proceso político se salió del consenso liberal-demócrata. Se indicó que los líderes de la revolución bolivariana eran dictadores y se inventó, incluso, un cartel de la droga para quitarles toda legitimidad y justificar la intervención; lo denominaron “El Cartel de los Soles”. Apegarse, aunque sea mínimamente a la revolución bolivariana implicaba un desgaste enorme y, además, persecución y escarnio. Gracias a esta maniobra de cortar toda solidaridad a la revolución bolivariana, EEUU pudo intervenir sobre ese país y secuestrar a su legítimo presidente.

En el consenso liberal-demócrata se impuso también la ortodoxia económica de la disciplina fiscal y la austeridad. Se generó alrededor de ello un complejo marco teórico que justificaba y legitimaba a la austeridad y castigaba a quienes optaban por salir de ella. Cuando las circunstancias exigían relajar la dureza de la austeridad se diseñó una salida controlada y denominada cláusulas de escape. Así, liberalismo económico, liberalismo político y jurídico convergieron hacia una estructura disciplinaria y totalitaria, hacia un “pensamiento único”.

Para comprender esa estructura disciplinaria y totalitaria del consenso liberal esbocé el concepto de democracia disciplinaria. Es un concepto que nació del estudio de la imposición de las políticas de ajuste y de reforma estructural que se impusieron desde el FMI, el Banco Mundial y la cooperación internacional al desarrollo en el caso de América Latina. El concepto de democracia disciplinaria trataba de problematizar el consenso liberal-demócrata a partir de la teoría crítica. En ese sentido, trataba de establecer puentes teóricos con la noción de democracias restringidas esbozado por el sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva. Espero que, a futuro, el concepto de democracia disciplinaria sirva de alguna manera para desmontar al consenso liberal-demócrata.

Ahora bien, este consenso se transformó en una tenaza que ahogaba a las sociedades: de una parte, la austeridad y la ortodoxia económica del neoliberalismo y, del otro, el consenso liberal-demócrata que imposibilitaba cambiar la realidad por fuera de las elecciones que siempre la ganaban los mismos (o los peores). 

La academia también arrió banderas. Las reformas de Bolonia contribuyeron a limitar y disciplinar a la academia. No se le permitió a la academia contacto alguno con la estructura ontológica de lo real y la posibilidad de cambiarla. El marxismo que había sido una filosofía de la praxis, es decir, de la revolución, se convirtió en un artículo académico sin consecuencia alguna con respecto a la sociedad, incluso a nivel de crítica social. Las ciencias sociales liberales se convirtieron en hegemónicas y, por tanto, comprender la realidad para transformarla, prácticamente, se hizo difícil por no decir imposible. 

El consenso liberal generó un velo ideológico que se sustentaba en una doctrina de los derechos humanos individuales como deontología de todo el sistema capitalista. En tanto deontología extraía de sí misma los contenidos para su justificación ética.

Lo curioso es que el retorno al principio de realidad del capitalismo provino del mismo capitalismo. Fue la segunda administración Trump, que inicia en el año 2025, la que armoniza las necesidades de la acumulación de capital, con el discurso y la política y, esta vez, lo hace sin recurrir al velo ideológico. 

Es en esta administración norteamericana que emerge de manera nítida lo que siempre había enseñado y criticado la economía política: el imperialismo. El revolucionario ruso, Vladimir Lenin indicaba que el imperialismo es la fase superior del capitalismo y retomaba esa relación entre capital financiero, capital industrial y control global de mercados, desarrollado por el economista austríaco Rudolf Hilferdig, para realizar una lectura política y geopolítica del capitalismo en su fase monopolista y mundial. El resultado era la categoría de imperialismo y es esa categoría la que permite entender la guerra de rapiña y la violencia de la Primera Guerra Mundial. En esa misma línea crítica, Rosa Luxemburg indicaba que el imperialismo no puede sobrevivir sin ampliar su frontera de extracción, depredación y sometimiento a otras regiones del mundo. Esta reflexión de Luxemburg ha sido actualizada por el geógrafo marxista David Harvey y ha servido de base a los estudios sobre acumulación por desposesión. 

Posteriormente, en una línea más filosófica, Hardt y Negri hablan de imperio, aunque no de imperialismo, para entender la forma por la cual se impone en todo el mundo la ideología del neoliberalismo y el libre mercado. Entonces, existía una reflexión importante sobre la categoría de imperialismo pero que las ciencias sociales y el pensamiento crítico abandonaron durante la globalización, como si la construcción del mercado mundial pudiese ser realizada sin apelar al imperialismo como su forma política y jurídica políticamente necesaria.

Esa reticencia o, por decirlo de alguna manera más directa, esa vergüenza por utilizar la noción de imperialismo en el análisis político ahora se hace plausible y pertinente gracias a Donald Trump.

Si los demócratas hubiesen ganado las elecciones en EEUU probablemente seguiríamos con el simulacro del consenso liberal y la ortodoxia económica neoliberal y decir “imperialismo” habría significado asumir un discurso demasiado radical y, por eso, fuera del consenso académico y crítico. Pero ahora Trump pone las cosas en orden. Empieza a nombrar al capitalismo tal como es en realidad y sin el velo ideológico. 

Por supuesto que el capitalismo sin ideología es insoportable. No hay discurso que pueda validarlo. El capitalismo, para sobrevivir, necesita de la ideología. Sin ideología ¿cómo explicarles a los trabajadores de su explotación?, ¿cómo decirles que, en el capitalismo, como la canción de los Sex Pistols, no hay futuro? Trump rasga el velo ideológico del capitalismo y es eso, precisamente, lo que causa conmoción, lo que genera desacuerdos, lo que produce malestar. Se necesita de la ideología para seguir creyendo en el capitalismo. 

Ahora, con Trump, se empieza a recuperar el sentido de la realidad y, por supuesto, que ella es pavorosa. Pero siempre fue así. La sorpresa tiene que ver con el ruido que provoca romper el velo de la ideología. Para aquellos que están en el centro de la geopolítica, tienen la obligación de ver la realidad del capitalismo tal como es y, en función de ello, tienen que actuar y responder. Aquellos que se dejaron llevar por el velo ideológico tuvieron un triste final, si no, recordemos a Gadaffi, Sadam Hussein, inter alia. 

La cuestión es saber ¿por qué Trump rasga el velo ideológico? No creo en las respuestas que provienen desde el ego profundamente narcisista de Trump porque impide ver la historia y sus contradicciones. Por supuesto que ese ego narcisista algo tiene que ver, pero creo que hay algo más allá de ese ego narcisista y son las condiciones de posibilidad que permiten que ese cinismo del poder imperial ahora sea plausible.

Si Trump rompe la globalización en mil pedazos, hay condiciones históricas concretas que le permiten hacerlo. Si se identifican esas condiciones se pueden, asimismo, identificarse los procesos subsecuentes y sus derivas. ¿Cuáles son esas condiciones de posibilidad? ¿En dónde radica el principio de plausibilidad de Trump? Para responder se necesitan algunas hipótesis y algunos datos. Uno de ellos tiene que ver con la presencia alrededor de su administración a los más granado de la aristocracia tecnológica del mundo y, para empezar, el hombre, en ese entonces, más rico del mundo y como parte directa de la administración Trump en sus primeros momentos, se trata de Elon Musk. 

Pero no solamente está él, están también los líderes tecnológicos más importantes y, casi todos ellos, vinculados a la industria de la IA y la biotecnología. En ese sentido, por ejemplo, también se puede mencionar el proyecto Stargate de la Casa Blanca conjuntamente con OpenAI, Oracle, SoftBank, y MGX, y que tiene la intención de inyectar, con recursos públicos, la inversión en IA y en centros de datos, hasta por 500 mil millones de USD.

Cuando se revisan las posiciones y declaraciones de Elon Musk coinciden en su sentido político con aquellas de Trump, sobre todo en temas claves como: migración, Ucrania, Irán, Israel, Rusia, China. Pero Musk y Trump no aguantaron la presión de trabajar juntos. Musk quería que Trump se radicalice más a la derecha. Trump consideraba, como buen animal político, que no había condiciones para ello. Se separaron, pero no rompieron. Ante la elite financiera y tecnológica global, Trump, en realidad, está en el centro y aparece, aunque cueste admitirlo, moderado. 

Otro de los personajes claves del entorno de Trump es el CEO de Palantir, una empresa de IA y contratista del Pentágono, Alex Karp. Muchas de las declaraciones de Karp están más a la derecha que aquellas del mismo Trump. Palantir es una de las empresas de IA involucradas de forma directa en la utilización de la IA para el genocidio de Palestina, para el control poblacional que la agencia de control de migrantes, la ICE de Trump (que muchos comparan con la Gestapo de la Alemania de Hitler), para la identificación de las disidencias, entre otras características de Palantir. Al igual que Musk, Karp está más a la derecha que Trump.

Muchos republicanos coinciden con las declaraciones de Trump y están a su lado derecho y, aunque de labios para afuera puedan parecer críticos, en realidad, lo han apoyado en el Congreso con su voto y le han reclamado que sea más radical. Trump logró el apoyo de los republicanos para aprobar su “gran y hermosa ley”, (ese es su nombre textual) que recorta impuestos para los grandes empresarios y limita los recursos para los programas sociales. Los CEO de Vanguard y BlacRock, los gestores de fondos más importantes del mundo, coinciden punto por punto con los criterios emitidos por Trump, al igual que los hermanos Koch, y otros inversionistas y capitalistas.

En apenas un año desde su elección a la segunda administración de EEUU, los niveles de concentración de la riqueza y la expansión de la pobreza de los trabajadores norteamericanos han alcanzado cotas críticas. La vulnerabilidad, precariedad y desigualdad empiezan a reconfigurar a EEUU en una zona verde rodeada de una densa y conflictiva zona roja. EEUU se acerca, de esta manera, a parecerse a sus propias distopías.

Entonces, si se mira más de cerca, Trump es apenas un síntoma de algo más profundo. Si esas élites optan por radicalizarse y rasgar el velo ideológico es porque, simplemente, no tienen miedo de hacerlo. Saben que no hay ninguna oposición real que les impida hacerlo. Hay descontento en EEUU y en el mundo, pero no pasa de ahí. Y no pasa de ahí porque el consenso liberal actúa como dique de contención. Su mayor temor tiene que ver con las elecciones de medio periodo del sistema político norteamericano. Pero es algo que pueden controlar.

Entonces, puede esbozarse una hipótesis en el sentido que la apelación a posiciones de extrema derecha y extremo nacionalismo, que coinciden con el fascismo, no son solamente parte de la administración Trump y de su ego narcisista, sino que corresponden al entorno ideológico de las élites tecnológicas y financieras norteamericanas. En ese ambiente ideológico, en realidad, Trump está en el centro y modera las posiciones extremas en un solo proyecto geopolítico. 

La apelación al fascismo forma parte de los procesos políticos del capitalismo tardío para asegurar una tasa de ganancia amenazada por la ley del valor. Esas élites no ven con desagrado a Trump y coinciden en lo fundamental: cambiar las reglas de juego del orden mundial esta vez en beneficio exclusivo de ellas. 

La globalización, para estas élites, tenía un tufo demasiado liberal que, en términos del debate político norteamericano, significaba que estaban demasiado a la izquierda. Esas élites crearon un artificio ideológico para etiquetar ese tufo liberal de la globalización en lo que ellos llaman la ideología woke. Todo lo que tenga algo que ver con el liberalismo puede ser etiquetado como woke. Por eso, esas élites se sienten más cómodas con el nacionalismo y, por supuesto, con el fascismo.

El enemigo de este neofascismo y de este imperialismo son el liberalismo y la globalización respectivamente. La referencia a lo woke no era para desprestigiar a la izquierda sino al liberalismo. Los aranceles se asumen como arma de guerra para desmanterlar la globalización.

Puede, por tanto, indicarse que hay una élite en EEUU conformada desde la derecha más conservadora, que apela a posiciones nacionalistas y fascistas para defenderse de la globalización y el liberalismo. El recurso al imperialismo es para consolidar las posiciones de poder y crear un área propia de influencia sin las restricciones que nacen desde el liberalismo (los derechos humanos, por ejemplo) y la globalización.

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿esta posición de las élites de EEUU y de Trump es plausible en el largo plazo? ¿Pueden realmente limitar a la globalización y al liberalismo? ¿Puede la apelación al imperialismo ser coherente con el siglo XXI? La respuesta está en algo que la economía política del siglo XXI decidió desechar de su campo analítico: la ley del valor.

Si nos atenemos a las consecuencias tanto ontológicas como epistemológicas de la ley del valor, entonces la posición de Trump y las elites conservadoras norteamericanas no es sostenible en el tiempo porque choca con el principio de realidad del capitalismo tardío y ese principio de realidad es el mercado mundial. 

La globalización construyó un mercado mundial sustentado en un proceso global de convergencia normativa y monetaria. Desmantelar el mercado mundial para sintonizarlo con las necesidades del imperialismo significa dejar fuera de juego a esos procesos de convergencia normativa y monetaria. Si eso llega a pasar la principal consecuencia será para el dólar americano y para la inversión extranjera directa. Una ruptura del proceso de convergencia monetaria debilita el argumento (y el arma) más importante que tiene EEUU: su moneda. Habida cuenta de la necesidad de financiar su déficit, una pérdida de valor del dólar significa la imposibilidad de financiar el déficit y la necesidad de incrementar las tasas de interés para atraer capitales hacia EEUU. El incremento de las tasas de interés hace imposible cualquier intento de reactivación y reindustrialización.

De otra parte, el entorno de inseguridad jurídica, las decisiones geopolíticas que perjudican el mercado mundial como, por ejemplo, la prohibición a NVIDIA de vender chips de IA a China, finalmente perjudican a NVIDIA. Eso repercute en la cotización en bolsa de valores. Si el valor de NVIDIA cae, arrastra consigo a la industria de la IA, con el riesgo que se produzca otra crisis bursátil como aquella de 2008. Sin la industria de la IA como principal baza, EEUU no tiene nada para sustentar su poder y ahora, al parecer, China ha logrado importantes avances en la tecnología EUV (litografía ultravioleta extrema) que, probablemente lo hagan independiente de la producción de NVIDIA. 

Así, todo indica que la apelación al imperialismo sería un recurso desesperado del capitalismo tardío por salvarse de la decadencia. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Podrá lograrlo?